martes, 19 de febrero de 2013

EL CASO SALVA BALLESTA Cediendo a la extorsión de los violentos, el equipo de fútbol Celta de Vigo ha rechazado a Salva Ballesta, integrante del cuerpo técnico recién contratado, por cuestiones extradeportivas. Las opiniones echan chispas

Ballesta celebraba los goles con el saludo militar y nunca
 escondió sus sentimientos

El asunto del ex futbolista Salva Ballesta ha formado dos bandos perfectamente diferenciados y vehementemente enfrentados, dejando sin espacio a quien trata de entender todo el hecho en sus términos justos. La cosa es sencilla: Ballesta ha sido rechazado como integrante del cuerpo técnico del equipo de fútbol Celta de Vigo debido a su ideología y a sus manifestaciones; llama la atención que el cabeza visible de ese cuerpo técnico (el primer entrenador) haya aceptado el cargo prescindiendo de parte de sus ayudantes, algo que si no es traición debe estar bastante cerca; asimismo también resulta sorprendente que el presidente de la entidad haya cedido ante la presión de sus aficionados más radicales, que de ningún modo representan al total de la masa social del club.     

Según han afirmado en diversos medios los aficionados y simpatizantes del equipo gallego, Salva se enfrentó en más de una ocasión a la grada, tanto en Vigo como en otros estadios; también lo acusan de ideología ‘fascista’ por diversas manifestaciones.
Ballesta (Zaragoza, 1955) dijo respecto al jugador del Barcelona Oleguer “me merece más respeto una caca de perro”, refiriéndose a la simpatía manifestada por el ex del Barça hacia el etarra de Juana Chaos. Durante su trayectoria profesional expresó por activa y por pasiva su devoción por España y sus símbolos, cosa que no parece muy delictiva, e incluso subrayó varias veces que ese sentimiento es muy habitual en la práctica totalidad de los países del mundo; como hijo de militar esta posición no debe extrañar. Lógicamente está radicalmente en contra de los separatismos, en contra del Estatut y contra los asesinos vascos; en este sentido afirmó tras el 11 M, cuando se pensaba que era cosa de Eta: “dad 72 horas a los que hay que dárselas y acabarán con el problema”, reflexión que en su momento muchos pensaron y muchos manifestaron, además, no hay que olvidar que un gobierno de izquierdas (teóricamente) organizó una banda asesina para matar etarras, y que ninguno de los que hoy llaman fascista a Ballesta dijeron (o dicen) lo mismo de quienes llevaron a la práctica lo que el ex futbolista propuso en momento de calentón. En 2006 dijo que le gustaría conocer a Tejero (el que protagonizó el chusco intento de golpe de estado el 23 de febrero de 1981), algo que ha sido considerado escandaloso, pero en absoluto cuando directores de periódicos deseaban contactar con los jefes etarras o con el mismísimo bin Laden; también se puede recordar a la periodista de un importante diario nacional nominalmente de izquierdas que afirmó que todos los días se levantaba con ganas de fusilar a unos cuantos tertulianos... Asimismo manifestó Ballesta su admiración por aviadores del bando franquista y de la Luftwaffe, algo fácil de entender dada su devoción por la aviación (su padre pertenecía a este ejército).

Los que denostan al ex deportista enumeran estas acusaciones y las señalan como merecedoras del trato de fascista, sin embargo no se manifiestan respecto a lo que el propio Ballesta escuchaba por esos campos; no es ya el hijo de tal, sino los ‘Eta mátalo’ o ‘Ballesta, tiro na testa’ con que los grupos radicales (se dicen izquierdistas e independentistas, algo imposible, pues no hay más derechista que el nacionalista) le obsequiaban cuando jugaba en el campo vigués; y también es oportuno recordar los numerosos gritos e insultos contra los símbolos españoles que llevan profiriendo los ultras del Celta de Vigo desde hace años. En San Sebastián se permitió durante todo el partido una pancarta con el elocuente ‘Salva muérete’, y el ‘Eta mátalo’ se escuchó también en otros campos vascos y en Pamplona.

En el fondo del asunto subyace otra vez el derecho que se arrogan unos para insultar, menospreciar, amenazar o incluso agredir apoyados en su ideología, y la reacción violentísima que muestran cuando desde la ideología contraria utilizan los mismos términos; es decir, aquellos que creen tener derecho a la amenaza y el insulto se han acostumbrado a que todos callen ante sus improperios (incluso muchos les ríen la gracia), por lo que son incapaces de asimilar que haya quien les responda usando idéntico léxico.

Si insultar al Rey y silbar el himno es considerado libertad de expresión (por encima del derecho a escuchar), ¿cómo es que no tienen el mismo trato opiniones como del ex futbolista?

CARLOS DEL RIEGO