jueves, 14 de febrero de 2013

LA INSOPORTABLE RELATIVIDAD DE LA JUSTICIA Evidentemente no hay una Justicia, sino que hay aparatos judiciales distintos y con opiniones, valores, principios distintos, lo que hace que el mismo acto con la misma víctima y el mismo agresor tenga distinta consideración en función del lugar de los hechos y de pareceres subjetivos

Es más que probable que Pistorius no ingrese en la cárcel por matar
 de cuatro tiros a su novia.

Teóricamente la Justicia es una, objetiva e igual para todos, pero como ha de ser administrada por personas, sujetas por tanto a todo tipo de subjetividades, produce sentencias dispares para el mismo hecho, incluso dentro de la misma sociedad.

Varias casos saltan las primeras páginas estos días. El atleta Oscar Pistorius mata a su novia, un clérigo saudí a su hija de cinco años, un padre al conductor borracho que atropelló mortalmente a sus dos hijos…, y como guinda, un caso resuelto judicialmente: acusadores y defensores se han puesto de acuerdo en que un hombre que mató de 30 puñaladas a su esposa no incurrió en ensañamiento y por tanto se le rebaja la pena.

El primero, el cuatrocentista paralímpico Pistorius, contará con una cohorte de excelentes abogados que utilizarán toda la elocuencia, retórica y verborrea manipuladora para convencer al juez (o al jurado) de que, en realidad, ella fue la culpable, y su defendido no es sino una víctima. Si es considerado culpable su pena será tan nimia que no ingresará en la cárcel.

El segundo, el fanático religioso, ya ha salido de la cárcel a pesar de que ha reconocido que usó un bastón y descargas eléctricas contra la niña. En este caso, la mayor parte de la sociedad saudí está de parte del infanticida, pues allí la mujer es poco más que un animal propiedad del hombre y, por otro lado, como es un clérigo que lo hace todo pensando en Dios contará con la aprobación de los fanáticos. Seguro que no va a la cárcel.
En Texas, un conductor borracho embistió y mató a dos niños (12 y 11 años) que ayudaban a su padre a la puerta de casa; éste, viendo a sus hijos en el suelo (uno muerto en el acto, el otro poco después), cogió la pistola y descerrajó un tiro en la cabeza al doble homicida que, lógicamente, se fue casi a la vez que los niños. No es cosa de aplaudir la reacción de David Barajas (el padre justiciero), pero sí que se puede afirmar que el borracho se lo merecía. Siendo hispano lo tiene mal en USA, pero como obró con la razón oscurecida es posible que no pase más de diez añitos en la trena; además, como el borracho muerto también era hispano… Aunque no hay que olvidar en Texas rige la pena de muerte.

El último caso tiene lugar en España. Un tipo mató a su mujer de 30 puñaladas, pero tal acción no ha sido considerada ensañamiento, ya que, dicen los fiscales, el tipo quería matar, pero como las puñaladas fueron rápidas y mortales, no hay ensañamiento…, o sea, este agravante depende de si eres preciso a la hora de clavar y de lo raudo que seas manejando el cuchillo, no de las veces que lo claves; pero lo mejor es que afirma el fiscal que las puñaladas no buscaban hacer un “daño innecesario y desproporcionado”, de donde se deduce que los 30 navajazos fueron necesarios y proporcionados… Lo insólito es que acusadores y defensores están de acuerdo, por lo que le será pedida menor pena, de 23 a 17 años. Siendo el sistema español tan beneficioso para el agresor, si le caen tres lustros largos el asesino redimirá cerca de la mitad por buena conducta y trabajo, al poco tendrá permisos de fin de semana y a los cinco años más o menos estará en la calle en libertad (vigilada, condicional o como sea). Él a buscar nueva víctima, la esposa en el cementerio y los encargados de la justicia a rascarse la espalda unos a otros encaramados en sus pedestales. Jueces, acusadores y defensores se han puesto de acuerdo para buscar lo mejor para el navajero, y no le ponen una medalla y le dan una pensión vitalicia porque lo impide la crisis, que si no… ¿Y alguien se acuerda de la víctima y de sus hijos?   
       
Todo es cuestión del parecer de personas, lo que convierte la Justicia (sobre todo en casos de gran trascendencia) en una incógnita, en algo absolutamente relativo y parcial y, por tanto, desesperante, insoportable e injusto, con mucha dependencia del acaso y del que tiene la última palabra. Y si hay políticos y gentes con poder por el medio, la cosa se puede volver hilarante y a la vez indignante.

CARLOS DEL RIEGO