viernes, 2 de agosto de 2013

EL INJUSTO TRATO DADO A UNOS Y OTROS DELITOS O FALTAS Indigna leer que delincuentes con cientos de robos, hurtos e incluso agresiones vuelven una y otra vez a la calle, impunes, unas horas después de haber sido detenidos, mientras que el ciudadano que paga sus impuestos debe estar siempre ojo avizor, pues cualquier desliz le supondrá dura sanción

Más de trescientas veces detenidas, pero el juez no vio causa para prohibirles el acceso al metro, escenario de sus robos
Un hecho real: Dos gitanas rumanas entran en una pequeña tienda de alimentación, donde tras pedir gran cantidad de mercancía pagan con un billete grande; cuando el tendero les da la vuelta ellas le dicen que les ha devuelto de menos; se enzarzan en una discusión que va subiendo de tono hasta que las mujeres dicen que ya no quieren la mercancía  y exigen que se les devuelva el dinero; el desconcertado comerciante así lo hace y recoge los paquetes pero, de repente, se da cuenta de que lo han liado, que sin saber muy bien cómo, se le han quedado con uno o dos billetes. Ellas salen de la tienda hablando con tono indignado y con el minorista sin saber qué hacer ante la situación. Así, aconsejado por una testigo del suceso, llama a la policía, que llega de inmediato. Las dos presuntas se meten en un coche donde les esperaba un hombre al volante, pero los agentes le bloquean el paso con el suyo. Registradas las señoras se les encuentran varios billetes en su ropa interior. Pero lo verdaderamente preocupante es lo que comentó uno de los uniformados al tendero engañado: “qué más da que las denuncies…, dentro de unas horas estarán en la calle buscando a otro primo”.

Como es sabido (y como se demuestra leyendo y escuchando noticas), hay delincuentes que llevan cientos de denuncias y detenciones que, incomprensiblemente, están en la calle con el beneplácito de juez y del legislador; se les pilla, detiene, denuncia y presenta ante el magistrado, el cual, a pesar de la reiteración y del evidente peligro en que pone a los ciudadanos de a pie, los deja tranquilamente en la calle, con lo que los delincuentes reciben el mensaje: “puedo hacer prácticamente lo que quiera, pues siempre habrá un juez que se preocupe de que no esté fuera de circulación ni un minuto, o sea, me están animando a que continúe con mi actividad”. Y eso por hablar sólo de pequeños rateros cuyos delitos son considerados menores, pero se podría mencionar al experto en alunizajes, agresiones, robos y enfrentamientos con los agentes con más de un centenar de detenciones que, vergonzosamente, no pasa más de unas horas en comisaría, pues el juez, apoyándose en leyes confeccionadas para privilegiar al delincuente y castigar a la víctima, hará todo lo posible para que vuelva a su actividad cuanto antes; y el pretexto de que los magistrados están atados por las leyes no sirve, pues una y mil veces han demostrado que siempre están dispuestos a rebajar la pena una semana, un mes, un año, burlándose y castigando a los agredidos. ¿Y las carteristas del metro de Madrid detenidas trescientas veces y sobre las que el juez dijo que no había lugar a prohibirles el acceso al escenario de sus fechorías? Y que no se le ocurra al asaltado defenderse, como aquel que en su casa logró reducir al ladrón casándole heridas y al que el juez castigó acusándole de “conducta violenta”.

Otro hecho real. Dos adolescentes de 15 años hacen una pintada jocosa en una pared  ya adornada por anteriores artistas del espray. Acierta a pasar un coche de policía que inmediatamente los identifica y detiene; denuncia, paso por el juzgado de menores, entrevista con el fiscal de menores y con varios funcionarios: educadores, asesores, expertos; finalmente, para no llegar al juicio, los padres de los chavales aceptan pagar la limpieza de la pintada, una multa y unas cuantas horas de servicios sociales para los encausados. O sea, por una nimiedad se pone en marcha una costosa maquinaria y un montón de funcionarios…, no es de extrañar el colapso de los juzgados.

¿Es justo y proporcionado el trato dado a unos y otros? ¿Es admisible que el que trabaja pague por cualquier nadería y el delincuente habitual sin oficio ni beneficio quede impune? Desgraciadamente la raíz del problema es que estos personajes, jueces y políticos, pertenecientes a la casta de privilegiados, viven en otro planeta, en un universo paralelo situado a años luz de la realidad.    


CARLOS DEL RIEGO