domingo, 11 de mayo de 2014

EUROVISIÓN: ENTRE EL CIRCO Y LA REVISTA El veterano festival-concurso ha apostado por el circo, con añadidos de ese espectáculo teatral llamado revista


Dejarse barba y vestirse de princesa el día de su puesta de largo
 es más fácil que escribir una buena canción.
Los espectáculos circenses abundaron en el festival de Eurovisión 2014: hubo trapecistas, trucos de magia, clowns…, eso sí, la mujer barbuda no era auténtica; y para completar la velada, algún que otro sainete picante como los que ofrecían aquellas compañías de revista que recorrían pueblos y ciudades con numeritos subidos de tono, generalmente zafios y de mal gusto. ‘El teatro chino de Manolita Chen’.

Hace ya años que los que acuden a este desfile han comprendido que lo que importa, lo que al final cuenta es llamar la atención, y que la música, la canción, es lo de menos; no es que anteriormente la calidad artística fuera mucho mayor, pero había un poco más de contención a la hora de exagerar con la puesta en escena. Es un síntoma. Hay que tener en cuenta que es mucho más difícil componer una buena canción que llamar la atención; esto lo puede hacer cualquiera, mientras que idear una melodía con gancho precisa algo que no está al alcance de cualquiera. Un tronco se deja barba de tres semanas y se pone un vestido de princesita el día de su puesta de largo; otras se visten de lagarteranas y bailan en torno a una pícara e insinuante granjera (¿sería así la ‘Vaquera de la finojosa’?); unos mendas se ponen trajes estilo Krusty el payaso… Todo ello con guión y puesta en escena tipo vídeo-clip y con más medios que ingenio; muchos efectos especiales y luminotecnia, mucho truco de escenario y recursos de cámara…, mucho ruido y pocas nueces.

Las canciones parecían cortadas por los mismos patrones. Algunas, como la ganadora o la que representó a España, eran ideales para las escenas más cursis y acarameladas de ‘La sirenita’ o cualquier producción similar de Disney. Varios prefirieron presentarse como ‘boy band’, con temas blandos y voces y armonías tópicas hasta la náusea. No faltaron las piezas que recordaba el cargante estilo italo-disco de los setenta. Como tampoco las baladas melosas, melancólicas y afectadas o los grupos de pop viscoso, flácido, fofo. Las chicas parecían haber acudido a la misma academia, pues sus movimientos y maneras, sus tonos y modulación de voz, entonación e incluso caritas y posturitas ante la cámara resultaban perfectamente ortodoxas, muy académicas, muy según los cánones. A su vez, la mayoría de los chicos optaron por presentarse en modo lechuguino. Así, todos ellos cantaban según estándares, como si todos estuvieran moldeados según tres o cuatro modelos y en la misma fábrica. Lógicamente, las canciones presentaban la típica manufactura industrial, resultando fácilmente olvidables al carecer de la mínima chispa de ingenio, anodinas y, lo que es peor, ni siquiera se escuchó un estribillo pegadizo y fácil de tararear.

Fiesta tan kitsch y pretenciosa fue, además, tremendamente costosa, con un gasto lumínico desmesurado que precisó más de dos docenas de generadores funcionando 24 horas al día durante un mes, algo que contrasta con el hecho de que Copenhague sea la actual capital verde de Europa. Lo de las votaciones es de traca, con el presentador adivinado continuamente cómo cada país votaba a sus vecinos, así los eslavos, ex soviéticos, escandinavos, centroeuropeos… Y el detallito de los pitos y abucheos cada vez que se mencionaba al malo de la temporada: Rusia.
    

CARLOS DEL RIEGO