miércoles, 27 de febrero de 2019

KARL MARX, UNA VIDA DE HIPOCRESÍA Y ALERGIA AL TRABAJO Hace unos días (II-19) fue atacada la tumba (y la efigie) de Karkl Marx en un cementerio de Londres, con pintadas en las que se le acusaba de ser un ‘asesino de masas’; sin embargo, él nunca mató a nadie aunque justificara la violencia. El caso es que, como ocurre casi siempre con personajes idolatrados, Marx esconde muchos, muchísimos ‘cadáveres’ en el armario en forma de contradicción, discriminación, hipocresía, tergiversación, plagio, y lo que hoy se definiría como cara dura

Karl no trabajó en toda su vida lo que Groucho en un año, pero pasa por ser el gran experto en trabajo y trabajadores


Las pintadas insultantes en su tumba londinense traen a la actualidad a un personaje clave en la historia contemporánea, Karl Marx, cuya biografía está repleta de sombras  Muchos autores, historiadores e investigadores han puesto a la vista los abundantes trapos sucios del fundador del marxismo. Y no se trata de ideología (algunos de esos autores habían sido marxistas), sino de la verdad documentada, probada, indiscutible, una verdad que, por otro lado, será insuficiente para convencer a quien jamás aceptará la evidencia si ésta no coincide con su ideología.

Es más que sabido que Karl Marx (1818-1883), el gran defensor de los trabajadores y martillo de la burguesía, se casó con una rica aristócrata (Jenny von Westphalen) y vivió a costa de su herencia hasta que se acabó…, y ello a pesar de haber escrito y ‘filosofado’ sobre lo injusto de las herencias. Jamás quiso ni tuvo lo que se dice una ocupación, un trabajo con el que mantener a su familia, una obligación masculina que nadie (ni él mismo) cuestionaba en el siglo XIX. De este modo, cuando se acabó el patrimonio de su mujer, se las arregló para vivir a costa de su amigo y colaborador Friedrich Engels, auto-declarado comunista y, a la vez, millonario propietario de fábricas en Inglaterra; en otras palabras, Engels escribía contra la propiedad y la riqueza pero era muy rico y posesor de grandes propiedades. Esta contradicción también se observa en Marx, pues escribió o coescribió cientos de páginas acerca del trabajo y el trabajador y, sin embargo, no sólo se negó a trabajar (en la factoría de su amigo, por ejemplo), sino que ni siquiera tuvo curiosidad por ir a ver por sí mismo qué era eso de una fábrica y cuáles eran las condiciones de los proletarios que trabajaban para Engels.

También se tiene por cierta su relación con la sirvienta, de la que nació un hijo. El adalid del comunismo engañó a su mujer (doblemente) haciéndole creer que el recién nacido era de su incondicional Engels. Con esta mentirijilla aplacaba a su mujer y, de paso, ocultaba algo que él siempre había tenido por ‘asquerosamente burgués’: tener criados y, peor aún, convertirlos en amantes.

El escritor e historiador alemán Leopold Schwarzschild (1891-1950) estudió la correspondencia que durante cincuenta años mantuvieron Marx y Engels; en su obra ‘El prusiano rojo. La vida y la leyenda de Karl Marx’ deduce (con muchísimos argumentos y evidencias incontestables) que “fue un hombre que encontró en el proletariado un instrumento de su ambición personal”. Asimismo, este autor expone que Marx siempre fue un vividor alérgico al trabajo (sus escritos le proporcionaron poco rédito), así que cuando la familia de su mujer dejó de ser su fuente de ingresos, “sedujo a Engels para que lo mantuviera”. O sea, que jamás trabajó. “Nunca realizó el más mínimo esfuerzo por visitar una fábrica o conocer un sistema productivo. Más bien, sus esfuerzos se volcaron en vivir de Engels, consiguiendo de su amigo una auténtica pensión vitalicia”.

En su correspondencia también se nota racismo. Por ejemplo, a Ferdinand Lasalle lo trató de “negrito judío” y “judío grasiento”. En una carta que le escribió a Engels en 1862, expresa: “Ahora no tengo la menor duda de que, como indica la conformación de su cráneo y el nacimiento de su cabello, desciende de los negros que se unieron a Moisés en su huida de Egipto, a menos que su madre o abuela paterna tuvieran cruce con negro” (¡qué disparates!). Igualmente se opuso  a la boda de su hija con Paul Lafargue porque éste era de origen cubano y tenía la piel oscura; sus desprecios no terminaron una vez casados, pues tildaba despectivamente a su yerno de “negrillo” o “gorila”. Además, tenía criados en su casa, pero nunca les pagó. Y si algún obrero se atrevía a discutirle alguna de sus afirmaciones, reaccionaba con violencia y lo tachaba de “ignorante”; por ello, si alguno de sus compañeros de la Liga Comunista le contradecía, era apartado fulminantemente de los órganos de dirección, donde sólo podían estar los inequívocamente afines.

En cuanto a sus obras literarias, la mayor parte de lo que se le atribuye lo escribió Engels. Pero también se apropió de pensamientos y reflexiones ajenas; por ejemplo, en sus textos aparecen máximas y sentencias que, al no citar al verdadero autor, parece que son originales, como “la religión es el opio del pueblo”, que Heinrich Heine escribió en 1840; igualmente se apropió de “los obreros no tienen nada que perder salvo sus cadenas”, cuyo autor es Jean Paul Marat (‘L´ami du peuple’); o la tan divulgada “¡proletarios del mundo, uníos!”, que aparece en el Manifiesto del Partido Comunista como propia, aunque es del también alemán Karl Sapper.

En fin, es innegable la enorme influencia que Karl Marx ha tenido en el último siglo y pico, sin embargo, conviene conocer la realidad para poner al personaje en su sitio. 

CARLOS DEL RIEGO

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