miércoles, 22 de enero de 2014

AYER. HOY. CAMBIOS El devenir de la persona y la sociedad es puro cambio, imprevisible, sorprendente, inimaginable, y suele ser el avance tecnológico el que acelera la mutación


Quién iba a pensar que el teléfono móvil se iba a convertir
 en otro miembro del cuerpo
Solamente mirando hacia atrás y comparando con lo que hoy se ve se puede apreciar la dimensión e importancia de los cambios; la sociedad, los modos de pensar, las preferencias, las inquietudes…, todo cambia. Y la velocidad con que esas mutaciones se suceden influye también en el peso del cambio en las poblaciones; además, los cambios tecnológicos (cada día más veloces) son los que más suelen afectar a los pueblos.

Se puede mirar atrás y comparar sin valorar si esto o aquello es mejor. ¿Quién iba a pensar hace tres décadas que el teléfono móvil iba a convertirse en un miembro más de la persona?, desde luego los guionistas de cine, escritores y visionarios no, pues ninguno de ellos vaticinó nada parecido al móvil (ni, claro, ningún otro dispositivo electrónico). ¿Quién podía suponer que los pantalones caídos, tipo Cantinflas, serían como uniforme para adolescentes y veinteañeros? ¿Quién hubiera imaginado que las mujeres (jóvenes y no tanto) adoptaran papeles tan masculinos (hasta ahora) como la agresividad, la pose de duro o la búsqueda permanente de sexo hasta tomar todas las iniciativas? ¿Quién se creería entonces que la tendencia hoy es hacia lo virtual en perjuicio de lo real, que se podría leer, escuchar música, jugar, viajar… sin libro, disco, pelota o vehículo?

¿Quién se hubiera aventurado a decir que la comida sería producida en laboratorios a base de componentes sintetizados artificialmente? Tal cosa demuestran los diversos experimentos que se están realizando (a marchas forzadas) para conseguir hamburguesas sin carne pero con sabor, textura y aspecto ‘virtualmente’ iguales. En esto de la alimentación los cambios han sido rotundos, radicales, e indican que llegará un día en que la carne engendrada en matraces y probetas tenga un sabor más parecido a la carne que la procedente de vacas, pollos o cerdos, y las empresas conseguirán colocar sus inventos sin esfuerzo. Igual que los productores de transgénicos (¿quién habría predicho que serían patentadas semillas estériles para que nadie pudiera sembrar sin pagar?), que ya están vendiendo sus creaciones sin que nadie se dé cuenta; por ejemplo, no hace tanto que, cuando un ama de casa (terminología de la época) compraba un kilo de fresas inundaba de olor a fresa desde el portal a la azotea, mientras que hoy se pasa junto a cien kilos de fresas en el súper sin el menor rastro del reconocible aroma; no hace tanto se compraban cacahuetes (bolsas o cucuruchos) cuyo ondulado estuche presentaba variedad de contenido, pues tenía un fruto, dos, tres, cuatro e incluso cinco, mientras que hoy sólo hay cacahuetes de uno o dos frutos, nada más, ni uno se sale de la norma; no hace tanto los plátanos se podían abrir sin esfuerzo y sin cuchillo, pero hoy es imposible no abrir sin usar herramienta. ¿Por qué?, porque se diseñan fresas, cacahuetes y plátanos siguiendo exclusivamente criterios económicos, y relegando lo demás (sabor, nutrientes) al saco de lo desdeñable. Son sólo tres pequeños pero significativos ejemplos, de modo que se podría seguir largo rato enumerando lo que era y lo que es el condumio de cada día; desgraciadamente lo modificado genéticamente será impuesto: de un modo u otro obligarán a comprar y tragar transgénico.

Lo malo es que a estos cambios en la sociedad, en la vida, hay quien se opone, quedándose aislado y relegado al vagón de las rémoras; y lo bueno es que abunda más quien acepta y asimila unos cambios y se resiste a otros, con lo que con aquellos logran mantenerse en el momento. Las transformaciones son inevitables, es decir, a la larga se imponen, y la gran mayoría de ellas (ya sean sociales, tecnológicas, de pensamiento) son beneficiosas para personas y sociedades, aunque puede suceder que a la vista de sus consecuencias terminen abandonándose. Sea como sea, en la sociedad como en la naturaleza, quien no consigue adaptarse al cambio (aunque no lo acepte) está condenado a la extinción.


CARLOS DEL RIEGO