miércoles, 19 de noviembre de 2014

ANTONIO BARCELÓ, HEROICO MARINO ESPAÑOL DEL XVIII No sólo el gran Blas de Lezo (a quien se acaba de erigir una estatua) merece recuerdo y homenaje, pues hay otros marinos españoles que a lo largo de la historia han demostrado capacidad, valentía y lucidez, como Antoni Barceló

Noble y bondadoso, brusco y exigente, valiente e inteligente, así era Barceló, cuya mejilla derecha muestra un balazo recibido en combate
Este mallorquín, nacido en 1717 de padre marinero, fue el terror de los piratas berberiscos que desde el siglo anterior aterrorizaban las costas mediterráneas (el dicho ‘moros en la costa’ procede de aquellos momentos); llegaban, saqueaban, robaban y se llevaban a los hombres para esclavizarlos y a las mujeres para los harenes; además, atacaban toda nave mercante que se atreviera a echarse al Mediterráneo. Así estaban las costas levantinas, pero las cosas iban a cambiar. Tras atesorar una sustanciosa experiencia, con apenas 19 años ya es piloto y recibe el mando de una nave. Desde ese instante, se convierte en el azote de los piratas moros, pues pronto es atacado por dos de sus navíos, a los que pone en fuga. Gracias a este y sucesivos actos de enorme mérito, Antonio Barceló y Pont de la Terra fue ascendiendo en el escalafón de la Marina Española a pesar de no poseer estudios ni haber pasado por academia militar o naval.

Era de familia más bien acomodada y podía haberse dedicado a disfrutar de una vida relajada y tranquila, pero eso no iba con este intrépido, valeroso, prudente e inteligente marino. Con apenas treinta años y tras incontables acciones victoriosas contra los corsarios berberiscos, el rey le da el mando de cuatro jabeques (barcos ligeros, de fácil maniobra y buena potencia de fuego) con las que derrota una y otra vez a los piratas del Mediterráneo occidental. Las hazañas de Barceló recorren toda España, que admira la destreza e inteligencia del ‘capitá Barceló’; no en vano todavía se recuerda, en el litoral mediterráneo español, la frase “més brau que Barceló per la mar”. Entre 1753 y 1771 el mallorquín destroza una y otra vez barcos y flotas dedicadas a la piratería con base en Argel, hundiendo navíos, tomando prisioneros, conquistando botín y liberando cautivos. Entre sus incontables victorias destaca la que logró frente al famoso pirata Selím en 1763; con un solo jabeque (‘El Vigilante’) arremetió contra las tres galeotas del moro y, tras intenso intercambio de artillería, una por una las fue abordando y desbaratando en otras tantas maniobras legendarias, épicas, inusitadas; tomó centenar y medio de prisioneros incluyendo a Selím, llevándose de recuerdo un tiro en la mejilla (no fue la única herida que recibió, además de la sordera producida por los cañonazos) que le desfiguró el rostro para siempre.    

Su método era simple y terriblemente arriesgado, pues prefería el abordaje; con naves tan ágiles como los jabeques, se acercaba a las de los enemigos y, con un valor pasmoso, abordaba espada en mano barcos de cualquier porte; el riesgo era máximo, pero así se aseguraba de que el enemigo no escapaba. No gustaba de pistolas, pero era temible con el chafarote (espada ancha de un solo filo); así, viendo su arrojo y determinación, los marineros a su mando le seguían al combate sin temor, de modo que, inevitablemente, el barco sarraceno caía en poder del valeroso e intrépido ‘capitá Toni’.

Participó en muchas batallas y acciones navales. En 1775 tomó parte en un intento de desembarco en Argel. En realidad él sólo quería acercarse, bombardear una y otra vez sin dejar reponerse al enemigo y regresar; pero los que estaban al mando del proyecto insistieron en desembarcar tropas y pertrechos; sin embargo como quiera que los preparativos fueron eternos, los moros tuvieron tiempo de prepararse, así que cuando los infantes de marina llegaron a tierra fueron masacrados, y hubieran perecido los 8.000 que pusieron pie en Berbería de no ser por la inaudita audacia de Barceló, que logró acercarse a la playa lo suficiente como para, esquivando y lanzando cañonazos, salvar a unos 6.500, dejando pasmados a los capitanes, marinos y militares que fueron testigos de tan asombrosa proeza. Protagonizó otras operaciones de castigo y hostigamiento contra las costas argelinas donde recalaban los piratas (ya sin desembarco), hasta que el bey de Argel terminó por firmar la paz con España. 

Igualmente destaca el intento de bloqueo de Gibraltar en el que el héroe balear participó, en 1779. Barceló ideó una especie de lanchas de remos artilladas con un cañón de largo alcance con las que acercaban al puerto y disparaban contra los barcos e incluso contra la ciudad, causando grandes destrozos para, tan velozmente como se habían presentado, desaparecer; además, apenas ofrecían blanco, sobre todo de noche. Pero los celos de sus colegas con estudios navales (él apenas sabía leer y escribir), la tardanza en construir esas naves y la pésima dirección del proyecto llevaron éste al fracaso. A pesar de todo, el pueblo no dejaba de asombrarse ante su valor y destreza, y así se decía de él por todas partes: “Si el Rey de España tuviera cuatro como Barceló, Gibraltar fuera de España, que de los ingleses no”.

Cuando dejó de navegar por ‘su’ Mediterráneo, el corso ya no era problema: los mercantes y las costas estaban libres del saqueo; es más, durante décadas, lo que más temieron los capitanes y marineros berberiscos era ver aparecer en el horizonte las velas de los jabeques de Barceló, pues ya no era posible la huída y una vez entablado el combate, el ‘capitá’ era invencible. Además de servicios guerreros, Barceló también destacó en otros menesteres; por ejemplo, cuando desafió galernas aterradoras para llevar trigo de Barcelona a Mallorca en época de gran carestía; o cuando se encargó de dar caza a un oficial de dragones que se había escapado con una monja…

El Rey Carlos III quiso conocer personalmente al bravísimo español que tan grandes servicios había prestado (alcanzó el grado de Teniente General de la Armada y fue nombrado Caballero de la orden de Carlos III). Así, en 1769 Barceló acude a la llamada del monarca, quien se pasa larguísimo rato preguntándole por los detalles de sus hazañas y asombrándose ante sus asombrosas aventuras; finalmente, el sonriente ‘mejor alcalde de Madrid’ lo despidió diciendo “Vuelve, que los moros se han enterado que estás en Madrid y andan ya por las costas”…, un elogio cargado de humor.

Desde que Barceló los ahuyentó, ya no hay moros en la costa.


CARLOS DEL RIEGO