miércoles, 9 de abril de 2014

PRESSING CATCH, UN MENTIRIJILLA CONSENTIDA Está en todos los periódicos: ha muerto James Hellwig, una gran estrella del ‘pressing catch’, del ‘wrestling’, de la lucha libre americana. En Europa no despierta grandes pasiones, pero en USA es una función, una farsa, un espectáculo (no un deporte) de masas


Hellwig, llamado 'El último guerrero', era una auténtica montaña
 de esteroides anabolizates.j
Por la vieja Europa no era tan conocido, pues esta actividad no tiene tanto tirón, pero en USA era una auténtica estrella. El ‘luchador’ James Hellwig acaba de morir de un ataque al corazón. La noticia trae a la actualidad este falso deporte que, sorprendentemente, llena en Estados Unidos cualquier recinto por grande que sea. Se trata de lo que allí se llama ‘wrestling’ y aquí lucha libre americana e incluso `pressing catch’.    

Resulta increíble que tanta gente acuda a contemplar esta especie de farsa, colorida y espectacular, pero farsa; incluso si quienes van a verlo saben que la cosa no es de verdad, la cosa no deja de ser farsa. Si un espectador objetivo se sienta a ver un ‘combate’ de esta disciplina pondrá caras de extrañeza para, finalmente, esbozar sonrisa de incredulidad y sorpresa ante tan trolero espectáculo. En realidad todos los movimientos que llevan a cabo los ‘luchadores’ son pura coreografía, es más, muchas veces el que es zarandeado pone de su parte para que la voltereta sea más espectacular; por otro lado, cuando parece que se dan golpes, no hay que fijarse mucho para asegurarse de que no son tales, sólo son imitaciones de puñetazos y patadas, puesto que apenas rozan al rival, haciendo que suene  la cosa dando una sonora patada al suelo a la vez que simulan el puñetazo. Y así sucesivamente con todas las llaves, mañas, inmovilizaciones y trucos. La prueba, además de la ocular, está en el rostro de los protagonistas, que jamás presenta huellas de los tortazos; se puede comparar cómo acaban un combate los boxeadores y cómo lo hacen los del ‘pressing catch’, aquellos con ojos, pómulos y rostros hinchados, marcados, amoratados y sangrantes, éstos tal y como entraron en el ring, sin una sola mácula en sus jetas.

Lo que resulta más increíble aún es que hay gente que se cree que se trata de una pelea verdadera, que es como el boxeo, deporte en el que se atizan de verdad, o como la lucha greco-romana, en la que los agarres y las llaves inmovilizan de verdad. El caso es que el público del ‘wrestling’ anima, vocea, responde a las provocaciones, abuchea y decide cuál es su favorito, cuál es el bueno y cuál el malo. Por su parte, los actores de la función, repletos de esteroides anabolizantes, llevan a cabo poses descaradas, realizan ostentosos desplantes, simulan actitudes amenazantes… Visto desde cierta distancia el show llega a provocar vergüenza ajena, puesto que la escena recuerda a aquellos guiñoles  infantiles que se instalaban en calles y parques para solaz de ingenuos y  asombrados niños (antes de Internet claro, pues con la red a su alcance ya casi no hay nada que asombre a los chavales); uno de los gags imprescindibles en todo teatrillo de marionetas consistía en que uno de los personajes, el malo, aparecía siempre por detrás y garrote en mano, provocando el griterío de los infantes que trataban de avisar al bueno; en otras escenas, éste preguntaba “¿dónde está el lobo?”, y todos los niños respondían “se fue por allí”. Todo esto y similares pantomimas se reproducen en los ‘combates’ de ‘pressing’, en los que los ‘enemigos’ se encaran con la audiencia para regocijo del respetable, y dan la espalda al ‘rival’ que, claro, se levanta y ataca a traición por más que grite el público avisando de la artera maniobra. Sea como sea, resulta tan evidente que no existe verdadera pelea que sorprende el hecho de que haya quien se trague a pies juntillas la realidad de las mañas y los golpes; sin embargo así es, gran parte de la concurrencia está convencida de que hay auténtica contienda, y por eso anima y se desgañita, abuchea e insulta desaforadamente, convencida de que el resultado lo deciden las artes luchísticas de los supuestos púgiles que suben al cuadrilátero.

De manera risoria también se suman a la función los ‘árbitros’, los cuales invariablemente tienen aspecto de ‘pringadillos’ que no se enteran; siempre están de espaldas cuando uno hace alguna marrullería, jamás intervienen, amonestan o descalifican aunque se usen ‘armas’ o se siga la ‘lucha’ entre el público; son figuras decorativas. E igualmente los comentaristas de televisión: en una cadena deportiva con nombre muy europeo se retransmitía una de estas falsas peleas cuando el locutor se dejó decir “le ha hecho polvo el pedúnculo del flóculo”…, y ello sin que se le escapara la risa ni le diera un poquito de vergüenza. Será que hay tomárselo así.

Finalmente hay que dejar claro que esto no es un deporte, algo que los propios dirigentes y practicantes no ocultan: en el siglo pasado unos agentes antidopaje se presentaron poco antes del inicio de uno de estos sainetes con intención de hacer los preceptivos análisis, sin embargo, los inofensivos gladiadores y los que viven a su alrededor se negaron a colaborar aduciendo que el ‘wrestling’ no es deporte sino espectáculo, y por tanto no hay lugar para vigilar a los practicantes. Como es evidente, los imitadores presentan un aspecto que no deja dudas: sus corpachones están moldeados a base de esteroides anabolizantes.

Si se disfruta con las artes escénicas ligeras, con el vodevil, con las coreografías de estos púgiles de opereta, bien está, aunque para ver teatro con ínfulas de realidad, ahí está la política.


CARLOS DEL RIEGO