viernes, 1 de marzo de 2013

LA PATENTE DE CORSO DE ALGUNOS MATONES CON PLACA Varias veces ha indignado a la comunidad internacional la inmunidad de los policías grabados en vídeo golpeando brutalmente o acribillando a un sospechoso. En la violenta Sudáfrica unos matones con uniforme ataron a un taxista al coche y lo arrastraron hasta comisaría, de donde salió con los pies por delante. Serán castigados sin postre, como mucho


Matones con placa sudafricanos en plena labor
Un conductor de una furgoneta de pasajeros aparcó incorrectamente… La infracción no parece tan grave, y sin embargo costó la vida al taxista manirroto. Ocurrió en Sudáfrica: un ciudadano cualquiera grabó con su teléfono la salvaje y mortal agresión de varios agentes de policía sudafricanos contra el mencionado chófer; debieron ponerle la multa y, tal vez, el pobre mozambiqueño tuvo la mala ocurrencia de levantar la voz, o discutir la irregularidad de su estacionamiento, o amenazarles con una denuncia. Fue su perdición. Atado a la trasera del coche policial, fue arrastrado durante medio kilómetro, justo hasta comisaría, de donde no salió vivo. Es de suponer que los criminales uniformados, una vez a salvo de miradas indiscretas, le darían al infortunado ‘la del pulpo’. A pesar de que aquellos protozoos con placa, gorra y porra dijeron que fue golpeado por otros presos, ni sus propias madres les creerían. Y por eso los ocho implicados han sido detenidos y acusados de asesinato.
Este caso verdaderamente insoportable recuerda a otros sucedidos en Estados Unidos que también fueron captados por las cámaras (¿cuántos similares se producirán sin que nadie se entere?). Por ejemplo el de aquel negro llamado Rodney King, golpeado durante un buen rato por varios matones con uniforme; el suceso provocó graves disturbios en Los Ángeles, pero al final los policías que, sin el menor atisbo de duda, apalearon a un hombre indefenso, inmovilizado y en el suelo, apenas recibieron una reprimenda, fueron declarados no culpables (un poco más y se multa al agredido por manchar de sangre el pavimento). También fue sangrante el de otro afroamericano negro (podía ser afroamericano blanco) en Nueva York, el cual tuvo la mala suerte de que un grupo de pistoleros vestidos de agentes confundieran su móvil con un arma (eso dijeron), puesto que, asustados los pobres, vaciaron cada uno el cargador de cada pistola entre pecho y espalda del negro con móvil…; fueron totalmente exonerados, eximidos, exculpados de cualquier cargo.
Hay que dejar bien claro que entre los agentes de policía, al igual que entre pescaderos, jueces, arquitectos o fontaneros hay buenas y malas personas, profesionales y sinvergüenzas; y así, uno te colocará truchas pasadas, otro aliviará al asesino y reprenderá a la víctima (o sencillamente prevaricará), aquel construirá edificios que se caen y este te dejará las cañerías goteando. Lo malo es que cuando quien tiene que velar por el ciudadano, cuando quien tiene autoridad y poder físico se convierte en agresor provoca una ola de comprensión entre sus compañeros y entre quienes están hacia arriba en el escalafón, de modo que, llegado el juicio, los defensores de los macarras homicidas siempre consiguen convencer a jueces y jurados que, en contra del sentido común y la decencia, invariablemente se muestran partidarios de los abusones con placa aunque su criminal acción esté grabada en vídeo.
Por ello, y a pesar de las altisonantes palabras y rasgadura de vestiduras de los políticos y responsables sudafricanos, al final estos falsos defensores de la ley y el orden se irán tranquilamente a sus casas, siendo castigados como mucho a una semana sin postre. No hay que olvidar que Sudáfrica viene de donde viene, y estos lodos vienen del polvo del racismo, de la segregación, del apartheid (implantado, por cierto, por los colonizadores holandeses e ingleses, cuyos herederos tanto critican otras colonizaciones anteriores), y poco importará que entre los protoseres de palo fácil haya negros. Baste apuntar que el máximo jerifalte de la Policía sudafricana ha declarado que esos “métodos son inaceptables”, es decir, según el jefe, los polis deberían haber utilizado otros métodos para conseguir este mismo fin. Y desde luego no dejarse grabar, pues sin grabación ni testigos el muerto se habría suicidado lanzándose contra las porras repetidamente, como demuestra el hecho de que en el último año 720 personas murieron mientras eran custodiadas por los agentes de algo parecido a un sucedáneo de policía que hay en aquel país nacido racista. ¿Y alguien se acuerda de la matanza de mineros de Marikana?
Sea como sea y digan lo que digan, los policías-delincuentes no entrarán en la cárcel y, si para guardar las apariencias ante la comunidad internacional no queda otro remedio, serán tratados como en un hotel y, a la que la cosa se enfríe, a casa.
Igual que Pistorius.               
CARLOS DEL RIEGO