miércoles, 3 de enero de 2018

EL REVERSO TENEBROSO DE LA MEMORIA HISTÓRICA El defensor del pueblo ha amenazado al alcalde de un pueblo de Madrid: o cambia el nombre de la calle José Antonio o dicha población perderá subvenciones y ayudas públicas. Es la materialización de una obsesión sectaria y pueril

Seguro que José Antonio no se merece una calle, pero tampoco Carrillo, Largo Caballero o Indalecio Prieto (en la imagen)

Al comprobar el enérgico comunicado del susodicho defensor del pueblo lo primero que se adivina es que no hay nada que le preocupe más, que no hay ciudadanos apremiados por verdaderos problemas, que no recibe quejas de contribuyentes atropellados por empresas e instituciones y que, en fin, cuando logre su objetivo todo el mundo olvidará sus verdaderas preocupaciones. Dejando a un lado cuál debe ser el cometido de este bien remunerado cargo, la obsesión por los nombres de las calles parece algo así como un impulso infantiloide y, sobre todo, malicioso, descompensado e injusto: no parece coherente retirar calles a personajes sin las manos manchadas de sangre y que poco tuvieron que ver con el levantamiento franquista, a la vez que se mantienen las de otros que mataron, robaron, amenazaron o renegaron de la democracia. Hay casos verdaderamente sangrantes, algo así como una especie de ‘reverso tenebroso’ de una más que sectaria memoria que recuerda con alabanzas a personajes de pensamiento totalitario, que ensalza a quienes aborrecieron la democracia, que distingue a profesionales del odio e incluso a auténticos asesinos.  

Incomprensiblemente, Francisco Largo Caballero, ‘el Lenin español’, tiene calles a su nombre y estatuas conmemorativas a pesar de su odio sectario, su continuo llamamiento a la violencia y su desprecio de la democracia. Sus propias palabras: “En las elecciones de abril del 31 los socialistas renunciaron a vengarse de sus enemigos y respetaron sus vidas y haciendas; que no esperen esa generosidad en nuestro próximo triunfo”; en enero de 1933: “si la legalidad no nos sirve, daremos de lado a la democracia burguesa e iremos a la conquista del poder”; en el verano de 1934: “no creemos en la democracia como valor absoluto, y tampoco creemos en la libertad”; en enero del 36 dijo en Alicante: “si triunfan las derechas tendremos una guerra civil, que no digan que decimos las cosas por decirlas”.

También hay calles y recuerdos que veneran a Indalecio Prieto. Y ello a pesar de que traicionó a la República (para lo que incluso se alió con un monárquico) en 1934, robó el tesoro que transportaba el barco ‘Vita’ y, probablemente, estuvo detrás del asesinato de Calvo Sotelo (el diputado al que acusan de franquista a pesar de haber muerto antes de la llegada del franquismo). Además, todos los testimonios lo describen como un tipo zafio y grosero al que otros socialistas esquivaban cuando contaba sus soeces chistes y de los que él sólo se reía, como cuando echó por las narices la horchata que estaba bebiendo al no poder contener la carcajada.

Nadie capaz de reconocer la evidencia pondrá en duda la culpabilidad de Santiago Carrillo en los fusilamientos masivos (incluyendo unos 250 menores) de Paracuellos del Jarama en 1936. El caso es que si unos descontrolados sacan de la cárcel a dos o tres presos y los fusilan, la cosa podría pasar desapercibida, pero si las ‘sacas’ son día sí y día también y en cada una se da el paseo a cincuenta, a cien, a doscientos…, resulta difícil creer que el máximo responsable de orden público estuviera en el limbo y sin enterarse de algo que sabían miles de personas. Pues Carrillo, que tiene muchos más muertos a sus espaldas que Calvo Sotelo, es recordado y homenajeado.

Lucen placas callejeras con su nombre y recibe de vez en cuando reconocimientos y aniversarios Buenaventura Durruti; hombre de armas y siempre dispuesto a la acción violenta, pistolero, atracador e involucrado en asesinatos y represiones, no parece alguien a quien deba recordarse como un ejemplo a seguir. Dolores Ibárruri, Pasionaria, también goza de muy buena prensa entre los defensores de la ‘memoria histórica’ a pesar de su amenaza: “Este hombre ha hablado por última vez”, dijo en el parlamento horas antes de que un compañero del Congreso fuera secuestrado y asesinado, según testimonio procedente de Josep Tarradellas, testigo presencial. Rafael Alberti siempre animó a la violencia; escribió fanáticas loas a Stalin y formó parte de un ‘Comité de Depuración’ para publicar en ‘El Mono Azul’ la lista de los que, según él, habían de ser ‘depurados’. Todos ellos son distinguidos y honrados como grandes defensores de la democracia y la libertad (¿).

Las brigadas internacionales, organizadas por el Komintern (la Internacional Comunista, dirigida por el Kremlin) y con elementos como ‘el carnicero de Albacete’, André Marty, que fusiló tanto a enemigos como a brigadistas que no combatían con el suficiente ardor (y eso que él casi nunca estuvo en primera línea), ¿vinieron a España a luchar en defensa de la democracia y la libertad?, ¿como las que había en Rusia?; en realidad su intención era la misma que la de la División Azul en el frente ruso (el capitán Palacios dijo que fueron la Urss a devolverles la visita que los soviéticos hicieron a España en el 36). Hay quien rinde pleitesía a unas y abomina de la otra, cuando ambas organizaciones defendían regímenes totalitarios.

Es curioso, la ‘damnatio memoriae’ (procedimiento de la antigua Roma que consistía en borrar todo vestigio de los derrotados), la negación de los otros que llevó a cabo el franquismo, está siendo imitada, repetida punto por punto por los que pretenden eliminar todo rastro de los otros. Seguramente la mayoría de los que se han caído de los callejeros no se merecieran tal honor, pero igual cosa se puede decir de quienes los han sustituido. No se trata de equidistancia, sino de dar a cada uno lo suyo, de no elogiar a alguien por algo que al rival se le reprocha, pues los méritos y las culpas son individuales. Dicho sea de paso, seguro que a nadie le parece mal dedicar calles y honores a tipos honestos, coherentes y valientes como Cipriano Mera o Melchor Rodríguez, quien explicó elocuentemente: “Por las ideas se muere, pero no se mata”.

CARLOS DEL RIEGO