miércoles, 18 de mayo de 2016

EL PELIGRO DE UNA POLÍTICA OMNIPRESENTE Interese o no, la política ha invadido prácticamente todos los entornos, viviendas, bares, tiendas, medios de comunicación o centros de trabajo; el quehacer de personas y colectivos termina por infectarse, con consecuencias siempre indeseables.

Los excesos de las clases políticas suelen provocar lo mismo que el encuentro entre el fuego y el combustible
Como todo en este mundo es cuestión de medidas, tener inquietudes políticas es saludable, pero si las ideologías presiden todo, si la relación personal se mide según los colores que se defienden, la convivencia puede volverse tóxica. Pues tal cosa sucede en España desde hace años, y los observadores externos así lo aseguran; según éstos, aquí se ha politizado todo, desde el deporte a la música, la literatura y la prensa, el cine y el teatro, la ciencia y la sanidad…, y no digamos la enseñanza, ya en el instituto ya en la universidad. Y por eso apenas hay figura que destaque en cualquier actividad que no se haya significado políticamente, casi siempre de un modo radical y a veces faltoso y grosero. En fin, todo está contaminado por un exceso patológico de política.

Una de las causas de la politización perniciosa de la sociedad viene de arriba, de los que ejercen la política de un modo profesional. Desde todos los partidos se hace, lógicamente, política partidista: lo importante es el beneficio del partido y el daño del rival-enemigo. Asimismo, hay que tener en cuenta que esta actividad es muy narcisista, siempre se mira a sí misma y dedica la mayor parte de su tiempo a sí misma; de hecho, los que han hecho de esa actividad su trabajo ponen toda su atención, todo su empeño  en las cuestiones de partido y la brega cotidiana, ya sea en pasillos, parlamentos o medios de difusión. En definitiva, la mayoría de los políticos (siempre habrá alguna excepción) han convertido la política en su objetivo último, en su fin exclusivo, de manera que el que alcanza el sueldo público tiene como prioridad absoluta mantenerlo, por encima de cualquier otra consideración; por esta razón, en política la experiencia no es virtud sino vicio. Si a ello se añade que en España hay innumerables centros de poder (municipal, provincial, autonómico, nacional…) y con innumerables cargos cada uno, se comprenderá que la política está irremisible y perjudicialmente enmarañada. Y por si fuera poco, no ha de olvidarse que, como todo egocéntrico, consume en sí misma un vergonzoso exceso de recursos.

Igualmente es destacable cómo el recién llegado al entramado administrativo coge rápidamente el tranquillo, cómo en poco tiempo entiende y adopta todos los usos y procedimientos de los veteranos, los cuales tienen como meta la propia política, o sea, mantenerse a bordo de tan codiciado barco pase lo que pase y caiga quien caiga. Si existiera un tope, un máximo de estancia en labores públicas a cargo del erario, todo sería completamente distinto, ya que el servidor del estado tendría la certeza de la fecha en la que habría de bajarse del barco y, por tanto, no gastaría tiempo, dinero y recursos en encontrar la forma de perpetuarse en el sillón (lo que no quiere decir que no cayera en otras inmoralidades consustanciales al poder y a la autoridad que dan los cargos). Y ello por no hablar de que en el actual escenario muchos de los que acceden a la tarima quieren hacerse notar, llamar la atención, y por eso no dudan en soltar auténticas enormidades, ocurrencias disparatadas y un atrevimiento que no procede más que de la ignorancia.   

Todo ese ajetreo diario que se traen los que viven subidos en el barco (con intención de no abandonarlo jamás), se contagia a la vida cotidiana del ciudadano; y por ello, lo que en una reunión de amiguetes empieza con un comentario jocoso rebatido entre risas, puede terminar en palabras gruesas, aspavientos y gesticulación exagerada. Y si se continúa la escalada, las discusiones se tornan en duro intercambio de monólogos, puesto que los que discuten no escuchan las razones del otro, no se produce una exposición de argumentos, refutaciones, réplicas…, sino que la mayoría de las veces es una competición para ver quién habla más alto. De este modo, va subiendo el encono hasta que desemboca en una auténtica riña que, en el peor de los casos, llega a las manos (fue noticia no hace mucho un banquete de boda que acabó a tiros tras enzarzarse dos invitados en disputa política, la cual se convirtió en auténtica y multitudinaria pelea callejera). En consecuencia, la relación entre familiares, entre  amigos o compañeros se avinagra, se rompe y fácilmente se convierte en antipatía y rechazo, hasta llegar al rencor y la enemistad abierta.

Algo así debía ser el clima que reinaba en España durante la II República; quienes lo vivieron cuentan que amigos íntimos, hermanos, padres e hijos se llamaban de todo, se manifestaban su odio, se amenazaban, se denunciaban y, finalmente, se mataban, ya fuera en Brunete o en ‘el paseo’. Afortunadamente parece impensable que, ochenta años después del inicio de la Guerra Civil, ese encono, esa inquina procedente de la clase política conduzca al enfrentamiento armado en la calle. Y es que, a pesar del apasionamiento y la vehemencia ideológica que muestra el habitante de la península desde hace milenios y que fácilmente deriva en posturas irreconciliables, las cosas han cambiado mucho, y la gente ya no está dispuesta (como en los años 30 del siglo pasado) a perder tanto como perdió en los años siguientes a 1936.

No es de extrañar que en muchas reuniones familiares y de amigotes se haya prohibido expresamente hablar de política, pues no cabe duda de que un exceso de la misma (como todos los excesos) resulta siempre nocivo, venenoso, peligroso.  


CARLOS DEL RIEGO