miércoles, 4 de mayo de 2016

EN EL DEPORTE, ¿ES MEJOR GANAR O HACERLO BONITO? Gran polémica se vive en el mundillo del deporte cuando un equipo (o jugador solista) menos vistoso derrota a otro que lo hace de maravilla. Concretando, esta controversia se produce, sobre todo en el momento presente, en el fútbol y en el tenis.

Vale todo, jugar bonito o feo, a la defensiva o al ataque,
lo único que importa es ganar.
Así, hay profesionales, periodistas y personal de a pie que subestiman el triunfo de los que, con un estilo más tosco o sencillamente distinto, alcanzan los máximos objetivos. Más aún, se han escuchado voces muy autorizadas que, rozando o entrando totalmente en la falta de respeto, se permiten decir cosas como “ese modo de jugar es indigno”, o “me aburre y me asquea esa manera entender el juego”, o “es una injusticia que el que mejor lo hace haya sucumbido ante una propuesta tan rácana”, o “me daría vergüenza ganar así”.

Sin embargo, quienes tienen esa opinión están equivocados, puesto que en el deporte, en el verdadero deporte, no importa cómo se haga, no influye en el resultado final una mejor estrategia o táctica, más elegancia de movimientos, una deliciosa sincronización, la superior perfección técnica o, en el campo de fútbol, las ocasiones acumuladas, el estilo o la posesión. Nada de eso tiene en el deporte profesional la mínima importancia, puesto que como decía un sabio, lo único que vale, lo único que queda, lo único que satisface, lo único por lo que se deja la piel en la cancha es ganar, una y otra vez; o sea, que dan igual las maneras y recursos que se utilicen en la pelea deportiva: sólo cuenta el resultado final (lógicamente sin hacer trampas) y en éste no influye cómo se ha llegado a él. Por eso, a diferencia del verdadero deporte en el que no se reflejan en el resultado cosas como la gracia o el primor en la ejecución, hay competiciones que no han de ser consideradas como deporte, ya que en ellas lo que cuenta, lo que organiza la clasificación es cómo lo han hecho los competidores, o sea, intervienen factores como la sincronización, la coordinación, la coreografía, la elegancia…, que son valores de las artes escénicas, no deportivos.

En la esencia deportiva está la libertad para que cada uno juegue como sabe, tratando de utilizar sus armas e inutilizar las del rival, o sea, cada equipo o deportista hace lo que puede y lo que el contrario le permite. Y todo es válido, todo es legítimo, más aún, se antoja deseable que exista variedad de estilos, propuestas diferentes que se enfrenten. Por eso, no resulta admisible que se menosprecie una manera de hacer, ya que así se está dando a entender que todos deben jugar del mismo modo, todos igual, y quien se salga de la norma “es indigno, vergonzoso”.

En la cancha de tenis se produce esta controversia de una manera muy particular. Por un lado están los que gustan del juego directo, el de palo y tentetieso, el que sólo se preocupa por golpear y golpear; y por otro están los que optan por usar más variantes, recursos diferentes, y armas como ceñirse al plan, mantenerse positivo, leer el desarrollo del juego… y no perder de vista aquello de que más vale maña que fuerza. Los que están en contra del zambombazo constante afirman que es un juego de robots que alargan el brazo y atizan todo lo fuerte que pueden, sin importarles otra cosa; de este modo, se ve un golpe ganador cada seis errores groseros, con lo que la cosa resulta fría, sin lucha heroica, sin drama deportivo…, todo se queda en ver qué bola corre más. Por su parte, los que detestan el juego más calmado y variado suelen acusar de ‘pasabolas’ a los que no buscan pronto el golpe definitivo, y añaden que se aburren con los intercambios insípidos, con lo de defender y esperar el error del contrincante… Pero lo cierto es que, al igual que en cualquier verdadero deporte, es ideal que existan muchas modalidades, muchas posibilidades, muchas formas de ganar; es deseable el enfrentamiento entre una estrategia y otra, entre la propuesta defensiva y la agresiva, entre quien aguanta la bola y quien trata de romperla, entre el método más vistoso y el menos lucido.    

Todo sistema es, siempre que esté dentro de las normas, absolutamente lícito, de modo que utilizar calificativos como “indigno” para descalificar el triunfo de quien no juega bonito, equivale a demostrar que no se entiende el hecho deportivo. Es decir, da la impresión de que existen profesionales y aficionados que desearían que en el resultado del partido quedara reflejado el modo en que se ha jugado, o las ocasiones que se han tenido, o el porcentaje de posesión de balón. Un disparate; quien desee esto es mejor que lo busque en un escenario, donde lo que se desea es el valor artístico, los movimientos, las expresiones…, y no en un campo de juego, en donde sólo interesa anotar más que el rival, o llegar antes, o más lejos. Esta es la esencia del deporte y sólo del deporte: más rápido, más alto, más fuerte, no más sincronizado, más elegante o más coordinado. 

En fin, todo hincha o simpatizante siempre preferirá que su favorito gane jugando mal a que lo haga de maravilla y palme, igual que todo deportista, igual que todo el mundo.


CARLOS DEL RIEGO