miércoles, 5 de marzo de 2014

SUIZA: EL EGOISMO HECHO NACIÓN Hace unos días la población de Suiza aprobó en referéndum controlar y limitar la entrada de extranjeros. Es curioso, pero este país tiene buena prensa, se le pone como ejemplo en muchos aspectos, sin embargo, su armario está lleno de cadáveres

Así ven los suizos a sus vecinos.
Si Suiza fuera una persona podría calificársele como egoísta. Quiere (y así lo ha exigido la mayoría de su población) que dejen de entrar extranjeros en su país, que nadie venga a ocupar un espacio ‘suyo’; sin embargo, no quiere renunciar a los beneficios económicos que tiene con los países (extranjeros) de la Unión Europea a cuyos ciudadanos les quiere cerrar la puerta. Y ello a pesar de que Suiza no estaría donde está sin la emigración, sin los millones de europeos que han puesto la mano de obra a cambio de salarios escasos para beneficio de suizos, empresas y, sobre todo, bancos suizos. En otro tiempo acogió trabajadores extranjeros para mantener su sistema, pero mirándolos siempre con conmiseración, con aires de superioridad, llegando a veces a la xenofobia más vergonzante, como explica muy gráficamente un antiguo emigrante español que recordaba un cartel en un bar de una importante ciudad helvética, el cual decía “Prohibido perros y emigrantes”.

Además de egoísta, si Suiza fuera una persona podría decirse que se ha comportado casi siempre como un hipócrita. Para comprobarlo basta echar un vistazo a la historia reciente. Es de sobra conocido que durante la Segunda Guerra Mundial Suiza acogió a muchos de los que huían de los nazis (claro que, por otro lado, también les entregó muchos fugitivos para no entrar en conflicto con ellos), pero a la vez acogía con mucho mayor entusiasmo el dinero, las obras de arte, el oro que los nazis iban robando por los países ocupados, ya fuera de museos, bancos, gobiernos o particulares, normalmente tras liquidar a sus legítimos dueños. Ahí están algunas de las bases de la situación privilegiada de Suiza; ¿alguien cree que los banqueros suizos hicieron ascos a los tesoros que los jerarcas y potentados alemanes depositaban en sus cajas? Hace tiempo se dijo que, durante dos décadas, un porcentaje elevadísimo de los anillos de boda que lucían en sus manos los novios suizos procedían de las bocas de los judíos de los campos de exterminio… Seguro que los nazis los fundían y los transportaban (al sitio más cercano y seguro) como lingotes, pero ¿algún banquero suizo se preguntaría de dónde venía todo ese oro? Así, es fácil deducir cómo se financió el imparable progreso de Suiza. Del mismo modo, hoy Suiza sigue siendo el lugar donde todo el dinero sucio quiere residir, y del mismo modo, los bancos siguen sin ganas de hacer preguntas cuando alguien llega con unas maletas llenas de dinero para ingresar. 
     
Desde hace siglos la Confederación Helvética siempre ha evitado entrar en conflicto aunque los agresores proclamaran a los cuatro vientos su oposición a los Derechos Humanos más elementales. Muy pronto comprendió este país que era mucho más rentable permanecer neutral, pues así podrían aprovecharse de las necesidades de todos los contendientes. Ha transitado por los últimos siglos un tanto al margen del planeta, ajena a los problemas generales de la población mundial, procurando mantenerse en una tibieza cobarde equivalente al egoísmo que, sorprendentemente, ha pasado por pacifismo.

Resulta verdaderamente patética la postura arrogante de Suiza cuando deberían avergonzarse por haber sido los cajeros de los nazis. Y es repugnante el desprecio con que tratan a sus países vecinos, teniendo en cuenta el aporte de Suiza al progreso de la cultura, el arte, el pensamiento… en relación con esos países vecinos. Y es que, aparte de la Cruz Roja, Heidi y Guillermo Tell, el máximo exponente de Suiza es el cobarde, desnaturalizado, machista, cruel e hipócrita Rousseau. 
 

CARLOS DEL RIEGO