martes, 5 de marzo de 2013

EL MURO DE BERLÍN: ANTES DE LA VERGÜENZA Y AHORA DE LA NOSTALGIA Que todo es relativo es algo que se comprueba a diario. Un ejemplo está en Berlín, cuyo significativo muro fue odiado por la población hasta el fin de la URSS, pero desde ese momento y al variar las condiciones se ha convertido en emblema, en símbolo a conservar, en soporte de artistas urbanos de todo el mundo, en un atractivo turístico de lo más ‘chic’. Lo que ayer era imagen del totalitarismo hoy lo es de la nostalgia.

El ímpetu con que se intentó arrasar el muro tras el colapso de la URSS se ha trocado en empeño por conservarlo

Durante casi 30 años, desde 1961 hasta 1989, una aplastante mayoría de alemanes de uno y otro lado hubieran hecho lo que fuese para derribar el muro de Berlín. Sin embargo, ahora es al revés, casi todos los alemanes y todos los visitantes están por la conservación de tan emblemática tapia igual que hace unas décadas estaban dispuestos a dinamitarla, derruirla, destruirla, o al menos a traspasarla. No deja de resultar curioso que aquello que fue tan odiado sea hoy tan amado, sorprende que aquello que simbolizó la tiranía se haya convertido en algo así como en un icono artístico y nostálgico; y es evidentemente contradictorio que aquello que fue construido para separar, para encerrar a unos e impedir el paso a otros, sea ahora considerado algo ‘chic’, algo que, según muchos, ha de ser indultado con el fin de que sirva de recuerdo y que aquello no se repita. O sea, que ‘el muro de la vergüenza’ ha pasado a ser el tabique de la melancolía.

Por eso choca que otras construcciones significativas de otros regímenes totalitarios (de ambos signos) hayan sido destruidas de modo inmisericorde, por representar lo que representaban, sin que nadie levantara la voz para exigir su conservación y así no se olvidara su historia. La materialización del ‘telón de acero’ fue construida por la Alemania Oriental (la DDR) con el nombre de ‘Muro antifascista’, y se levantó para impedir el paso a los ‘perros capitalistas’ y, a la vez, para que nadie escapara del ‘paraíso comunista’; lógicamente, nadie quiso cruzar esa pared de oeste a este (salvo para acciones concretas y con idea de regresar), mientras que todos los germano-orientales soñaban con acceder a la parte occidental para quedarse. Hasta 1989 el muro saltaba a la prensa internacional sólo cuando algún desgraciado intentaba la huida y era abatido a tiros por los guardias orientales; actualmente el turista se fotografía allí mismo exhibiendo gran sonrisa. Después de que todo el planeta clamara por el derribo del muro de Berlín, la tornadiza opinión pública ha mutado totalmente y ahora exige justo lo contrario. ¡Qué fácilmente cambia la veleta de dirección! 

Por otro lado, existen actualmente otras barreras de cemento con una de las dos finalidades que tenía la de Berlín: impedir que pasen los de fuera. Por ejemplo la construida por USA para evitar que entren los inmigrantes desde su frontera sur, con cientos de kilómetros (y se sigue construyendo), con iluminación potentísima, sensores de movimiento, visión nocturna, helicópteros y miles de agentes patrullando en todoterreno día y noche…; o la construida por Israel para tener bajo control a los palestinos, levantada ‘contra los terroristas’ pero que en realidad constriñe y aplasta a todo un pueblo. Entonces, cuando los espaldas mojadas puedan entrar en USA como Pedro por su casa ¿se pedirá la conservación de esta valla fronteriza?; y cuando judíos y palestinos resuelvan sus diferencias (hay que ser optimista) ¿habrá quien clame por mantener ese vergonzoso seto de hormigón?

Todo indica que a partir de ahora (si la especulación urbanística no lo impide) el muro de Berlín va a ser una especie de monumento, un atractivo turístico, un centro de peregrinación de artistas del spray, de la progresía de salón y el buenismo de todo el mundo.

CARLOS DEl RIEGO