miércoles, 31 de agosto de 2016

UN DEPORTISTA DE EE.UU. DESPRECIA SU BANDERA: INJUSTA GENERALIZACIÓN. Tremenda es la polémica suscitada en USA a causa de la actitud hipócrita e injusta de un jugador de fútbol americano, Colin Kaepernick, que se quedó sentado cuando sonaba el himno de su país antes de un partido. Ese tipo de desaire no es raro en España.

El jugador de fútbol americano Colin Kaepernick permanece sentado mientras suena el himno de su país.
Al explicar sus razones para adoptar tal postura, el ‘quarterback’ de los San Francisco ‘49ers’ dijo que ni se levantaba ni se mostraba orgulloso “ante la bandera de un país que oprime a la gente negra y de color” (sic). El asunto es que el gesto del deportista ofende a todos los estadounidenses, blancos y negros, oprimidos y opresores, poderosos y débiles…, puesto que la bandera representa a toda la población, es decir, también a los que al igual que él rechazan el racismo, y no sólo a los racistas a los que pretende denunciar. Es decir, está generalizando, lo cual es esencialmente injusto, falso y pueril.

Por otro lado, ni el país ni la bandera ni el himno son racistas, es más, ni siquiera sus leyes lo son. O sea, quienes creen en la superioridad racial no son esos símbolos, sino personas concretas (y estúpidas) con nombre y apellido. El jugador demuestra con su desplante un simplismo absoluto, un maniqueísmo primario y una gran cortedad de miras. Asimismo, ese gesto no cuesta mucho. Si tantas ganas tenía de denunciar actitudes tan indeseables como esas de corte racista de las que hablan a diario los periódicos de Usa, podía haberse negado a firmar el contrato con su equipo, demostrando de ese modo que no quiere jugar para divertir a un país que “oprime a la gente negra y de color” (hay que señalar que su rendimiento deportivo no ha dejado de descender en los últimos años, por no hablar de que enlaza una lesión con otra); o también podría entregar cinco de los grandes a las familias de los muertos por la brutalidad policial, pero no ha soltado ni un pavo de los alrededor de cien millones que lleva embolsados. Pero claro, el chico está dispuesto a comprometerse por la causa hasta un punto en el que no se pongan en riesgo los beneficios que le proporciona “el país que oprime…”. Además, tampoco tiene mucho reparo a la hora de gastarse la pasta en automóviles de lujo y otros carísimos caprichos en ese “país que oprime…”. Un detalle interesante es que Kaepernick (hijo de una pareja mixta) fue abandonado por su familia negra y acogido por su familia blanca… Si de verdad fuera coherente (al igual que muchos otros deportistas de allí que elevan la voz contra el país en el que viven, trabajan y ganan millones), el ‘49er’ simplemente rechazaría todo lo que de ese país procediera; dicho de otro modo, resulta de lo más hipócrita ofender, menospreciar y acusar a una nación y a toda su población y, a la vez, aprovecharse de todo lo que ella le proporciona. Algunos medios estadounidenses sostienen que la cosa tiene su origen en la reciente conversión del deportista al Islam… De todos modos, este tipo de grosería no es muy habitual por allí.

En España las cosas son distintas, puesto que hay una gran parte de su población que odia sus propios símbolos debido a que los identifica con la dictadura y el dictador (algo que a éste le hubiera encantado). Por eso, partidos políticos con presencia en todo el territorio jamás exhiben la bandera y sus líderes no se dejan fotografiar con una cerca; es más, procuran no pronunciar la palabra España y la suplen con ‘el país’ o ‘el estado’. Y por las mismas, hay muchos españoles que (de modo atenuado o exaltado) han asumido el significado del grito antiespañol que a veces se escuchaba por las calles madrileñas durante la II República: “¡Viva Rusia y muera España!”. Debido a este sentimiento, los desprecios a la bicolor son muy habituales e incluso hay quien lo ve casi como algo obligatorio, hasta el punto de que el que la exhibe corre el riesgo de ser insultado e incluso agredido. Sin embargo, a diferencia de Estados Unidos, lo de despreciar los símbolos patrios es aquí más propio de ciertos sectores de la cultura y la política que del deporte; y así, se pueden escuchar cosas como “no me siento representado por esa bandera” o “jamás me he sentido español”, y ello a pesar de que esos colores adornan todos sus documentos, y de que viven y prosperan gracias a lo que ella representa: sus compatriotas, sus ciudades y territorios, sus instituciones, sus ventajas, sus subvenciones…     

¿Alguien recuerda cuando, durante un acto oficial, un prominente político español se mantuvo repantigado en el asiento al paso de la bandera de Estados Unidos? Aquel infausto personaje quería dejar evidencia de su rechazo a la invasión de Iraq y al gobierno que la ordenó, pero no se le ocurrió modo más inteligente para demostrarlo que hacerle un feo a todos los estadounidenses, incluyendo a los que, como él, estaban en contra de esa acción bélica. Unos pocos meses después la Armada Usa canceló un contrato que tenía con unos astilleros españoles para construir varios buques de guerra, barcos que al poco fueron encargados a Corea del Sur. ¿Tendría algo que ver aquella ‘sentada’ (y otras groserías similares) con la anulación del provechoso encargo?  

El caso es que cuando se ofende a los símbolos de un país se está ofendiendo de un modo general e indiscriminado, injusto y simplón. Ocurre lo mismo con otras generalizaciones más escandalosas; por ejemplo, todo biennacido se escandaliza cuando se produce un bombardeo general e indiscriminado (como cuando se machaca una ciudad dominada por el Daesh con víctimas en los hospitales y salones de boda), e igual sentimiento se genera cuando el grotesco Donald Trump vocea que todos los musulmanes son terroristas o que todos los mexicanos son violadores y asesinos. Pura, injusta y falsa generalización. Igual que con los desaires a símbolos nacionales.

CARLOS DEL RIEGO