domingo, 30 de marzo de 2014

LA CULPA DE TODO LA TIENE YOKO ONO Hace unos días Yoko Ono volvía a la actualidad por haber cumplido más de ochenta y por haber presentado en Bilbao unas ‘performances’. Nadie duda de que, sin ser ‘la viuda de’, la ‘artista’ estaría hoy donde se merece: el anonimato. Además, la japonesa será siempre señalada por haber contribuido, de modo definitivo, a la separación de The Beatles


La 'artista' en plena performance
El verso de Def Con Dos estaba plenamente acertado. Yoko Ono fue una de las principales causas del fin del cuarteto de Liverpool. No la única, pero sí un detonante. Es sabido que Lennon la conoció en 1966 y que casi desde el primer momento de la relación fue un cuerpo extraño en entorno beatle. Ella ya era una artista conceptual (uf) y, señalan muchos de los que estaban allí entonces, lo que pretendió fue que John se encontrara a sí mismo (uf, uf) lejos de los Beatles. Es más, aseguran que tenía grandes planes para John en solitario; por eso es fácil imaginársela repitiendo machaconamente al oído de John: “tú eres mucho mejor que ellos, tienes que dejarlos atrás, desprenderte de ellos, están lastrando tu creatividad, debes irte”.

Ciertamente poco importa ya que Yoko metiera cizaña para que la banda se disolviera (además, seguro que entre ellos ya había roces importantes por las más diversas causas), pero sí que molesta que semejante mediocridad se haya convertido en una artista de prestigio mundial. Alguien señaló una vez que una mujer mediocre puede engatusar a un hombre inteligente y brillante, pero que ninguna mujer de talento podrá seducir jamás a un tonto; el primer caso se produjo con John y Yoko.
Ella siempre ha sido una mujer sin mérito, valía o talento, y así era desde que se dio a conocer al lado del beatle. A finales de 1969 hizo unas películas en las que mostraba su capacidad artística, filmes imposibles para cines comerciales que ofrecían escenas tan apasionantes y emocionantes como una en la que sólo se ve una imagen de un trasero durante casi una hora, inmóvil, sin más…, o repeticiones obsesivas a cámara lenta de besos entre ellos. En el álbum de 1972 ‘Some time in New York City’, Yoko demostró sus cualidades canoras y musicales, ya que su marido le dejó el micrófono en algunos temas; el gran Jordi Sierra i Fabra escribía entonces que el disco estaba muy bien “… excepto los cortes en los que la voz horrible, metálica e hiriente (tanto como poco armónica) de Yoko se presenta como solista”; y en el mismo disco habla de “una larguísima composición en la que únicamente Yoko repetía monocordemente Don´t worry Kyoto”. Asimismo se dice que el británico conoció a la japonesa cuando fue a ver una de sus ‘performances’ (la cosa era que cada visitante clavara una punta en un tablón, que se convertía así en ‘obra de arte variable’); ella no sabía quién era el melenudo, pero en cuanto se enteró pensó que su carrera daría un gran salto si se pegaba a aquel tipo de gafas, así que se puso a llamarle a su casa insistentemente, con el previsible enfado de la señora Lennon, Cynthia.

Una de las genialidades de la octogenaria (tiene 81, John tendría 73) consiste en romper un jarrón, entregar un trocito a cada espectador de la ‘performance’ y citar a todos para que, años después, se vuelvan a reunir para recomponer el jarrón… ¡Emocionante!, ¡puro arte! Lo curioso del caso es que este tipo de obras siempre se realizan con cargo al dinero público, es decir, nadie pone un euro de su bolsillo para costear o comprar ocurrencias semejantes. Tener al lado a la viuda del mito viste mucho.

Y hay que recordar, aunque poco importe, que la medianía Yoko Ono fue el elemento perturbador que condujo a la ruptura de The Beatles. No se sabe cómo, pero el caso es que lo absorbió y lo manipuló hasta que logró su propósito, acabar con el grupo que tanto tiempo y esfuerzo exigía a su marido, para el que tenía grandes planes. Cuando un cuerpo extraño penetra en un organismo termina por descomponerlo.
Una mujer vulgar y sin talento llevó por donde quiso a un hombre único y artista genial. Y décadas después sigue aprovechándose de ello.              

CARLOS DEL RIEGO