martes, 5 de febrero de 2013

LA SOBERBIA FANÁTICA DE ALGUNOS CIENTÍFICOS Dos profesores han publicado un libro que sostiene el disparate de que la Tierra es el centro del universo y todo gira en torno a ella. Muestran soberbia por atreverse a postular sin conocimiento y fanatismo por permitir que las creencias guíen el trabajo científico. Pero también se puede llegar al desvarío por un camino opuesto.

Solo un fanático o un ignorante puede afirmar que todos los cuerpos del universo
giran en torno a la Tierra

Hay veces que la soberbia de los científicos resulta absolutamente impropia de quien tiene que basarse exclusivamente en aquello que pueda probar, ya sea en la pizarra, en el laboratorio o con los hechos. Que el concepto del universo es algo que de momento se escapa al conocimiento humano es más que evidente; no hay quien pueda demostrar nada de nada respecto al origen, tamaño, tendencia, límites, edad, funcionamiento… Y sin embargo, hay algunos físicos, matemáticos o astrónomos que se atreven a realizar afirmaciones que de ningún modo pueden probar, a proclamar grandes descubrimientos apoyándose sólo en teorías más o menos plausibles pero que no pasan del plano teórico. La última sandez propalada por malos científicos (al menos en este caso) la protagonizan un físico y un matemático que trabajan en centros docentes españoles; estos dos señores han editado un libro titulado ‘Sin embargo no se mueve’ (parodia de las palabras de Galileo ‘Sin embargo se mueve’) en el que sostienen la teoría del geocentrismo, o sea, afirman sin rubor que la Tierra es el centro del universo, y que es el sol y todo el resto de objetos cósmicos los que dan vueltas alrededor del tercer planeta del sistema solar, enclavado en un extremo de la galaxia Vía Láctea, perteneciente al grupo local de galaxias… Parece increíble que un físico y matemático (como los autores) ignore la ley de la gravitación: dos cuerpos se atraen más cuanto más masa tengan y cuanto más cerca estén, por lo que pensar que un cuerpo tan pequeño como la Tierra atrae a una estrella gigantesca situada a mil millones de años luz es un dislate que no se encuentra ni en la ficción más calenturienta. Sin embargo, viendo la trayectoria y publicaciones de Gorostizaga, el principal responsable de del libro, la cosa no puede extrañar, ya que es un firme defensor del creacionismo (todo fue creado, no hay evolución), de que la Tierra sólo tiene 6.000 años (en realidad en torno a 4.000 millones) y otras incongruencias de auténtico fanático de la religión. Es decir, este profesor universitario cae en el peor de los errores del científico, que es el prejuicio, la creencia previa, el contrasentido de permitir que su fe guíe sus investigaciones. Y de este modo incurre en otro fallo: intentar compaginar fe y ciencia, un auténtico imposible en sí mismo (si se puede demostrar científicamente no hay lugar para la fe, y si no se puede probar, la ciencia ha de abstenerse de manifestar opinión del mismo modo que se abstiene de pretende demostrar la existencia de extraterrestres).   

Al menos en gran parte de las parroquias españolas de hace 30 ó 40 años los curas explicaban que el Génesis y otros textos bíblicos no han de tomarse como obras históricas o científicas, enseñaban que esos libros están construidos a base de metáforas y alegorías que pudieran entender aquellas personas de hace más de dos milenios (lógico, si se les hubiera hablado de Big Bang, de la expansión del universo o las reacciones nucleares dentro de las estrellas no hubieran entendido), e insistían en que no hay que tomarse al pie de la letra lo de “El primer día creó Dios…”; es decir, incluso los clérigos de hace décadas separaban la religión de la ciencia. Es más, hasta el Vaticano ha admitido la Teoría de la Evolución.

Lo peor es que desde el otro extremo se usan parecidos modos. El célebre Stephen Hawkins lanzó el año pasado un libro en el que pretendía demostrar la inexistencia de Dios basándose en la teoría del Big Bang; es decir, el en otros momentos brillante científico también se dejó llevar por su ateísmo para alcanzar la conclusión que previamente buscaba, o sea, resbaló en el mismo lugar del mismo terreno que aquel Gorostizaga, pues permitió que su creencia (la ausencia de tal en este caso) guiara sus pasos. La esencia del razonamiento de Hawkins es que no existían ni el tiempo ni el espacio antes del Big Bang, por lo que al no existir tiempo no puede existir ningún ser; asimismo afirma el sabio británico que de la nada surgió una partícula de infinita densidad que al explotar dio origen al universo. Las objeciones son evidentes: ¡qué es eso de que no había nada y de repente había algo!..., eso se llama milagro, y si hay milagro…; ¿y cómo saber si ese Big Bang fue el primero y el último?, ¿cómo saber si no se han producido (o se están produciendo) otros big Bang lejos del alcance de los más modernos radiotelescopios?… No hay forma de contestar a estas preguntas.

En uno y otro caso hay evidencias de soberbia al pretender explicar conceptos absolutamente inexplicables a día de hoy; queda clara la vanidad del hombre y del científico al intentar dar sentido a enunciados tan contradictorios como ‘el principio del tiempo’ o ‘los confines del universo’ con las herramientas y conocimientos disponibles; rebosa fatuidad y endiosamiento pensar que el actual cerebro humano puede abarcar tamaños y distancias siderales. En fin, que sólo alguien con el ego del tamaño de la misma galaxia trataría de enunciar las leyes que rigen en planetas, estrellas, agujeros negros, cuásars y muchos otros cuerpos, entes o elementos que sin duda existen más allá de lo que los radiotelescopios pueden ver. Y se puede llegar a ese disparate por caminos totalmente opuestos.
                
CARLOS DEL RIEGO