martes, 10 de julio de 2012

DISCOS QUE MERECE LA PENA RECORDAR: ‘IN THE COURT OF THE CRIMSON KING’ Todavía en la década de los sesenta del siglo pasado, una banda atípica, King Crimson, publicaba un álbum diferente desde todos los puntos de vista, un disco que aun hoy sorprende y desconcierta a quien se le acerca


A finales de los años sesenta la música pop tenía unos pocos grupos estrella que marcaban el camino a la gran mayoría. Sin embargo, había ya quien no se conformaba y se atrevía a adentrarse por terrenos inexplorados buscando caminos diferentes, como los primeros Pink Floyd, The Move o King Crimson. Lógicamente, en esa exploración el error abundó tanto como el acierto. Y entre los grupos que acertaron a la hora de ofrecer material absolutamente nuevo dentro del ya incontenible universo pop está el Rey Carmesí, King Crimson, con su inclasificable primer álbum, ‘In the court of the Crimson King’, publicado a finales de 1969.

Es un disco que choca desde la portada, con ese rostro en hipnótico primer plano, y otra cara entre sonriente y triste en el interior; el autor era un programador informático, Barry Godber, que murió de un infarto a los 24 años y no vio el disco publicado; esta es su única obra plástica. El disco tiene cinco temas y un ambiente absolutamente imprevisible.



Se abre con ‘21st Century Schizoid Man’, una canción agresiva, retorcida y complicada, con una voz distorsionada (de Greg Lake, luego en Emerson, Lake & Palmer) y una poderosa guitarra acompañándola. Arreglos y sonoridades absolutamente nuevas, texturas pioneras y solos crispados proporcionan una ambientación que inquieta y seduce. Se dice que es uno de los primeros discos de rock progresivo, aunque en este tema hay un pasaje instrumental muy jazzístico, mientras las partes cantadas tienden más hacia un incipiente hard-rock con ritmo obsesivo. Una letra que resulta indescifrable (eso sí, merece la pena recordar el verso “la pira funeraria de los políticos”), muy barroca y con difícil sentido, termina de completar una canción excelente pero desconcertante y que no tiene parecido a prácticamente nada.

Sigue una atmósfera totalmente opuesta, una deliciosa melodía titulada ‘I talk to the wind’, con arreglos suaves y delicados y la voz de Lake, más melodiosa que nunca, ideal en un ritmo lento como este. También tiene este corte una parte instrumental de claros matices jazz en los que los músicos (con el líder Robert Fripp a la cabeza) muestran de qué son capaces. Pieza ideal si se busca total serenidad.

El título que cierra la primera cara es ‘Epitaph’, otro tiempo lento con comienzo en plan apoteósico y decoración tirando a clásica con la guitarra marcando la melodía. Ésta, nuevamente con un Lake de seda, resulta irresistible, muy dramática y cargada de pasión. No falta el cambio de ritmo que da paso al momento instrumental, que vuelve a escorarse hacia tonalidades clásicas. Y nuevamente la entrada de la melodía principal y la voz solista, enmarcadas en un cuadro sumamente emotivo. La letra (de Peter Sinfield, como en el resto del disco) es también muy enigmática, pero bastante menos que las anteriores; así los versos “el conocimiento es un amigo mortal cuando nadie escribe las reglas” o el angustioso, atinado y resignado “veo que el destino de la humanidad está en manos de los tontos”.

El tema que abre la cara b, ‘Moonchild’, es tremendamente experimental, tanto que a veces puede dar la impresión de acercarse mucho al jazz improvisado; dura algo más de 12 minutos y sólo se puede entender en el contexto del disco. La letra vuelve a ser totalmente enigmática.
Finalmente, ‘In the court of the Crimson King’, tal vez la pieza que más repercusión tuvo del disco (que no es que fuera mucha). Un instrumento que empezaban a utilizar los grupos más arriesgados, el mellotron, cobra varias veces papel protagonista, proporcionando uno halo de exclusividad y distinción. La canción es un medio tiempo con momentos arrebatados que luce gracias, sobre todo, a otra inspirada melodía que parece brillar más gracias a la voz de Greg Lake. Por supuesto, también hay un importante fragmento instrumental que vuelve a presentar recursos clásicos y del jazz. Pero lo más impactante es la entrada de lo que se puede llamar estribillo, aunque en este disco las estructuras clásicas de la canción pop o rock, con estrofa-estribillo, puente instrumental, estrofa-estribillo..., parecen desvanecerse, ser innecesarias. La letra sigue siendo desconcertante, ahora onírica, surrealista, con frases como “el guardián de las llaves de la ciudad pone cerrojos a los sueños”.
Este fue el primer disco de King Crimson, un grupo que sigue funcionando hoy tras diversas desapariciones y regresos. Entre su discografía también pueden destacarse su segunda entrega, ‘In the wake of Posedon’ y, a pesar de que no tubo buenas críticas, ‘Islands’ (1971), que contiene delicias como ‘Formentera lady’, ‘Ladys of the road’ o ‘The letters’.      
En definitiva, este primer disco de King Crimson es de obligada audición para todo el que tenga interés por el pop y el rock, y más concretamente por lo que se sale de todos los modelos y se inventa uno particular en el que no falta el talento.
  
CARLOS DEL RIEGO