lunes, 11 de marzo de 2013

LAS “AUTONOSUYAS”, EL REPARTO CASI COLONIAL DEL TERRITORIO La elaboración de un nuevo mapa político de España fue la tarea peor resuelta por la Transición, pues en gran parte se hizo según intereses ajenos a las realidades históricas y geográficas. Es por eso que bien puede usarse el término ‘autonosuyas’, pues fue un invento suyo, de los políticos, para multiplicar por 17 sus posibilidades de subirse a sillón oficial

Así estaba parcelada España hace medio siglo, de un modo mucho más acorde con la historia que como está hoy.

A pesar de lo que proclamen algunos (sobre todo algunos que no estuvieron allí), el período de la Transición española fue un proceso muy positivo, con sus sombras, pero en general fue muy beneficioso para el país, pues el paso de dictadura a democracia se llevó a cabo de un modo bastante tranquilo y, en consecuencia, con buenos resultados; y ello a pesar de que muchos querían derribar la casa vieja antes de tener la nueva lista para ser habitada, lo que hubiera sido una catástrofe, como se demostró al terminar la segunda Guerra del Golfo. Pero no todo lo que se hizo en la Transición ha resultado beneficioso a medio plazo, siendo el ejemplo más significativo y evidente la distribución que se hizo del territorio, o sea, las comunidades autónomas.

De hecho, parodiando la película de Rafael Gil del año 1983, más que autonomías lo que se fabricaron fueron autonosuyas, suyas porque fueron un invento de los políticos, que vieron en esa multiplicación de sillones, destinos, cargos y puestos una gran oportunidad para situarse social y políticamente (y esto pensando bien). Pero lo peor fue el dibujo autonómico, realizado con parámetros similares a los que dirigieron el reparto de las nuevas colonias por parte de las potencias occidentales en época del colonialismo (segunda mitad del XIX); así, los países europeos se dividieron el botín del continente africano según sus intereses, creando fronteras donde no las había y partiendo territorios habitados por las mismas etnias, con idénticas cultura y tradición, sin tener para nada en cuenta a quienes allí vivían; de igual modo, no pocos del medio millón de kilómetros cuadrados del país se distribuyeron pensando en las exigencias e intereses de algunos y debiendo amoldarse el resto a ellos, con lo que se forzaron comunidades y, como guinda, se inventaron denominaciones.

Como es sabido, para otorgar autonomía a las regiones con dos lenguas oficiales se optó por lo que se llamó ‘café para todos’, o sea, atribuir similares prerrogativas a todos los territorios, lo que conllevó la creación de comunidades autónomas sin verdadero sentido. Y a todo esto, los políticos encantados, pues en lugar de uno, habría 17 presidentes y otros tantos gabinetes ministeriales, secretarios de estado, subsecretarios, asesores, directores de área…, lo que significaba miles de canonjías vacías a la espera del más listo.

Desde entonces la provincia de Madrid no es Castilla por decreto, aunque la historia diga lo contrario; para la de Murcia (que mucho tiempo formó dúo con Albacete) no se encontró socio y se la dejó sola; la de Santander pasó a llamarse Cantabria, recuperando un nombre que tuvo parte de este territorio en el XVIII, pero olvidando que con ese término llamaron los romanos a los habitantes de casi toda la cornisa; y la de Logroño eligió La Rioja que, a diferencia de la anterior, nunca había sido así conocida, siendo que la afamada comarca enológica excede los límites de la provincia (claro que cada uno puede llamarse como quiera). Si a estas provincias-comunidades autónomas se les suma Asturias (la única que tiene verdadera entidad desde siempre) uno se topa con cinco provincias que también son lo otro, con lo que tendrán todas las instituciones provinciales y todas las regionales (amén de las municipales, comarcales…); ah, y sin olvidar ciudades autónomas, Ceuta y Melilla. O sea, presidentes y vicepresidentes, consejeros y docenas de cargos más para cada una de esos siete entes. Un chollo para los que trabajan por amor a su tierra a cambio de unos pingües honorarios, pero no hay que olvidar que amor por dinero tiene un nombre...

Parcelada totalmente contra natura es Castilla y León; para empezar, casi toda la población española omite la ‘y’, conjunción que indica que esta entidad política la integran dos realidades históricas, León y Castilla, de modo que cuando se prescinde de la ‘y’ se convierte a León en algo así como un mote de Castilla necesario para diferenciarla de la otra Castilla (La Mancha sí que es un mote, un apelativo, un distintivo). En el mismo sentido está lo de castellanoleoneses, palabreja inexistente y mentirosa, pues si esta comunidad la integran dos territorios, lógico es que sus habitantes sean leoneses y castellanos. Además, el menosprecio al reino más antiguo de España se produce siempre que se habla de ‘las dos castillas’, pues se da a entender que el territorio del Viejo Reino de León es parte de Castilla, y no lo es. Hace medio siglo existían Castilla la Vieja (Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Ávila), Castilla la Nueva (Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara) y León, que comprendía León, Zamora, Salamanca, Valladolid y Palencia, y luego sólo las tres primeras, pasando las otras dos a Castilla la Vieja. Se trata de una distribución mucho más lógica y con verdadera base histórica y geográfica (la única excepción sería la provincia de Cantabria). Por cierto, Guadalajara tiene tanto de La Mancha como Orense.

Lo del estado de las autonomías fue la parte más fea y menos acertada de la Transición, por lo que es hora de volver a pensar y, si es el caso, rediseñar el territorio y eliminar comunidades costosísimas y absolutamente innecesarias para todos menos para quienes viven a su costa y que, siempre, sueñan con convertir las autonosuyas en verdaderos reinos de taifas. El ahorro sería enorme e inmediato.

CARLOS DEL RIEGO