domingo, 11 de junio de 2017

¿PUEDE UN GRUPO DE ROCK SOBREVIVIR A LA MUERTE DE SU ESTRELLA? Hace unos días el guitarrista de Queen, Brian May, presentó una versión del juego del Monopoly que gira en torno al histórico grupo; también ha intentado lo imposible: Queen sin Freddy Mercury. A muchos les cuesta dejar de estrujar los buenos tiempos.

   
Cuesta imaginar por qué habrá vendido May la imagen de Queen y por qué habrá tratado de suplir al insustituible Freddy.
Sorprende que el gran guitarrista siga obsesionado por la idea de extraer hasta el último céntimo posible de la memoria de la banda. Como es sabido, May ha intentado varias veces sustituir a Freddy Mercury y otras tantas se ha estrellado contra la realidad: por mucho dinero que gane exprimiendo el nombre, Freddy es insustituible, es decir, no es posible ver a Queen si no está Freddy a la voz, o lo que es lo mismo, Brian May a la guitarra y Roger Taylor a la batería jamás serán Queen aunque usen ese título; y mucho menos con sustitutos como el veterano Paul Rodgers o el lechuguino pisaverde de Adam Lambert, surgido de una operación triunfo estadounidense. Aun sin conocer el estado de las finanzas del músico y astrofísico, es fácil suponer que no debe pasar estrecheces, ya que posee múltiples derechos de muchas de las grandes canciones de la banda que se siguen vendiendo y, por tanto, recibirá golosos beneficios regularmente. Por tanto, ¿por qué esa obcecación por hacer caja con cualquier cosa que tenga que ver con Queen?, y ¿por qué no termina de asumir que Queen dejó de existir cuando Freddy se fue? Vale que se hicieran todos los homenajes, tributos y recordatorios en su momento, pero una vez muerta la Reina, mejor dejarla descansar; así lo entendió el tercer superviviente, el bajista John Deacon (autor de algunos temas emblemáticos), quien participó en aquellos conciertos inmediatos a la marcha de Mercury pero se negó rotundamente a tomar papel en las farsas que May y Taylor montaron posteriormente. Ahora, con un descaro que deja perplejo, Brian May convierte a Queen en reclamo para un juego de mesa con el fin de sacarse unos euros; ¿qué será lo siguiente?, ¿un sopicaldo con el escudo que identifica al grupo?

En realidad este fenómeno se ha dado varias veces: los supervivientes de una banda de rock que pierde a su estrella intentan aprovecharse del nombre y continuar como si nada hubiese pasado, como si no quisiesen aceptar que, sin esa presencia poderosa, el grupo ya no es el que era aunque siga llamándose igual. Es fácil recordar el burdo intento de los compañeros de Jim Morrison por continuar con The Doors cuando él ya no estaba. Incluso publicaron dos discos que, escuchados hoy, se antojan verdaderamente penosos (avergüenza ver que canciones como ‘The mosquito’ estén en un disco de este grupo). La codicia, la pasta, era el objetivo, y por eso trataron de seguir obteniendo réditos extraordinarios de la legendaria banda que ya no era, como cuando intentaron vender una canción para un spot publicitario por 15 millones, a lo que el bajista, John Densmore, se negó. Hay que recordar que ya en 1968, con Jim ausente, los otros tres (Manzarek, Krieger y Densmore) aceptaron 75.000 dólares por convertir ‘Come on baby light my fire’ en ‘Come on Buick light my fire’; cuando Morrison se enteró obligó a los otros a devolver lo cobrado y rescindir el contrato. (Emplear un clásico para dar empaque a un anuncio o ambiente a una película es reconocer su valor, cambiarle la letra para convertirlo en sintonía comercial es una venta, una traición).   

Abiertamente avaricioso y desvergonzado fue el regreso de los Sex Pistols en lo que ellos mismos llamaron ‘La gira del lucro indecente’ (1996); pero al menos, Rotten, Jones, Cook y Matlock (primer bajista del grupo, anterior a Sid Vicious) no engañaban: declaraban sin ambigüedades que volvían exclusivamente para recaudar dinero; y tal cosa hicieron en otras ocasiones, reuniéndose cuando les ofrecían jugosos contratos, de modo que no extraña que algunos críticos calificaran de ‘lamentables' aquellas actuaciones.

Sin embargo, no faltan ejemplos de bandas más que significadas en las páginas doradas del libro del rock que supieron superar con éxito y credibilidad la pérdida de su gran estrella. Un ejemplo de transición elegante y sin complejos fue la que llevaron a cabo los integrantes de Joy Division tras la muerte de su solista, Ian Curtis. Eso sí, cambiaron de nombre y de estilo, dejando que las cosas evolucionaran sin ataduras ni añoranzas; en definitiva, se convirtieron en otro grupo. Algo parecido sucedió con Pink Floyd; como es más que conocido, la salud mental de su fundador, Sid Barret, provocó su expulsión, siendo su sustituto David Gilmour, lo que conllevó un cambio en el alma y la intención artística. En ambos casos, de alguna manera, los vivos rompieron con el muerto y construyeron una nueva banda; y las dos disfrutaron de gran éxito, lo que significa que no es preciso vivir de la memoria del muerto…, siempre que se tenga algo que ofrecer.

En otras ocasiones el fallecido, aunque carismático, no era la principal estrella de la banda, al menos desde el punto de vista creativo, por lo que su sustitución resultó menos traumática. Difícil fue para AC DC la búsqueda de un nuevo cantante cuando falleció el titular, el recordado Bon Scott, pero la idea de la banda no cambió cuando saltó a escena el suplente; y es que la estrella era y es el Young más joven. The Who perdieron al inquieto y explosivo Keith Moon, pero no tuvieron problemas para encontrar quien ocupara la banqueta vacía y continuar; al igual que en el caso anterior, el departamento de composición estaba intacto, por lo que el cambio de baterista no supuso grandes trastornos. De todos modos, lo mejor de The Who se hizo con Keith a las baquetas. 

Lo de Led Zeppelin fue algo único. A la muerte de su batería, el poderoso John ‘Bonzo’ Bonham, los tres restantes decidieron no continuar, pues “nada es lo mismo sin John”, y ni las más mareantes ofertas les hicieron cambiar de opinión, de modo que Led Zep jamás han existido sin su inolvidable percusionista. Éste murió en 1980, y en ese preciso momento la banda cesó definitivamente a pesar de que tan significativa baja no afectaba sustancialmente a la parte creativa, es decir, podían haberse buscado un buen batería y continuar como si tal cosa. Mil veces acusados de plagio, Page, Plant y Jones mostraron con aquel gesto una elegancia y fidelidad pocas veces vista en un ambiente tan poco fiable como es el del rock & roll. Siempre quedará la duda de qué hubieran hecho, cómo hubiera sonado Led Zep sin Bonzo. Mejor así.   

Hay situaciones, en fin, en que el reemplazo es imposible, por lo que la cosa ni se plantea; así, ¿alguien se imagina a la Jimi Hendrix Experience sin Jimi, a T. Rex sin Marc, a Nirvana sin Kurt, a los Allman Brothers sin los hermanos Allman?


CARLOS DEL RIEGO