El genial y malogrado Hank Williams. |
Lo realmente difícil y meritorio de una canción es
precisamente crearla, componer la música y escribir la letra; interpretarla
está al alcance de casi todos..., más o menos, ya que desafinando como un perro
o entonando como un tenor todo el mundo puede cantar. Sin embargo, raro es el
grupo o solista que no incluye alguna que otra adaptacioncilla en su
repertorio. Desde que todo comenzó alrededor del reloj los que han tenido
talento han ideado melodías y versos para que todo el mundo las cantara bajo la
ducha o en el coche; pero también ha habido artistas que vieron otras
posibilidades en las creaciones de aquellos, modificando aquí, arreglando allá,
cambiando este ritmo o introduciendo nuevos instrumentos, convirtiendo aquella
pieza en algo casi nuevo. La mayor parte de las veces el original supera toda
reinterpretación, pero hay algunas (escasas) ocasiones en que la nueva visión
adquiere personalidad propia y se sitúa casi (casi) a la misma altura que el
modelo; y también se produce el caso raro en que un tema pasa desapercibido en
la voz de su creador hasta que otro le da un vuelco y la convierte en éxito;
entonces es el que ‘vampiriza’ el que se lleva los honores, e incluso el gran
público le llega a atribuir hasta los méritos de la composición.
La lista de grandes versiones es verdaderamente extensa, y
todo buen aficionado tiene un rinconcito en su ventrículo musical donde guarda
sus preferidas. Aquí van algunas.
Uno de los grandes éxitos de la historia del rock es el tema
‘Jet airlainer’, todo un emblema con el que Steve Miller Band vendió millones
de discos y que se sigue escuchando actualmente por todas partes. Sin embargo
pocos de los que la disfrutan a diario saben que la canción la escribió un
olvidado pero genial músico llamado Paul Pena. La trayectoria vital de este
hombre haría una excelente película con el binomio talento-mala suerte como
hilo conductor. Con orígenes en Cabo Verde, Pena nació (en Boston en 1950) con
glaucoma congénito, lo que le fue dejando progresivamente ciego hasta perder
totalmente la vista a los 20 años. Antes su padre y su abuelo lo habían llevado
a Cabo Verde, donde rápidamente asimiló los ritmos tradicionales, y luego
estuvieron una temporada en Portugal y en España, donde el joven Paul descubrió
y estudió el flamenco hasta convertirse en un virtuoso guitarrista. De nuevo en
USA compartió escenario con algunos de los grandes nombres del rock americano
de los sesenta y primeros setenta. Grabó un par de discos (más otro en 2000) y
dejó, sobre todo, una de las piezas imperecederas en la historia del rock, ‘Jet
airliner’, que apareció en su extraordinario segundo disco, ‘New train’,
grabado en 1973 pero editado en 2000.
La canción la tomó Steve Miller para su
grupo y, en 1977, la hizo un éxito imperecedero; Miller demostró una gran
integridad al no dejar de pagar los correspondientes derechos de autor a Pena,
que así vivió desahogadamente hasta su muerte. Ésta se produjo en 2005, pero lo
cierto es que pudo llegar mucho antes, pues la lista de sus desgracias y
enfermedades parece no tener fin: además de ciego era diabético y padecía
cáncer de páncreas que, a pesar de los tratamientos, derivó en pancreatitis
(inflamación del páncreas, algo gravísimo)…, y por si fuera poco, en 1997 se
incendió la habitación donde dormía, inhalando tal cantidad de gases tóxicos
que estuvo cuatro días en coma. Paul Pena, en fin, tenía una sensibilidad
asombrosa, era creativo, lúcido, inspirado y tenía un oído musical (afirman
quienes lo conocieron) que dejaba pasmado. La canción habla de aviones (claro),
pero también de los ojos y las lágrimas, y de que antes de llegar al cielo hay
que pasar por el infierno…
Otro caso en el que el talento viene asociado a la mala
fortuna es el del genial Hank Williams. Considerado como uno de los mejores
autores de country, Williams influyó a pesar de su corta carrera en cantantes y
compositores de múltiples géneros, incluyendo el rock & roll. Desde niño
quiso ser músico, y siendo chaval se plantaba ante las puertas de una emisora
de radio cantando y tocando la guitarra, hasta que los dueños de la emisora le
invitaron a entrar y actuar; su talento hizo el resto. Grabó casi 500 canciones
y utilizó varios seudónimos (por ejemplo Ramblin´ Man, como la canción de los
Allman Brothers). Nació con espina bífida oculta, lo que le causo dolores toda
su vida; además, en 1951 sufrió una caída que le incrementó el dolor hasta un
punto que, desgraciadamente, lo convirtió en morfinómano. Los excesos le
provocaron problemas cardiacos que le llevaron a la muerte con sólo 29 años; al
parecer, Williams (muy enfermo, drogado y, seguro, muy bebido) viajaba en el
asiento de atrás de su Cadillac en la noche del 1 de enero del 53, el conductor
le dijo que iba a parar a cenar algo, pero Hank dijo que él no bajaría del
coche…, y esas fueron sus últimas palabras, pues cuando el chófer volvió siguió
conduciendo creyendo que el músico dormía, hasta que paró a echar gasolina y se
dio cuenta de que el autor de ‘Jambalaya’ estaba muerto; afirman los testigos
que cuando la policía revisó el coche encontró muchas latas de cerveza e
infinidad de papeles con letras de canciones. Entre las innumerables piezas de
mérito que concibió está la mencionada ‘Jambalaya’, todo un canto a la
diversión en los pantanos de Louisiana (incluyendo el pastel de cangrejo). Es
un tema dinámico, pegadizo, originalísimo, inconfundible a pesar de las casi
infinitas versiones que ha conocido, entras las que hay que señalar la de
Carpenters, cristalina, delicada, ligera, deliciosa, o la de John (Creedence)
Fogerty, mucho más enérgica y rasposa, más sucia y pantanosa pero tan
irresistible como la original o la que cantó la malograda Karen Carpenter.
Otro caso curioso es el del gran éxito de los españoles Los
Diablos, que en 1970 sacaron ‘Un rayo de sol’, tema que es reconocido por todo
el que tenga cierta edad y por muchísimos nacidos después. Sin embargo muy
pocos saben que no se trata de una pieza original, sino que es una adaptación
de un tema titulado ‘Fernando’, cuyos autores eran dos hermanos portugueses que
vivían en Bélgica y que lideraban el desconocidísimo grupo de northern soul y
blues Jess & James. Éstos, a pesar de haber firmado piezas de auténtico
mérito, nunca gozaron de éxito, mientras que el rayo en cuestión fue el
trampolín de Los Diablos.
Las canciones que perduran, las que traspasan las fronteras
de su época tienen un algo especial, y sus autores, sean o no reconocidos y
apreciados, siempre tendrán su sitio; y volverán a la vida cada vez que
alguien, en algún lugar, entone, tararee, cante, silbe o toque aquello que un
día crearon.
CARLOS DEL RIEGO
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