domingo, 27 de septiembre de 2015

LAS MUERTES MÁS PATÉTICAS DE LA HISTORIA DEL ROCK La parca se encarga de todos los que pasan por aquí. A veces se presenta de improviso y otras después de muchos avisos. Y no importa que su cliente sea una celebridad o uno de tantos que pasan sin dejar huella.

El fútbol, la otra pasión de Bob Marley, le reveló que tenía cáncer, pero sus creencias le impidieron combatirlo
Las estrellas del rock, como todos los mortales, se han ido con aquella de todas las maneras imaginables, pues la guadaña siega e iguala todas las briznas de vida, sin distinguir. Sin embargo, hay veces en que el modo de irse puede ser calificado de tonto, evitable, patético. En el universos rockero hay numerosos ejemplos de grandes personajes que abandonaron la vida prematuramente, la mayoría debido a causas que tópicamente se asocian a esta actividad, como las drogas o los accidentes (de coche, de avión, fuego); pero también hay muchos que se fueron a causa de enfermedades de lo más corriente (cánceres de todo tipo, infartos), los que buscaron ellos mismos su final y los que fueron víctimas de la violencia… Y también hubo protagonistas de la tragicomedia del rock que palmaron antes de tiempo a causa de la fatalidad, ya fuera por torpeza, cabezonería, estupidez o verdadera mala suerte. En cualquier caso, la fatalidad. ¿Y qué se puede hacer contra la fatalidad?

Bob Marley dejó este mundo en 1981. Como todo interesado en el reggae conoce, Marley era un fanático del fútbol, y le encantaba echar un partidillo en cada ciudad donde actuaba, con periodistas, sus músicos, ayudantes, encargados del equipo (los pipas) y el resto de la cuadrilla. En una de esas pachangas, en 1977, le hicieron una dura entrada que le provocó enormes dolores en un pie; en la clínica le dicen que tiene un melanoma (cáncer) en el dedo gordo, que es bastante típico, y que se extenderá por todo el cuerpo a no ser que se ampute el dedo. Pero la creencia rastafari va en contra de separar ninguna parte del cuerpo, es más, casi prohíbe cortarse las guedejas o las uñas, así que mucho menos si es carne y hueso, de modo que el autor de ‘Jammin’ continuó como si nada ocurriera. Tres años después, mientras hacía deporte en Nueva York, cayó, lo llevaron al hospital y le advirtieron de que su cuerpo estaba absolutamente invadido. La muerte (a la que tenía verdadero pánico) llegó en pocos meses... Cada persona es libre de pensar y creer como quiera, pero no deja de ser verdadera cabezonería, casi fanatismo, no renunciar a un dedo de un pie aun con la certeza de que, de no hacerlo, la muerte será muy prematura.   
   
Asesinados fueron tres grandes músicos que brillaron en géneros muy diferentes. El más universal es, claro, John Lennon, tiroteado por un imbécil que, afortunadamente, sigue en la cárcel desde aquel fatídico día de 1980. El genio del soul y rythm & blues Marvin Gaye estaba en casa de sus padres en abril del 84; casi a diario discutía y se daba de puñetazos y patadas con su padre (a causa de drogas y dinero), de modo que el día de autos papá se cansó de recibir, cogió la pistola y le pegó dos tiros (versión oficial); cuentan que, ya con el plomo en el cuerpo, Marvin amenazó “me marcho y no volveréis a verme por aquí”… Otro imprescindible del reggae es Peter Tosh; el rastafari fue asaltado en su casa en Jamaica (en septiembre de 1987) por un delincuente al que había ayudado anteriormente; junto a otros dos secuaces le exigió dinero, pero el músico no tenía; en esas llegaron unos amigos a la casa y se montó una buena ‘balacera’, que comenzó cuando aquel ingrato le metió dos balas en la cabeza. Son tres muertes tan absurdas como inesperadas, sin sentido, cargadas de patetismo.

Terry Kath, el cantante, guitarrista y compositor del grupo estadounidense Chicago, murió por una fatal estupidez. Aficionado a las armas, en enero del 78 estaba en casa con unos amigos; jugaba con un revólver y, sonriendo, se lo colocaba en la sien a la vez que decía “tranquis tíos, está descargado”; a pesar de las advertencias de los presentes, Terry dejó el revólver y tomó una pistola 9 mm, también descargada; finalmente, le cambió el cargador y volvió al jueguecito. Pero la pistola tenía una bala y murió instantáneamente. Con él se cumplió el dicho de que ‘las armas las carga el diablo’. Imprudencia, negligencia, torpeza… En todo caso, una muerte patética. 
  
Stiv Bators, cantante de The Lords of the New Church (y otros grupos) estaba en París en 1990, de vacaciones. Bebido, fue atropellado por un taxi y luego llevado al hospital. Sin embargo, al tener que aguardar en la sala de espera, y creyendo que no tenía ninguna herida seria, se largó a casa sin haber sido examinado. Murió a causa de una conmoción cerebral esa noche, mientras dormía. ¿El alcohol nubló su mente y le hizo creer que no necesitaba revisión médica?, ¿pensó que alguien tan importante como él no tenía obligación de esperar? ¿Necedad o soberbia?    

Lo de Marc Bolan, el pequeño gran líder de T. Rex e icono del glam-rock, es pura ironía, trágica ironía. Le encantaban los coches pero a la vez les tenía auténtico pánico, tanto que nunca quiso aprender a conducir a pesar de poseer varios automóviles. Aquel día de septiembre de 1977 su novia conducía un Mini de su propiedad, perdió el control y chocó contra un poste telefónico y luego, rebotado, contra un árbol. Ella sufrió varias fracturas en brazos y cara, pero él murió casi instantáneamente. ¿Intuía el pobre Marc lo que el destino le tenía preparado? Ninguno llevaba puesto el cinturón de seguridad, así que es oportuno preguntarse ¿hubiera sobrevivido con el cinto ajustado?  

Y la lista es más larga. La muerte tonta, evitable, prematura, patética, no sabe de rock ni de nada, y por eso se presenta en el escenario igual que en el patio de butacas. Y aunque muchas veces es pura fatalidad sin que el sujeto intervenga, en no pocas ocasiones el imprudente y el que hace tonterías pone mucho empeño en atraerla. Y en el mundo del rock es valor la temeridad.


CARLOS DEL RIEGO