jueves, 15 de agosto de 2013

GIBRALTAR, UN PASO MÁS EN UN ASUNTO CASI IMPOSIBLE Los ingleses protestan y amenazan por las medidas administrativas tomadas por el gobierno español, y a su protesta se han unido otros enemigos de España como nacionalistas catalanes o partidos nominalmente de izquierdas. La cosa se complica.

El dichoso tratado en versión española e inglesa. 
El asunto de Gibraltar recobra protagonismo. Incluso se puede llegar a pensar que, por fin, un gobierno español va a intentar poner las cosas en su sitio. Así, si Inglaterra se aferra al Tratado de Utrech para hacer valer sus derechos, España está en el suyo de no otorgar nada que no aparezca en dicho pacto. Hay que recordar que en aquel acuerdo no se decía nada respecto a aguas territoriales o espacio aéreo, por lo que Gibraltar, en puridad, no tiene argumentos para exigir tales cosas. Y del mismo modo las veces que los ingleses han expandido ilegalmente la superficie de la colonia, apropiándose de terreno en base a ‘hechos consumados’. A ello se puede añadir que Gibraltar es un paraíso fiscal (allí hay casi más bancos que habitantes) en el que se blanquea dinero de droga, de narcotráfico, de tráfico ilegal de armas…, que vive como parásito de España, pues los gibraltareños no cotizan pero se aprovechan de servicios españoles, que lleva a cabo prácticas prohibidas en todos los puertos occidentales (como la existencia de barcos-gasolinera o el lavado de los tanques de combustible), que cuando les parece se dicen colonia y cuando no que son estado soberano…

Aunque parezca innecesario, es bueno recordar que Inglaterra atacó Gibraltar sin estar en guerra con España, ya que simplemente apoyaba a uno de los pretendientes a la corona española a comienzos del siglo XVIII; pero como quiera que su candidato ya había abandonado la lucha, atacó el peñón sin motivo o provocación, mostrando su vocación de pirata, y se quedó con él. Luego, en el mencionado tratado (en realidad fueron varios) había que elegir entre continuar la guerra o hacerse a las pérdidas.

Durante el presente año (2013) el gobierno español ha venido poniéndose más y más serio respecto al (según parece) irresoluble problema de Gibraltar, volviéndose absolutamente escrupuloso respecto a la consideración y trato de un territorio ajeno a la Unión Europea. Lógicamente han puesto el grito en el cielo todos los enemigos declarados de España: primero Inglaterra y el propio gobierno de Gibraltar, y luego los que detestan a este país desde dentro, los que odian desde el nombre hasta la última de sus tradiciones, como los partidos nacionalistas catalanes o los partidos políticos nominalmente de izquierdas; por cierto, alguien debería recordar a los catalanistas cómo Inglaterra rompió el pacto con ellos y los abandonó cuando comprobó que su candidato no ganaría y que, por otro lado, obtendría grandes ventajas comerciales con el Tratado (como el monopolio de la trata de esclavos). Curiosamente todos esos enemigos de España han coincidido en señalar que estas no son maneras, que era mucho mejor el trato con el anterior ministro, y subrayan que exigir rigor y el cumplimiento estricto de la ley no es más que “acoso” o “chulería”. Sin embargo, si tus adversarios añoran lo bien que estaban con el predecesor y denuncian la mala situación actual, no exige demasiada cavilación concluir que lo de hoy les molesta; es decir, si los que te odian se enfadan con lo que haces es que has tomado una medida beneficiosa para ti y mala para el enemigo: el mal de mi enemigo es el bien para mí, y viceversa.

La disputa con Inglaterra viene de muy atrás, ya que quisieron participar en la conquista y comercio americanos costara lo que costara, usando diplomacia o piratería; y es que son muy legalistas hasta que la legalidad interfiere en sus intereses.
El asunto de Gibraltar tiene muy difícil solución. Por un lado están los gibraltareños, que se sienten muy ingleses unas veces y muy soberanos otras, según convenga; por otro los ingleses, que nunca han cedido más que cuando no han tenido más remedio (Revolución Americana); y finalmente los españoles, que consideran que el ataque al peñón fue un acto de traición (Inglaterra no estaba en guerra con España) y piratería. Los primeros viven muy bien, sin impuestos y con todos los servicios, los segundos ocupan un lugar estratégico, y los terceros apenas tienen armas con las que imponer sus razones. Y ahora la cosa se complica, pues se incorporan a la disputa los enemigos que España tiene dentro.    

Sea como sea, Inglaterra no va a soltar su presa, al menos sin llevarse algo a cambio.

CARLOS DEL RIEGO