miércoles, 6 de julio de 2016

LOS TRANSGÉNICOS, GREENPEACE Y LOS PREMIO NOBEL Tremenda agitación ha causado la publicación de una dura y acusatoria carta firmada por 109 premios Nobel en contra de quienes desconfían de los alimentos modificados genéricamente, o sea, de los transgénicos.

El Premio Nobel no otorga el don de la infalibilidad.
La diana principal de estos envenenados dardos ha sido la organización ecologista Greenpeace (cuya postura al respecto parece, por otro lado, un tanto cerril), pues no es otra la acusada indirecta pero gravemente por los nobeles: “¿Cuántos pobres tienen que morir antes de que consideremos esto un crimen contra la humanidad?”, termina la agitadora misiva. Para empezar, resulta desconcertante la contundencia, el maniqueísmo y la soberbia con que se han manifestado esos cien sabios; parecen estar incondicionalmente convencidos de que ese producto industrial es la panacea, a la vez que presentan a los ecologistas como unos pervertidos que desean el mal universal (esto último puede traer indeseadas consecuencias); además, entre los que tienen tan alta condecoración habrá gente honesta y sinvergüenzas, al igual que ocurre con los pescaderos y los jueces, los taxistas y los cirujanos. Por otra parte, no sería difícil citar a otros tantos científicos que proponen serias dudas acerca de esa especie de maná. Puede añadirse que la opinión que sobre este asunto aporte un Nobel de Literatura es respetable, pero irrelevante.

La polémica admite, evidentemente, no pocas visiones. Es posible que los transgénicos sean alimentariamente válidos y muy beneficiosos, aunque no ha transcurrido tiempo suficiente para comprobar sus efectos a largo plazo. Sin embargo, la experiencia que se tiene hasta ahora es que allí donde están plantados se han hecho con el entorno, es decir, han terminado con toda biodiversidad. Y nadie ignora (aunque este ‘pequeño’ detalle no se menciona en la susodicha carta) que quien usa ese tipo de semilla tendrá que comprarla año tras año, siempre, pues como es sabido su fruto no produce simiente válida para posteriores siembras. Esto sí que es una evidencia indiscutible, y puede explicar los desesperados intentos del lobby GMO (organismos genéticamente modificados) por prestigiar sus mercaderías.

Además, ¿alguien puede creerse que a Monsanto le preocupa el hambre en el mundo?, habría que beber muchos litros de agua para tragarse esa rueda de molino; nada de eso, lo único que pretende es obtener beneficio, que es la única obligación de cualquier empresa. Bien puede deducirse que, dado que a pesar de sus esfuerzos durante años no han conseguido convencer al consumidor, las corporaciones dedicadas a la manipulación genética de alimentos han optado por otro tipo de estrategias, en este caso buscar la credibilidad de unos premios mundialmente conocidos para que proclamen las bondades de su producto. Algo muy parecido  a lo que hace la firma de artículos deportivos cuando contrata a una estrella del deporte para que publicite sus manufacturas.

También es preciso tener en cuenta que ser Premio Nobel no significa estar en posesión de la verdad, es más, los que han recibido tal distinción no son infalibles ni tienen necesariamente a la ciencia y la ética de su parte. Por otro lado, algunos de esos laureles pueden ser considerados dudosos; por ejemplo el de Obama, que fue distinguido con tal cosa a los pocos meses de ocupar la Casa Blanca, o sea, sin haber tenido tiempo para hacer nada, ni bueno ni malo, y cuyo principal mérito hasta ese momento era ser el primer presidente negro de Usa. Asimismo no hay que olvidar que personajes tan oscuros como Henry Kissinger también ostentan los honores de la Academia Sueca; por no recordar las palabras racistas de James Watson, Nobel de Medicina y Fisiología en 1962, que venían a señalar que los negros son genéticamente menos inteligentes que los blancos… No, los Premio Nobel no son espíritus puros ni lo que dicen es dogma de fe.

Sea como sea, acusar a Greenpeace (una organización, eso sí, más bien dogmática y adoctrinadora) de un cometer un crimen contra la humanidad por oponerse a un producto industrial parece un disparate; es decir, poner a dicha entidad a la altura de las SS o el KGB se antoja un exceso, un esperpento. Y es que si más de cien personas con reconocido prestigio señalan tan gravemente quiere decir que esos sabios han perdido la cabeza, o no han leído lo que han firmado, o han sido convencidos con razones y/o propuestas que no se pueden rechazar.

No se trata de oponerse dogmáticamente a la biotecnología alimentaria, pero tampoco hay que exagerar y calificar de criminales a quienes estén en contra; algo parecido ocurre con los más fanáticos veganos, que tachan de asesinos a quienes degustan el chuletón y el jamón. Del mismo modo, no se pueden presentar este tipo de productos como el remedio definitivo contra el hambre en el mundo, ya que esta calamidad es consecuencia de diversas causas (tiranías, estados desestructurados, fanatismos, corrupción, codicia, violencia, o la propia naturaleza), no exclusivamente de la agricultura.      


CARLOS DEL RIEGO