miércoles, 28 de diciembre de 2016

DOS SUPERHOMBRES Y UNA SUPERMUJER, IBÉRICOS CIEN POR CIEN. Muy de actualidad continúan las películas y narraciones sobre superhéroes con superpoderes. Todas son, lógicamente, pura fantasía; sin embargo, la Historia, y en concreto la de España, puede presentar algunos auténticos ‘supermanes’.

Retrato de Peter Francisco e imagen que describe una de sus proezas.

Sí, hay constancia de acciones que fácilmente pueden situarse tan fuera de lo común que podría tenerse la impresión de que quienes las protagonizan son verdaderos superhombres… y supermujeres. Ciñéndose a la Península Ibérica, a la antigua Iberia, también pueden rastrearse algunos personajes cuya fuerza, valentía, entereza y firmeza de ánimo en el campo de batalla les han garantizado su presencia en los libros para siempre. Y es que, además de los que mostraron su bravura e integridad en despachos y pasillos (por ejemplo Melchor Rodríguez, ‘El ángel rojo’, o Sanz Briz, ‘El ángel de Budapest’), son abundantes los hombres y mujeres que, en situaciones límite, en primera línea de fuego, contuvieron su miedo y cumplieron mucho más allá de su deber. Habrá quien piense que no hay nada loable en una acción de guerra, pero tal idea es fácil de rebatir con múltiples ejemplos de combatientes que, sin estar obligados por los reglamentos, arriesgaron su vida para salvar las de sus compañeros, y esto es algo tan meritorio como difícil de comprender sin haber vivido algo parecido; de todos modos, como dijo Ortega, cada uno es cada uno y su circunstancia.
El caso es que la Historia de Hispania ofrece un amplio elenco de héroes de enorme tamaño y reconocida reputación, como Blas de Lezo o Agustina de Aragón, pero también otros menos conocidos como los héroes de Cascorro o la Monja Alférez, como Antoni Barceló o la Dama de Arintero. Pero además de ellos, pueden recordarse los nombres de dos colosos y una bravísima heroína: el portugués Pedro Francisco Machado, el conocido como Sansón de Extremadura, y la sevillana (o cántabra) María de Estrada.
Óleo de Manuel Rubio que describe una hazaña de García de Paredes, cuando él solo detuvo a un ejército a la entrada de un puente; en primer plano una espada de dos manos como la que él usaba.
Pedro Francisco, nacido en las islas Azores a mediados del XVIII, está considerado uno de los grandes héroes de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, donde se le conoce como Peter Francisco, El Gigante de Virginia. Recogido cuando tenía cinco años y llevado a América, llegado el momento de la revolución, combatió al lado del mismísimo George Washington, quien no dudó en dejar escrito que “Sin Peter habríamos perdido dos batallas importantes, quizá la guerra y, con ella, nuestra liberad. Él era realmente un ejército de un solo hombre”. Debía ser temible: 1,98 de estatura, más de 120 kilos y blandiendo una espada específicamente hecha para él de 6 pies (1,82 metros)…; tomó parte en algunas de las más sonoras batallas de aquella guerra, como en la de Camden, cuando para impedir que una pieza de artillería cayera en manos de los ingleses se la echó a la espalda, y eso que pesaba mil libras (unos 450 kilos). Valiente y decidido, recibió el título de ‘hombre más fuerte de América’. No es de extrañar que algunos eruditos e historiadores no duden en señalarlo como ‘el mejor soldado de la historia de Estados Unidos’, a pesar de que era portugués, ibérico.     
Lienzo de Tlaxcala (S. XVI)_ la segunda figura por la izquierda es María de Estrada.
Diego García de Paredes, conocido como el Sansón de Extremadura, fue un soldado nacido a mediados del siglo XV que, según cuentan innumerables cronistas, historiadores y escritores, poseía una fuerza descomunal; al igual que el anterior, debía estar cerca de los dos metros con una constitución muy atlética, era ágil, incansable y extraordinariamente diestro con las armas. Pero además, a sus aptitudes físicas para el combate, añadía García de Paredes un carácter iracundo y rabioso cuando empezaba la lucha; tenía que ser digno de verse: el gigantón repartiendo espadazos (manejaba una enorme de dos manos), estocadas, puñetazos y golpes de todo tipo a diestro y siniestro, inagotable, insultando, amenazando, amedrentando…, no es de extrañar que supiera de él media Europa y en todas partes se temía su presencia, ya en la batalla, ya en el campo del honor. Participó en docenas de enfrentamientos bélicos, escaramuzas, asedios, peleas… y también se batió en muchos combates singulares. Jamás dio un paso atrás, jamás rehuyó la lucha aunque estuviera él contra muchos, al revés, la visión de un enemigo numeroso le estimulaba a lanzarse contra él. La relación de las principales hazañas del extremeño es interminable, algunas de ellas dignas de un verdadero superhéroe. Baste señalar que nada menos que Cervantes en El Quijote se hace lenguas sobre este Hércules. Evidentemente, un personaje de este jaez tiene su parte de leyenda, pero siendo tantos los que elogian sus cualidades físicas y sus hazañas… Cuando, una vez muerto, lo iban a lavar y amortajar, todos los presentes quedaron asombrados: ¡no había dos centímetros de su piel sin cicatriz! De Trujillo era.

María de Estrada fue una de la mujeres que acompañaron a Hernán Cortés en su pasmoso viaje; desgraciadamente, los cronistas de la época apenas dejaron constancia de las intrépidas españolas que acompañaron a sus maridos a la incierta aventura (“íbamos siempre temiendo que nos desbaratasen”, subraya Bernal Díaz del Castillo en su imprescindible obra). Una de ellas era esta María de Estrada. Cuenta el político e historiador mexicano Juan Miralles en su ‘Hernán Cortés, el inventor de México’, que todos los que allí estuvieron recordaban a María en una de las calzadas de salida de Tenochtitlán durante la huida de los españoles (La noche triste), armada de espada y rodela propinando estocadas como el más valiente de los soldados, de modo que en aquel episodio salvó a muchos españoles; además, en la batalla de Otumba también tomó parte destacada, tal vez a caballo y lanza en ristre. La peripecia vital de María de Estrada es de película; al parecer quedó huérfana siendo niña y fue entregada a una familia de gitanos, quienes le adiestraron en el ‘arte de la esgrima’; fue condenada a muerte por estar implicada en más de una reyerta con víctimas, pero se salvó al aceptar embarcarse para América; llegó a Cuba, donde su expedición fue masacrada (en Matanzas) y apenas ella se salvó. Luego de la mencionada derrota española (La noche triste), incluso le afeó a Cortés que quisiera dejarla en retaguardia: “No está bien que mujeres españolas dejen a sus maridos yendo a la guerra, donde ellos murieren moriremos nosotras”. ¡Qué agallas tenía! María es la evidencia de que el valor, el coraje, la bravura, nada tienen que ver con el sexo de la persona.      


CARLOS DEL RIEGO