miércoles, 14 de mayo de 2014

‘INTERNECIOS’ Y ODIO VISCERAL Odio, rencor, inquina, celos, envidia, tirria, ojeriza…, son sentimientos que suelen aparecer en mentes escasas que, poco a poco, van autoalimentándose y distorsionando la visión que tiene de la realidad quien los padece. Y si la escalada no se detiene, termina convirtiendo el resentimiento en acción


Hay internecios que se comportan como animales
La cosa suele empezar en soledad o, como mucho, en ‘petit comité’. El afectado ha llegado a la conclusión de tener el monopolio de la verdad y la justicia y que, por tanto, quienes tienen pensamientos opuestos se merecen todas las desgracias. En casa, en soledad, la idea da vueltas en su cabeza. Y así, centran en la diana de su resentimiento a una persona, una empresa, una institución o una idea o creencia. Un día y otro, mañana, tarde y noche. Se habla a sí mismo, se convence, se expone razonamientos que, lógicamente, no encuentran réplica. Y así hasta llegar al convencimiento de que todo lo que haga en torno al asunto, está más que justificado. Quien tiene más neuronas contaminadas por la cizaña es fácil que se eche al monte y llegue a la agresión, pero lo más habitual es que la rabia no pase de la palabrería incendiaria y vocinglera.

Seguro que antes de la llegada de Internet y las redes sociales también existía esta especie, pero la facilidad para difundir ideas y mensajes ha hecho que aparezcan por todas partes ejemplares iracundos, indignados hasta el extremo y dispuestos a pasar por encima de todo y de todos. Se trata de gentes que, basándose en su convencimiento de poseer la verdad absoluta, se sienten legitimadas para cruzar todas las líneas legales y morales. Y así, creyendo que la libertad de expresión permite todo, lanzan injurias e insultos, ofensas obscenas y amenazas, calumnias, infamias y vejaciones. Concluyen que, como la razón está enteramente de su parte, tienen permiso para vociferar y divulgar lo que sea. Sin embargo, no es la razón o la justicia la que está detrás de esta actitud, sino el odio visceral, la fobia desatada a quien tiene más, a quien goza de mejor posición, a quien piensa distinto, a quien saca mejores notas… Odio irracional, ciego, arrebatado. Odio primitivo, odio tribal.
Realmente es difícil, casi imposible, que con esas bases y procedimientos mentales se pueda tener razón. Pero aunque así fuera, si se piensa fríamente, no hace falta estar en lo cierto para vomitar bilis rabiosa contra personas y estamentos, sólo hace falta creérselo, sólo es preciso estar persuadido, ofuscado; una vez en este estado, cuando la obcecación anula cualquier atisbo de sensatez o lógica, cuando el fanatismo fascistoide  aplasta la conciencia y la moralidad, es fácil sentirse legitimado para señalar con el dedo o lanzar piedras. Tal cosa ocurrió en la España previa a la guerra: todos estaban tan seguros de su causa que todos mataban creyendo estar ejerciendo la justicia más certera, sin remordimientos.

Puestos en casos extremos, el dictador está tan absolutamente seguro de que su creencia es la (única) correcta, que moralmente le está permitido llevar a cabo cualquier acción. No es necesario, por tanto, estar efectiva y objetivamente del lado de lo verdadero para ejercer violencia física, sicológica o verbal. Sólo hay que creérselo.

Aunque exista el dispuesto a la agresión, la aplastante mayoría de estos ‘internecios’ no pasan de matones de guardarropía que, en soledad, en casa, en el anonimato, se conforman con verter su frustración e insatisfacción en la red, con aplaudir la violencia contra ‘ellos’ y maldecir la ejercida contra ‘nosotros’.


CARLOS DEL RIEGO