miércoles, 2 de abril de 2014

BOUDICA, BALDOMERA LARRA Y MALINCHE, TRES MUJERES QUE DEJARON HUELLA EN LA HISTORIA Los protagonistas de la Historia han sido mayoritariamente masculinos, sin embargo, algunas mujeres evidenciaron tal fuerza, aplomo, decisión y personalidad que ocupan un lugar destacado en los libros. Una acaudilló el mayor levantamiento contra los romanos en Britania, otra ‘inventó’ la estafa piramidal, y la tercera se convirtió en el brazo de derecho de Hernán Cortés


Baldomera Larra, inventora de la estafa piramidal.

Si uno se pone a investigar encontrará en los libros, crónicas o anales muchos nombres de mujer, muchos más de los que se suele pensar, aunque muchos menos de los que debiera encontrarse. Hace casi dos milenios una pelirroja puso de rodillas a las legiones romanas; quinientos años atrás una india centroamericana resultó decisiva en la conquista de América; y poco más de un siglo ha pasado desde que la hija de un célebre escritor organizara el primer timo bancario piramidal de que se tiene noticia.

Malinche entre Moctezuma y Cortés (Códice florentino)
Boudica era hija del rey de los icenos (celtas), en el este de la Britania del año 60 después de Cristo. Al morir su padre, los romanos rompieron todos los pactos y atacaron, quemaron, masacraron y se llevaron a los supervivientes como esclavos; Boudica fue azotada y violadas sus hijas en su presencia…, pero los romanos cometieron el error de dejarla con vida. Alta y fuerte, con voz profunda, mirada encendida y una larga melena roja, dotada de gran inteligencia y personalidad (así la describen los historiadores romanos), la imponente guerrera céltica consiguió que su pueblo y otros vecinos la eligieran su jefe de guerra. Resulta absolutamente insólito que los feroces y belicosos celtas se sometieran a la obediencia de una mujer, pero ¡habría que ver a aquella dama inglesa! El caso es que al frente de las hordas celtas, Boudica tomó una ciudad (arrasando y matando a todo bicho viviente) y derrotó a las tropas que iban a en su auxilio; luego se dirigió a Londinium (Londres), no dejando piedra sobre piedra ni habitante vivo. Después de otras hazañas de este tipo, los celtas aceptaron batalla en campo abierto, donde fueron derrotados por las legiones romanas, mucho más disciplinadas y organizadas. Escriben los historiadores que los legionarios estuvieron horas y horas persiguiendo, acuchillando, rematando. Boudica prefirió envenenarse. Cayó, pero consiguió avergonzar a más de un general, derrotado por una ‘mulier’ y entró tanto en la Historia como en la leyenda.  

Estatua de la reina Boudica, que humilló a las legiones romanas hace dos milenios.
Baldomera Larra era hija de Fígaro, el Pobrecito Hablador, Mariano José de Larra. Se casó con el médico de Amadeo de Saboya, pero al renunciar éste, él se largó también, a Cuba, dejándola con sus hijos y sin recursos. Pero la señora era de las que saben ingeniárselas. Un día pidió a una vecina prometiendo devolver el doble un mes después, y lo cumplió, de modo que empezó a correrse la voz de que Baldomera era capaz de multiplicar panes y peces. Al poco hubo de abrir oficina con empleados. Su estrategia era toda una innovación: la gente le llevaba sus ahorros (o sus fortunas, pues picaron muchos pudientes) y al mes siguiente entregaba un interés del 30%; lógicamente, ella no aportaba nada, sino que con lo que imponían los nuevos incautos pagaba a los primeros primos. La cosa crecía y crecía, y ella, ‘la madre de los pobres’, la propietaria de la Caja de Imposiciones, pagaba religiosamente, era amable con sus clientes y tan simpática que la gente hacía cola para entregar sus dineros; muchos retiraban sólo los intereses, pero muchos otros ‘reinvertían’ hasta esos réditos. Todos se hacían lenguas de esta “excelentísima señora”. A primeros de diciembre de 1876, Baldomera fue al teatro con unas amigas, y a su casa al terminar la función; recogió los beneficios (unos ocho o diez millones de pesetas), hizo la maleta, tomó el tren, y ¡adiós Madrid! Los primos fueron a exigir el reintegro y se encontraron con las cajas vacías. A partir de aquí las versiones discrepan; hay quien afirma que se fue a Suiza y luego, pensando que nadie se acordaría de ella, se instaló en Francia, donde fue reconocida y extraditada a España; otros que fue ella, motu proprio, la que, empujada por los remordimientos, se entregó. Fue condenada e ingresó en prisión, pero se puso enferma, de modo que los que la adoraron primero y luego echaron pestes de ella, clamaron ahora por su liberación. Apenas pasó unos meses entre rejas. Al salir se fue a Cuba o a Argentina y no volvió…, o simplemente se quedó en casa de su hermano desapareciendo de escena. Ponzi, Banesto, Fórum Filatélico o Bernard Madoff fueron algunos de sus alumnos aventajados. Pero ella fue la pionera. 

Malintzin era una india de la zona de Tabasco, cerca de la península de Yucatán. Hija de un reyezuelo, al morir éste su madre volvió a casarse, y en cuanto nació otro hijo, vendieron a la niña a unos indios de Xicalango, los cuales la vendieron a otros de Tabasco, quienes la ofrecieron como presente a Hernán Cortés junto a otras mujeres. Era “una muy excelente mujer (…) de buen parecer, entremetida y desenvuelta”, según apunta uno de los pocos autores que la conocieron personalmente, Bernal Díaz del Castillo. Malintzin fue conocida como Malina y, al bautizarse, Marina. Cortés vio pronto que se trataba de una mujer excepcional, inteligente y con fuerte personalidad; además, sabía dos idiomas, por lo que el conquistador la tuvo a su lado durante casi toda la conquista; ella hablaba náhuatl y maya tras haber sido esclava en varios lugares, y un español que había sido prisionero de los mayas sabía maya, por lo que Hernán Cortés tenía ya modo de comunicarse. Sin embargo, doña Marina (así se refiere a ella Bernal) aprendió castellano en muy poco tiempo, con lo que casi nunca se separaba del extremeño, tanto que incluso le dio un hijo, Martín Cortés, el primer hispanoamericano conocido. Fue la intérprete entre Moctezuma y Cortés y facilitó enormemente los intercambios y diplomacias, y gracias a sus dotes se evitaron muchos enfrentamientos. Murió antes de cumplir los 30, pero el vencedor del imperio azteca siempre tuvo palabras de elogio para ella: “Después de Dios debemos la conquista de Nueva España a doña Marina”. Hoy, ‘malinche’ es en México sinónimo de traidor o de amante de lo extranjero; sin embargo, hay que recordar que México no existía, lo que había allí eran múltiples pueblos siempre en guerra, o sea, para ella, tan extranjeros eran los mexicas como los españoles; por otro lado, había sido repudiada por sus padres, vendida como esclava y utilizada como tal hasta que llegó a Cortés, que fue el único que la trató como ser humano y que ella vio como liberador. Así, ¿a quién debía más fidelidad Malintzin?

Sea como sea, ¡qué tías!


CARLOS DEL RIEGO