martes, 23 de abril de 2013

ENVIDIOSOS, CELOSOS, RESENTIDOS El éxito ajeno provoca a veces en ciertas personas sentimientos de malestar, molestia por los logros de otro. Y da igual que el triunfador sea un perfecto desconocido o que se le tenga diariamente al lado: el envidioso no soporta que otro obtenga reconocimiento.

Los envidiosos sufren con el éxito del otro

Más de una vez se ha dicho o escrito que la envidia es uno de los deportes nacionales, pero realmente se puede asegurar sin temor a error que esta especie es común en todas las sociedades y en todas las latitudes, o sea, no es exclusiva de aquí o de allí. Las respuestas del envidioso suelen ser muy parecidas en todas partes, pues esa forma retorcida de digerir el bien del otro es internacional. Así, cuando alguien lleva a cabo un trabajo meritorio que finalmente resulta distinguido con un premio, los mediocres y mezquinos que están a su alrededor (casi siempre poniendo una hipócrita buena cara) no sólo no se alegran, sino que lo sienten como el que recibe una ofensa; y para ello no es necesario que existan rencillas personales previas. Generalmente esa pelusa verdosa nace y crece cuando el mediocre comprueba día a día cómo el de al lado va progresando en su obra, pues él se siente incapaz de poner en marcha cualquier proyecto, sabe de su propia mediocridad y escasez de espíritu, sabe que su pereza se impondrá a cualquier iniciativa y, por tanto, no soporta que otro sí sea capaz, no acepta que quien está a su lado tenga decisión, preparación, ganas, ilusión; y si al final llegan el aplauso y la victoria, la inquina se agiganta y se asienta definitiva e incondicionalmente en el fondo del alma del rastrero, que tratará de menospreciar siempre que pueda el esfuerzo y los frutos que éste proporciona. Pero asombrosamente, el que alcanza sus objetivos aun puede despertar más envidia si luego comparte su suerte con los compañeros, pues el celoso del éxito ajeno entiende la generosidad del triunfador como una burla, como un gesto de altanería y menosprecio: “míralo, viene aquí a restregarnos el premio, a hacerse el chulo y a mirarnos por encima del hombro”, suele maldecir entre dientes el que se alimenta de rencor. 

Envidiosos que tuercen el gesto cuando escuchan elogios para el que ha demostrado mérito hay en todos los ámbitos, y para reconocerlos no hay más que escuchar cómo restan valor a lo que hacen los demás a pesar de que ellos jamás emprenden nada, o cómo se alegran cuando le vienen mal dadas al objeto de sus rencores. “Bah, eso lo hace cualquiera, seguro que ha plagiado casi todo, ¡cómo serían los otros participantes!…” son algunas de las ocurrencias del innoble cuando un compañero logra recompensa tras haberse esforzado para hacer algo más que su estricta obligación; igual que “ya se lo dije, eso que estás haciendo no vale nada, no sé para qué te esfuerzas” y “me alegro que no saliera ganador porque lo que quiere es sobresalir, destacar y hacernos de menos a los demás” en caso de que no haya conseguido su objetivo.

Asimismo también se da ese sucio sentimiento hacia el triunfador incluso cuando no se le conoce ni de lejos, es decir, se produce animadversión y ojeriza a pesar de no tener relación con el envidiado y, por tanto, no existe la menor posibilidad de ofensa personal. Militan en ese ejército verde quienes insultan, desprecian, subestiman a personajes célebres que jamás han levantado la voz contra nadie. En este capítulo entran las fobias irracionales hacia aquellos a quienes la vida sonríe, haciéndose muy patente en deportistas, sobre todo en el fútbol (donde abunda el fanatismo más absurdo) pero no sólo; por ejemplo, en muchos foros de la red se vierte bilis contra los que alzan trofeos, como Nadal, Fernando Alonso, Gasol, Casillas, del Bosque…, haciendo de menos sus victorias, proclamando que son inmerecidas, defendiendo que otros (los perdedores) lo han hecho mejor y, por tanto, si aquellos han vencido se debe a los jueces, a las trampas…, y son capaces de mantener esta postura ante todos los triunfos por muchos que sean y por mucho que se extiendan en el tiempo.   

La tirria hacia el que sobresale gracias a su esfuerzo y capacidad (o sea, a sus méritos) surge porque el sujeto es así, de modo que puede enfocar sus deseos perversos hacia quien está más cerca o hacia el inalcanzable. ¡Qué razón tiene el refrán que asegura que si los envidiosos volaran muchos no tocarían tierra!, igual que ese pensamiento de Napoleón que dice que “la envidia es una declaración de inferioridad”.

CARLOS DEL RIEGO