miércoles, 17 de marzo de 2021

LA PRUEBA IRREFUTABLE DE QUE PARA TODO POLÍTICO EL CIUDADANO ES PREOCUPACIÓN MENOR

 


Sin palabras


Los movimientos políticos que en las últimas fechas están teniendo lugar en España vienen a demostrar algo que muchos se obstinan en no ver: al político vitalicio lo único que le interesa, lo único que lo mueve es la política, mientras que el bien común o el de los ciudadanos les importa menos que el precio de un café.

Todos los políticos del mundo, sea cual sea su ideología, su partido o su país, son en el fondo y en la superficie exactamente iguales. Todos se mueven pensando en la conveniencia política, en la estrategia política, en las elecciones, cargos, encuestas, sondeos…, dejando en un muy segundo plano aquello por lo que se les paga: velar por el bien común, la salud pública, la seguridad, el empleo…Las pruebas son irrefutables y abrumadoras.

Estos días (III-21) las primeras páginas de los periódicos son todo maniobras políticas sin otro fin que la política, son evidentes, descaradas: el que era ministro de sanidad pasa de la noche a la mañana a ser candidato a presidente de una comunidad (y eso que, según sus partidarios, era imprescindible en su puesto); se producen conjuras para promover mociones de censura con el fin de sacar al que manda y ocupar su puesto; y como respuesta, algunos deciden convocar elecciones a modo de defensa preventiva; uno de los vicepresidentes, al ver que en ese puesto nunca tendría la última palabra, decide presentarse para jefe de una comunidad y así convertirse en mandamás, sólo de una parte del territorio nacional, pero mandamás; unos y otros declaran sin la menor vergüenza que quieren ganar las elecciones para echar del poder al que está, es decir, no desean alcanzar el gobierno y el poder (nacional, autonómico, provincial o municipal) para trabajar por el beneficio de la sociedad, nada de eso, lo dicen abiertamente: quieren expulsarlos “a ellos” y colocarse a sí mismos, este es su objetivo, su único fin, quedando el bien común en un tercer plano. Por no hablar de las fortunas públicas que se gastan para sí y su partido en operaciones de marketing y propaganda, asesores de imagen, expertos en blanqueo y manipulación, campañas en las redes. Todos hacen lo mismo.

Y todo ello en medio de una pandemia con decenas de miles de muertos, en una situación de emergencia extrema con el paro disparado,  la economía destruida y un futuro muy negro. Pues para los políticos eternos, para sus señorías diputados (que se repartieron el año pasado 800.000 euros en taxis y kilometraje) lo importante no varía: la toma del mando, el reparto de cargos y, en fin, la pura, asquerosa y destructiva política.

Aunque parezca exagerado, bien puede decirse que el único político bueno es el político de cuerpo presente, afirmación que no anima a liquidar a vividores de lo público, en absoluto, sino que viene a significar que sólo estando inerte el político no hace daño, no miente, no trinca, no despilfarra, no provoca enfrentamientos…, sólo si está de cuerpo presente el político no hace política. Y es que esta especie, con el paso de los años, se ha pervertido, se ha convertido en la más perniciosa del sistema solar, responsable de guerras y violencias, hambres, robos y saqueos a países enteros, gigantescas mentiras y, en fin, responsable de infinitas calamidades.

Es preciso, es absolutamente necesario terminar con la figura del político, y sustituirla por la del ciudadano metido temporalmente a labores políticas; esto sería mucho más democrático, puesto que en este caso serían muchos los contribuyentes que, durante una etapa de sus vidas (por ejemplo ocho años, más o menos un diez por ciento de la vida de una persona), entrarían en contacto con la realidad del trabajo público; de este modo, todo el que jurara un cargo sabría exactamente cuándo se extinguiría ese contrato, de modo que sería tonto que hiciera cálculos políticos, personales o del partido, de cara a su futuro político, puesto que éste no existiría.

Lógicamente, todos los políticos del mundo, los de cualquier ideología o partido, estarán radicalmente en contra de esta idea; ya fuera de extremos o centrados, ningún político renunciaría a viajar siempre cómodamente instalado en el carro, ninguno estaría dispuesto a echar pie a tierra y sumarse a los ciudadanos para empujar el carro. En fin, hay que ser muy ingenuo, tonto o inconsciente para confiar o creer a un político: el ciudadano no le interesa más que como votante (cuando se acercan las elecciones) o como paganini que escota para que él gaste. Nada más.

Cuando deberían poner sobre la mesa todo su esfuerzo, ganas e ilusión para sacar al país del atolladero en el que está, cuando tendrían que movilizar todos los recursos humanos y materiales disponibles exclusivamente para buscar el bien de todos, ellos están a lo suyo, nada más que a lo suyo. Es una prueba evidente e irrefutable de la bajeza moral de esta asociación de indeseables caraduras. Es una especie que hay que extinguir. Por el bien de la sociedad.

CARLOS DEL RIEGO

 

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