domingo, 2 de noviembre de 2014

¿QUIÉN DEBE PAGAR LA MÚSICA?, ¿EL CONSUMIDOR O EL ESTADO? Es noticia que alguien renuncie a un premio, sobre todo si éste conlleva dotación económica. Sin embargo, tal cosa ha hecho un músico, el violista catalán Jordi Savall.

El violista Jordi Savall, especialista en música antigua, exige subvención
 para todos los artistas y la Cultura en general
Este especialista en música antigua ha rechazado el Premio Nacional de Música como protesta por las actuales directrices del Ministerio de Cultura y, en general, por la postura del ministro respecto a la Cultura en general. Para empezar, hay que destacar la coherencia y honradez del artista, quien ha obrado en consecuencia con sus ideas: está en desacuerdo con los gobernantes y, por tanto, no acepta prebendas de estos; contrasta esta actitud con la mostrada hace unos meses por unos estudiantes premiados por el mismo ministerio y su titular, los cuales abominaron de las políticas e incluso de las ideas del susodicho pero, asombrosa e hipócritamente, a la vez que se negaban a darle la mano, alargaban la otra para aceptar los dineros. De todos modos, también es oportuno recordar que Savall sí aceptó no hace mucho una distinción similar procedente de la Generalidad de Cataluña, la cual sólo promociona y subvenciona obras de arte (cultura en general) cuando esconden o exhiben ideología catalanista, postura con la que comulga el músico en cuestión. En fin que, bien mirado, tampoco se puede señalar a Savall como modelo de congruencia.

Declara que renuncia porque este ministro (al igual que los que le han precedido) no lo ha recibido para escuchar sus propuestas, pensadas para “preservar, difundir y grabar el maravilloso patrimonio musical antiguo”, y porque nunca ha visto a Wert en sus conciertos. El compositor, investigador e intérprete de música de otras épocas denuncia asimismo la falta de subvención a los creadores en general.

En resumen, Savall exige en voz alta más dinero, más subvención para todo el que se dedique al arte y la cultura. Quiere decirse, por tanto, que el músico de Igualada reclama al gobierno que se encargue de sostener (costear) todos los gastos que ocasionen las trayectorias de todos los artistas de España, y por tanto grita para que el erario ingrese dinero a los grupos de música antigua, orquestas sinfónicas, dúos, tríos, cuartetos de cuerda, quintetos…, a todos los tenores, sopranos, mezzos, contraltos…, a todos los grupos de danza clásica, flamenca, moderna…, y en general a todo tipo de bandas y agrupaciones musicales; y sin olvidarse de ciclos, festivales, certámenes, concursos, montajes, grabaciones, ediciones… Por supuesto, el eminente violista no se olvida de otros artistas ajenos a la música, y así exige que se pague a todos los directores y actores de cine y de teatro (¿profesionales y aficionados?, ¿y los de televisión?), y también para todas las películas, series y obras teatrales (incluyendo otras artes escénicas como la danza) que se ruedan o ponen en escena. No se olvida de pedir para todos los escritores (novelistas y narradores, poetas, ensayistas, historiadores), pintores, escultores y grabadores, para todos los dibujantes e ilustradores (incluyendo los de cómic y los de los periódicos), orfebres, ceramistas y el resto de quienes trabajan las artes plásticas; ¿y los grafiteros? Tampoco hay que excluir del maná a los especialistas en ‘performances’, ‘happenings’, instalaciones y, en fin, a quienes se dedican al denominado arte contemporáneo. Ni que decir tiene que también han de tener derecho al reparto de efectivo las bandas de gaitas y las de música tradicional, los combos de saxofones o las masas corales. E igualmente también son cultura y deben percibir subsidios los grupos de heavy y de punk, de jazz, de pop y demás subgéneros de ahí derivados (regaetón incluido). ¿Y por qué no las orquestas de verbena? ¿La moda y la gastronomía no son también cultura?...

Y todo eso sin contar apartados culturales ya subsidiados, como puedan ser la restauración y conservación de patrimonio histórico-artístico, las bibliotecas, los museos… La lista puede seguir desglosándose casi hasta el infinito, y más a día de hoy, cuando cualquier cosa puede señalarse como arte, tener acceso al museo o al escenario y, ¡cómo no!, derecho a la beca correspondiente. En resumen, que si el Estado (el contribuyente, vamos) tiene que pagar a todo el que decida dedicarse al arte, todo artista se convertirá en funcionario, por lo que habría que ir pensando en las consiguientes oposiciones, ya que todo el mundo se declararía artista. Sea como fuere, la partida destinada al capítulo del arte y los artistas se elevaría hasta lo delirante, lo insostenible.
Eso sí, la propiedad intelectual sigue perteneciendo al artista, es decir, el ciudadano ha de pagar si quiere disfrutar de la obra artística, y da igual si la película, concierto o montaje, si los discos, libros o cuadros gustan y se venden o no. Quiere decirse que el artista exige pago estatal contributivo por ser un artista y, a mayores, pago individualizado a cargo del consumidor. Lo que sí es inadmisible, sin embargo, es la disparatada carga impositiva que recae sobre las obras y actividades culturales, que las convierte en artículos de lujo; si no exentas, su iva debería ser mucho más bajo.

En este pedir y pedir a papá Estado sólo falta que se le exija una ley que obligue a todos los españoles a consumir artes y culturas, a acudir a un mínimo de conciertos y eventos culturales (música, cine, teatro, danza), a comprar un mínimo de libros, discos y obras plásticas…, y si no es así, se sancione al ciudadano. En caso contrario Jordi Savall tachará de ignorantes (término que siempre tiene en boca) a todos los que no coincidan con él en cuanto a gustos y preferencias, gastos y subvenciones.

Alguien lo dijo alguna vez: las subvenciones siempre son injustas, pues es imposible subvencionar a todos. 


CARLOS DEL RIEGO