domingo, 2 de marzo de 2014

UNOS MINUTOS AL LADO DE UN PRODIGIO: PACO DE LUCÍA La muerte del prodigioso guitarrista Paco de Lucía sorprendió a todo el mundo. Era puro talento como atestiguarían millones de personas, sobre todo las pocas que tuvieron la suerte de ver de cerca cómo en sus manos la virtud se transformaba en música

Fue mucho más que un guitarrista de flamenco.

Sí, era un guitarrista flamenco, pero su atrevimiento, su valentía para explorar otros territorios musicales le proporcionaron reconocimiento en todo el planeta. Podía gustar o no el género, pero nadie que escuchara su toque era capaz de resistirse a su encanto, a su magia. Es más, no pocos rockeros de los de chupa negra, greñas y chapa de AC DC, tenían entre los vinilos de Judas Priest y Led Zep algo del artista de Algeciras. Sus colaboraciones con algunos de los más prestigiosos guitarristas del planeta, su interpretación del ‘Concierto de Aranjuez’ o de partituras de Manuel de Falla deja bien claro que este gigante de la música podría haber brillado en cualquier otro género.


Eran los últimos años de la década de los ochenta del siglo pasado. Paco de Lucía tocaba en una ciudad de provincias en la que vivía un chaval que había sido alumno del padre del artista (exigente profesor de guitarra flamenca). Este aspirante invitó a comer a los tres integrantes de la expedición: el propio Paco, su hermano Ramón de Algeciras y un tercer guitarrista llamado Carlos; nadie más iba con ellos, ni road manager, ni asistentes ni acompañantes, sólo los artistas, que se encargaban de todos los pormenores del viaje, el concierto, la estancia... Un par de amigos del afortunado anfitrión se presentaron a la hora del café. Durante la sobremesa, mientras se imponía la charla, Paco tomó la guitarra y se puso a tocar descuidadamente. Unos minutos después, los que sabían tocar se callaron y volvieron la cabeza hacia él; miraban con expresión de sorpresa y, a la vez, cara de admiración, casi incredulidad. El genio tocaba con los ojos cerrados y la cara crispada, ajeno a los demás. Se había arrancado, como luego dijeron los expertos. Así estuvo unos minutos. Uno de los profanos miraba embelesado el movimiento de las manos. Los dedos de la izquierda parecían tener vida propia, recorrían el mástil con precisión inusitada, con tal velocidad que no parecía real, pero a la vez con elegancia natural y espontánea…, todo ese movimiento daba sensación de ser algo absolutamente lógico. La izquierda era muy flexible, como de goma, a veces se movía con cierta parsimonia y otras sus dedos eran auténticos rayos, y su pulgar llegaba a convertirse en un auténtico martillo, tal era su potencia, tal era la sensación que daba. Pero por muy impresionante que fuera lo que se veía, lo que se escuchaba dejó boquiabiertos a los presentes: todo era armonía, todo era melodía, todo era delicia; parecían perderse los arpegios, los acordes, los punteos, disueltos en un canto apasionado pero suave, exquisito, fascinante…, la maravilla hecha notas.
El virtuoso abrió los ojos y siguió tocando. Los otros guitarristas presentes exclamaron emocionados bravos, olés y expresiones similares. Él sonrió y continuó despreocupadamente. Le preguntaron cómo se había arrancad y él dijo simplemente “me sentí bien…, me dejé ir”.

Debieron ser unos minutos muy cortos, pero para la media docena de conmovidos espectadores el tiempo se detuvo durante aquellos instantes. Fue algo verdaderamente mágico, irrepetible, indescriptible. El genio, el talento, la virtud en estado puro bajó a la altura de los mortales durante apenas un suspiro y les dejó sentir su calor.


CARLOS DEL RIEGO