domingo, 23 de marzo de 2014

THE CURE, UNA BANDA ÚNICA A poco que se tenga interés resulta muy fácil identificar al grupo de Robert Smith. Se cumplen ahora nada menos que 35 años de la publicación de su primer Lp, un buen momento para hacer balance y recordar lo mejor de su atípica trayectoria artística

Robert Smith, un personaje absolutamente singular en la historia del rock.
Quienes estaban allí para vivirlo, pueden sorprenderse de que ya hayan pasado tres décadas y media. Todavía en los setenta del siglo XX, cuando los punks gritaban desaforados y asomaban los cardados disparados de los ‘siniestros’ (afterpunk, post punk, luego góticos), cuando la new wave invadía todos los ámbitos y abría puertas a mod, ska, rockabilly y a cualquier ritmo o tendencia, cuando los heavys, sinfónicos y grandes dinosaurios dudaban a qué carta quedarse, entonces, un tipo de rostro aniñado da forma a una banda con una propuesta única. The Cure hizo su aparición en el mercado con un álbum titulado ‘Three imaginary boys’.


Lo que Smith y sus compinches ofrecieron en el 79 era ciertamente original en un momento en que casi a diario aparecían grupos y discos con estilo y personalidad. Aquel histórico y seminal álbum comenzaba con ambiente inquietante y misterioso logrado con un sonido muy natural (esa batería a pelo), limpio, esquemático a veces, con idas y venidas, cortes, irrupciones e incluso algún sólo de guitarra que aunaba algo antiguo y algo nuevo. Las canciones recogen herencias, pero aportan cantidad de novedades tanto en el aspecto formal como en el ambiental. La voz aguda de Robert Smith contrasta con un bajo casi siempre profundo y en primera línea; las melodías resultaron chocantes e imaginativas. U disco sorprendente que aun hoy llama la atención por la carga emocional que transmite a pesar de su simpleza (y a la vez eficacia) instrumental. El ‘estilo Cure’ se asoma. El álbum se reeditó meses después en USA con el título de ‘Boys don´t cry’ y con un listado de canciones diferente que incluía la primorosa pieza homónima o la hoy imposible ‘Killing an arab’.


Tras una acogida buena pero sin mucho ruido, el siguiente trabajo del grupo supuso la consolidación de un estilo propio, inconfundible, identificador. ‘Seventeen seconds’ enseñaba una atmósfera agobiante y depresiva. Las primeras notas a la guitarra recuerdan el comienzo del disco anterior, enigmáticas, intrigantes, y casi sin darse cuenta, la maravilla ‘Play for today’, apasionante pieza que logra texturas sonoras increíbles con muy poco. Este álbum provocó críticas enfrentadas: unos subrayaron el ingenio y la aportación novedosa de la banda, mientras que otros se quejaban de que las canciones eran tristonas y distantes…, ambos tenían razón. Pero basta con recuperar ‘The forest’ para comprobar, desde la perspectiva del tiempo, que se trata de un disco esencial, atrevido, innovador. Por entonces Rober Smith todavía llevaba el pelo corto y la cara libre de maquillaje, pero aquello que ya se llamaba ‘afterpunk’ empezaba a tener su propio apartado.

Después llegó otro trabajo sobresaliente. ‘Faith’ arranca con un bajo (de 6 cuerdas), tal vez perezoso, al que se une la guitarra nuevamente misteriosa, que da paso a una voz lejana que a su vez lanza proclamas retorcidas, existencialistas, duras, oscuras y envueltas en niebla; Robert Smith reflexiona sobre su fe (católica) perdida y buscada. La segunda pieza es como un mazazo, con un ligero aviso y una entrada de bajo a ritmo frenético al que se unen guitarras que parecen ir y venir; es una canción prodigiosa, densa y con un gancho irresistible. Siguen cortes ciertamente depresivos, lóbregos a veces, intensos y emotivos siempre. Un álbum único, dotado de una belleza angustiosa, tremendamente personal y con mucho que escuchar y que leer (hay quien lo relaciona con el faro del rock oscuro y siniestro: el ‘Closer’ de Joy Division).

Lo siguiente es, para muchos, la obra cumbre de los años clásicos de The Cure. Se trata de ‘Pornography’, publicado cuatro años después de aquellos ‘Tres chicos imaginarios’. El misterio sigue presente, pero ahora se ha sofisticado, con profusión de teclados y arreglos inesperados (con el paso del tiempo The Cure utilizará cuerda, metal, electrónica y cualquier otro recurso), que proporcionan al tono tétrico un grado mayor de decadente y desesperada desolación, de frustración, de locura e incertidumbre. Y aunque a Smith y compañía no les gustara la etiqueta, lo cierto es que con este álbum se consolidaron dentro del rock siniestro (hoy gótico). Dicen que habían grabado un vídeo-clip en un manicomio abandonado, que el guitarrista y cantante del grupo se vio muy afectado por la muerte de Ian Curtis (Joy Division), e incluso afirmaba que él sería el siguiente… Además, problemas personales y con los miembros del grupo complicaron más las cosas, de modo que el disco no podía resultar lo que se dice alegre. Para entonces ya lucía su cardado disparado y su rostro maquillado al estilo borrón.

Tras estos primeros discos The Cure ya era un grupo multitudinario y prestigioso. Sus siguientes álbumes mantenían un altísimo nivel y en todos había tres o cuatro temas para los anales. ‘The top’ propuso menos oscuridad y más psicodelia, destacando esa rareza titulada ‘The caterpillar’. El sexto álbum, ‘The head of the door’, parece haberse liberado de obligaciones, dejando que la imaginación les lleve; unos dicen que se dejaron demasiado y el disco salió facilón, otros que es de lo mejor de la banda; así hay delicatesen como la maravillosa ‘In between days’, ambientes exóticos como en ´Kioto song’, sorpresas como la guitarra de la ‘ibérica’ y poderosa ´The blood’ y clásicos como el ‘Close to me’.

Podría decirse que la época clásica de la banda abarca hasta la mitad de los ochenta, aunque desde entonces no han dejado de publicar canciones excelentes, como ‘Just like heaven’ o ‘Lovesong’, la preciosa ‘Lullaby’, la sugestiva delicia pop ‘Friday I´m in love’…, ¡y qué decir de esa rareza encantadora titulada ‘Lovecats’.

Sí, The Cure son una banda única, absolutamente diferente e inconfundible. Resulta difícil de entender cómo han pasado tantos años…, sobre todo al recuperar aquellas melodías que parecen haber sido publicadas la semana pasada.


CARLOS DEL RIEGO