miércoles, 26 de febrero de 2014

EL PELIGRO DE CEDER ANTE LOS ASESINOS Resulta verdaderamente increíble la pantomima montada hace unos días (II-2014) bajo la dirección escénica de los terroristas de la banda Eta, con ellos mismos en papel de protagonistas y con los observadores internacionales como comparsas necesarios.


Los asesinos y los tontos serviles están más cerca de lo que parece.
Esto ha sido una demostración más del desconocimiento que más allá de los Pirineos se tiene sobre la jauría de pistoleros; pero también de que siempre hay quien está dispuesto a bajarse los pantalones de modo servil ante los violentos, que por más que sorprenda siempre cuentan con el apoyo de otros tan fanáticos como ellos.

La escena es para verla y no creerla. Los mafiosos, encapuchados, pusieron sobre la mesa una mínima muestra de su armamento e hicieron ver que lo entregaban por voluntad propia, o sea, sin asumir la derrota; por su parte, los mirones (pues no otra cosa hicieron) admiten el juego de los verdugos ahora metidos a perdonavidas y así dan a entender que, con ellos allí, está garantizada la legitimidad…, cuando lo que están haciendo es colocarse a la misma altura que los enmascarados, se han mostrado sumisos ante los sicarios, han cedido a sus exigencias, han admitido sus reglas y seguido al pie de la letra el guión escrito tras la máscara. Los criminales darían orden de empezar a grabar e indicarían a los tontos lameculos, a los mequetrefes internacionales, cuándo deberían entrar en escena…, y éstos asentirían de modo untuoso y servicial. A nadie extrañaría que, acabada la farsa, se despidieran con un apretón de manos.

Es de locos aceptar las condiciones de una banda mafiosa y asesina, pero menos aún cuando está derrotada, desarticulada, descabezada, aunque sus integrantes aun no lo sepan o no quieran admitirlo. Si de verdad existiera intención sincera de cambio, de terminar con tan siniestra organización (cuyos ‘logros’ sólo se miden por litros de sangre), no entregarían cuatro pistolas y un par de kilos de explosivos, sino que desvelarían la ubicación de todos sus arsenales, se entregarían ellos mismos y reconocerían ante sus víctimas el daño causado, e incluso contestarían a todas las cuestiones sin resolver en la rastrera historia de la manada de hienas. Lo malo es que no están dispuestos a aceptar la derrota, y por eso se creen aun fuertes para imponer condiciones y por eso van a continuar exigiendo, tanto como si hubieran logrado vencer al gobierno del estado, a la ciudadanía, a la sociedad. Los integrantes de esta auténtica secta creen estar legitimados, piensan que han adquirido derechos por haber mostrado capacidad de matar, y por tanto exigen negociación, tira y afloja, concesiones a cambio de perdonar vidas. Pero lo peor es que esos mamarrachos que se hacen llamar verificadores están de acuerdo con los miserables abyectos en exigir concesiones a cambio. ¡Se ponen de su parte! ¡Y seguro que se sienten salvadores!

Estos auténticos facciosos, en su demencia fanática, piden, pero los gobiernos legítimos no pueden ceder, no deben aflojarse el cinto y claudicar, pues si así hicieran estarían enviando un mensaje de obediencia y sometimiento a todas las pandillas criminales, a todos los delincuentes; si quienes tienen la legalidad democrática como respaldo conceden algo, los nazis habrán ganado y así se sentirán.
No hay que olvidar que, en 1938, los ministros francés e inglés, Daladier y Chamberlain, firmaron en Munich unos acuerdos con Hitler y Mussolini y volvieron a sus países diciendo que el führer y el duce eran personas razonables. O sea, optaron por bajarse los pantalones, ceder ante la violencia. Unos meses después…

¿Cuánto tardarán los del verdugo en anunciar otro montaje, otro espectáculo siniestro?   


CARLOS DEL RIEGO

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