domingo, 10 de febrero de 2013

ESTRELLAS SIN ESTRELLA. CADÁVERES NO MUY BIEN PARECIDOS En escena y ante los focos eran estrellas del rock con todo su encanto, pero cuando volvían a casa eran básicamente infelices, les perseguían las desgracias o no eran capaces de vivir con un mínimo de orden. Dentro de la larga lista de rockeros muertos, Roy Orbison, Ian Dury alcanzaron la madurez combinando el éxito con la desgracia personal, mientras Ian Curtis apenas tuvo tiempo de nada, sólo de convertirse en mito



Ian Curtis, el malogrado cantante de Joy Division.
La historia de la música pop y rock está plagada de artistas muertos prematuramente; según un estudio publicado hace unos años, más de mil músicos y cantantes de renombre dentro del universo rock dejaron este mundo antes de tiempo. Las causas son variadas, aunque una importante mayoría se fueron a causa de los excesos, drogas y alcohol sobre todo; accidentes de todo tipo, asaltos, suicidio, enfermedades y desgracias varias completan la larga lista de ‘pretextos’ utilizados por los muertos del rock para irse (el último en incorporarse a ella es Reg Presly, de The Troggs, que dejó para siempre ‘Wild thing’ y ‘Love is all around you’, entre otras). Durante los años del punk y siguientes cundió la frase “vive deprisa, muerte pronto y tendrás un cadáver bien parecido” y, desgraciadamente, tanto antes como después de acuñarse dicha consigna muchos siguieron el consejo, la mayoría sin pretenderlo. Brillaron mucho durante muy poco tiempo y con eso les sirvió para tener un cadáver (o sea, un recuerdo) siempre cargado de atractivo. Pero también hay otro tipo de caídos por la causa, están los que vivieron una vida de estrella sobre el escenario y de padecimientos y calamidades lejos de los focos, como Roy Orbison e Ian Dury, y también los que apenas tuvieron tiempo de brillar en vida pero se convirtieron en iconos tras su adiós definitivo, pues fue entonces cuando se entendió y difundió su valía, como Ian Curtis, de Joy División.



Roy Orbison (1936-1988) estuvo en esto del rock desde el primer momento, pues fundó su primer grupo con apenas 13 años y en 1956 (cuando el rock atisbaba su primera luz) ya saboreó el éxito con ‘Ooby dooby’. Durante los cuarenta años que estuvo en el escenario (con mayor o menor repercusión pero siempre con gran reconocimiento de otros artistas) Roy regaló rock & roll y rockabilly, pop, rock y canción melódica con una clase excepcional, con un gusto delicioso, un estilo inconfundible y una voz alta, fina y cristalina. ‘Only the lonely, ‘Oh pretty woman’ o ‘You got it’ son algunos de sus muchos títulos imperecederos. Aquejado de problemas en la vista, Roy vivió los años sesenta entre el triunfo profesional y la catástrofe personal: en el 66 su primera mujer murió en accidente de tráfico y poco más de dos años después se incendió su casa mientras él estaba de gira, muriendo entre las llamas dos de sus tres hijos, uno de nueve y otro de seis años. Su familia se desintegró pero él siguió poniendo buena cara (el espectáculo debe continuar) hasta que a finales de los ochenta, cuando había vuelto al estrellato (dentro del supergrupo Travelling Wilburys), el corazón le falló. En diciembre de 1988, tras cumplir su agotadora agenda promocional en la que quedó patente su deteriorado aspecto, murió de un fulminante infarto.

Ian Dury (1942-2000) lo tuvo mal desde niño. Contrajo la polio a los siete años cuando se bañó en un estanque contaminado; tras larguísima convalecencia se quedó raquítico y con brazo y pierna izquierdos casi paralizados. Como solía ser, padeció todo tipo de burlas, acoso y maltrato en todos los colegios donde fue matriculado, donde sus compañeros lo tenían como al último mono; en los internados el pobre Ian debió pasar las de Caín, recibiendo palos y humillaciones a diario por ser el más débil y el de más fácil menosprecio. Todo ello lo convirtió en un tipo amargado y con más taras y minusvalías morales que las que mostraba su físico. Pero tras infinitos avatares y adversidades (como que cuando iba a publicar su primer disco quebró la discográfica) alcanzó el triunfo con canciones extraordinarias, llenas de intensidad, descaro, personalidad, rabia, intención, con ambientes de pub-rock, punk y new wave; ‘Hit me with your rythm stick’, ‘Sex & drugs & rock & roll’, ‘Sweet Gene Vincent’, ‘Wake up and make love with me’ son una muestra de su larga lista de grandes canciones…, aunque él solía afirmar que sólo había escrito siete buenas letras. Mientras, su vida cotidiana era cualquier cosa menos feliz y satisfactoria, pues bebía y se ponía agresivo, pegón, malvado, rabioso, frustrado, brutal, golpeaba a su compañera (a todas las que tuvo) y faltaba, insultaba y se metía con todo el que se le ponía por delante (entonces su bastón era un arma), de modo que más de una vez se llevó un buscado puñetazo. Al final se tranquilizó, el cáncer que se le diagnosticó disipó su amargura y, afirman, cambió su humor. Su vida intensa, dolorida y luminosa al tiempo, terminó tranquilamente, serenamente en su casa en marzo de 2000. Dicen que acababa de iniciar una autobiografía, pero sólo escribió el escueto comienzo: “Hola zoquetes”.

Ian Curtis (1956-1980) padecía epilepsia con fuertes convulsiones y espasmos (a veces en pleno concierto), pérdidas de conocimiento, depresión, agorafobia (miedo al desamparo, temor al propio miedo), sufrió tratamientos médicos inadecuados y varios intentos de suicidio. En plena efervescencia punk formó el grupo Warsaw, que aunque no era punk sí utilizaba recursos punk y también poseía la energía rabiosa del género. Luego, con Joy Division, alcanzó la plenitud artística. Con la voz siempre grave y profunda de Ian, el grupo hablaba de desesperación, abandono, pesimismo, oscurantismo, desánimo, amargura.., jamás un atisbo de alegría o ilusión. Sin embargo, las canciones de Curtis en Joy Division resultan apasionantes, hipnóticas, impactantes, únicas, inconfundibles, inimitables y mil veces imitadas. Sólo publicó dos discos (el segundo póstumo) y sus éxitos comerciales llegaron tras su muerte, sobre todo con la bellísima y descorazonadora ‘Love will tears us apart’; además, piezas como ‘Heart & soul’, ‘Decades’, ‘Atmosphere’ o ‘She´s lost control’ siguen asombrando y estremeciendo por su singularidad, su oscuridad, su romanticismo desesperado y tortuoso. En mayo de 1980 estuvo viendo la película ‘Stroszek’ del alemán Werner Hertzog (que trata de un artista que se suicida), luego puso el disco ‘The Idiot’ de Iggy Pop y acto seguido se ahorcó en la cocina de su casa con la cuerda de tender. Sus enfermedades y la separación de su mujer Deborah fueron, oficialmente, los detonantes de la fatal decisión que, en realidad, es la de los románticos más clásicos.
No todo es vino y rosas en el mundo del rock. 
       
CARLOS DEL RIEGO