domingo, 16 de junio de 2013

LA PODEROSA EMOCIÓN DEL ‘AIR GUITAR’ Es algo a lo que no hay seguidor del rock que se resista: tocar una imaginaria guitarra como si estuviera en el escenario junto a las grandes leyendas. Es el ‘air guitar’, que muchas veces transporta al practicante al nirvana del heavy, pues la cosa funciona sólo con el metal en cualquiera de sus múltiples aleaciones

El 'air guitar' se vive más intensamente en soledad
Todo aquel que alguna vez haya sentido el veneno del rock corriendo por sus venas ha tocado el ‘air guitar’. Seguro que hay quien dirige orquestas sinfónicas imaginarias, pero bien puede asegurarse que creerse una estrella que está en medio de un escenario multicolor y ante miles de espectadores es algo privativo de este género musical, es decir, la cosa sólo funciona con heavy, metal, punk y sonidos gruesos en general.

Es una sensación absolutamente única, fácil de poner en práctica y muy satisfactoria; eso sí, preferiblemente en soledad. La cosa suele ser así: uno está en la habitación de la música (esto se ha perdido con las posibilidades de los nuevos utensilios electrónicos) y coloca en el reproductor el disco tal y la canción cual; puede seguir la letra sosteniendo la portada o iniciar directamente la ‘actuación’; sujetando el mástil de la guitarra invisible y punteando con la otra mano, la estrella solitaria rasguea a la vez que canta, se detiene, corta, salta, arranca y vuelve otra vez a acercarse al micrófono, todo ello siguiendo a la perfección la letra y la música de esa canción que se sabe de memoria y que puede ‘interpretar’ de principio a fin. Esto es ‘air guitar’, imitar todo lo perfectamente que se pueda al cantante y guitarrista de un grupo concreto durante una interpretación; la cosa incluye riffs, solos, gritos, inflexiones de voz… Es tal el caudal de emoción que se siente que cuando el ‘artista’ es interrumpido parece salir de un trance, como si hubiera sido despertado bruscamente; eso sí, tarde o temprano todos los que han hecho ‘air guitar’ se ha visto sorprendidos, experimentando una sensación violenta e incluso irritante.


Pero lo mejor es tocar varios instrumentos; por ejemplo, se empieza con el redoble de batería con que entra la pieza y se pasa inmediatamente a seguir el ritmo (cruzando los brazos, mano derecha al plato e izquierda a la caja), y a su debido momento se toma la guitarra, recreando acordes y rasgueos para dar dos pasos y colocar la boca ante el inmaterial micrófono; la cosa va cogiendo temperatura cuando llega el solo de guitarra, que en un momento dado se cambia por dos cortes de batería y unos arreglos de órgano; a todo esto no faltan los saltos con piernas abiertas, las hincadas de rodillas, las patadas al aire o el ‘paso del pato’ que inventó un tal Chuck Berry. Para entonces el sujeto está como embrujado, henchido de adrenalina, como a punto de reventar desde dentro, ajeno a toda realidad e inmerso en una fantasía sumamente placentera; es una sensación única, un sentimiento muy fuerte, una poderosísima emoción que puede conducir a una especie de trance. Es entonces cuando la esencia del rock penetra más profundamente y cuando se entiende por qué se ama esta música.

Muchos de los pioneros descubrieron el ‘air guitar’ por sí mismos, de modo intuitivo, espontáneo, sin pensar y sin saber muy bien por qué lo hacían, y por eso se detenían instantáneamente cuando alguien los miraba; otros, sin embargo, probaron a imitar a los imitadores y se encontraron con algo muy divertido.  Tanto que hace alrededor de treinta años se organizaron las primeras competiciones de ‘air guitar’, en plan cómico, a modo de broma, pero con el paso del tiempo la cosa se ha puesto más seria e incluso existe un campeonato del mundo en el que participan ‘guitarristas’ de docenas de países.
                             

Es imposible precisar quién hizo ‘air guitar’ por primera vez, pero sí se admite como más antigua interpretación registrada la de Joe Cocker durante su actuación en el Festival de Woodstock en 1969; como es sabido, Cocker sólo canta, de modo que al empezar su interpretación del ‘With a Little help from my frtiends’ de Beatles sus dedos empezaron a moverse como si tocara el teclado, e inmediatamente la imaginaria guitarra; se antoja que aquellos gestos no fueron premeditados sino absolutamente instintivos, inconscientes, naturales…, y ciertamente, al verlo, dan ganas de, al menos, hacerle los coros. Desde entonces, la ‘técnica’ se ha perfeccionado, pero la energía sigue siendo la misma. Y no hay iniciado en el rock que no haya tocado su ‘air guitar’.

CARLOS DEL RIEGO