miércoles, 3 de junio de 2015

VERIFICACIÓN DE SEXO FEMENINO EN EL DEPORTE No ha gustado ni a las deportistas ni a las feministas más combativas y reivindicativas que la federación de fútbol exija a las mujeres que demuestren su condición; sin embargo, es evidente lo necesario de tal requisito.

La sudafricana Semenya se sometió a prueba de sexo, y aunque no se dijo nada del resultado se le permitió seguir compitiendo como chica

El ámbito deportivo está siendo importante fuente de noticias de alcance internacional, pero no precisamente por lo ocurrido en los terrenos de juego. Así, la dimisión del presidente del fútbol mundial (Blatter) acosado por los casos de corrupción, o el bochornoso espectáculo vivido en la final de la Copa del Rey de Fútbol. Del mismo modo, acaba de saberse que las jugadoras que tomen parte en el próximo Mundial de Fútbol femenino (a partir del 6-VI-15) deberán someterse a una verificación de sexo, es decir, han de demostrar que son mujeres. No ha gustado nada el anuncio de la medida, sobre todo a las feministas que buscan guerra, sin embargo, las deportistas se lo han tomado con menos rabia y más humor.

Al morir violentamente se hizo autopsia a Stanislawa, comprobándose que la campeona olímpica tenía genitales masculinos

La federación de fútbol exige que ellas presenten características sexuales femeninas secundarias (pechos, caderas, musculatura…), que tengan los niveles de testosterona correctos e incluso que sean examinadas por el ginecólogo. Muchas personas han reaccionado contra este “atentado contra la dignidad” y clamado contra esta “humillación y violación de la privacidad”. De este modo, quienes se posicionan en contra del requisito señalan que la identidad sexual la demuestra la trayectoria, es decir, si la mujer ha participado en competiciones femeninas desde sus inicios, no tiene por qué demostrar que es mujer, pues es toda su vida deportiva la que lo acredita (también hay quien afirma que la identidad sexual es la que cada uno escoja, pero este razonamiento no vale en las pistas); otros apuntan que no se puede decir que esto del sexo sea matemático, o sea, que no es o blanco o negro, sin embargo, no se puede discutir que hay que poner una frontera. De todos modos, no ha de verse como afrenta requerir un examen a deportistas como la atleta Caster Semenia o la futbolista Eun Sun, ya que el aspecto de ambas no es lo que se dice muy femenino; sea como sea, la regla dice que si una rival exige la prueba, ésta ha de hacerse. Curiosamente, hace unas décadas eran las propias deportistas las que pedían pruebas de sexo más estrictas, sobre todo cuando se trataba de atletas o nadadoras de más allá del ‘telón de acero’. En cualquier caso lo que se persigue es la trampa y, por tanto, proteger a las que compiten limpiamente.

El asunto, en realidad, viene de antaño, pues en la historia del deporte en general y de los Juegos Olímpicos en particular se han dado casos comprobados de tipos que han competido en categoría femenina. La mujer debuta en los juegos en Londres 1908 (fueron 36 las primeras olímpicas), pero unos años más tarde el activismo feminista exigía más y más, tanto que en Amberes 1920 les parecieron muy pocas las participantes (ninguna en atletismo), así que organizaron unos juegos exclusivamente femeninos el año siguiente en Montecarlo (con escasa participación), y luego otros campeonatos sólo para chicas; finalmente (y afortunadamente) en Amsterdam 1928 se abren todas las puertas. Desde entonces, las deportistas olímpicas han protagonizado algunas de las más bellas y asombrosas gestas deportivas y humanas.  
  
Casi desde el primer momento se producen casos sospechosos. El más conocido es el de la polaca Stanislawa Walasiewicz, que ganó los 100 lisos en Los Ángeles 1932 (en su vida deportiva batió infinidad de récords); tal era su superioridad que los polacos decían que sólo un hombre podría ganarla, pero fue derrotada en Berlín 1936, cuando la estadounidense Helen Stephens la superó; acusada ésta de ser chico, se presentó ante los jueces y se desnudó…, quedando demostrada su feminidad. Pero lo sorprendente es que al morir Stanislawa asesinada en 1980 y practicársele la autopsia, se comprobó que tenía órganos genitales masculinos, aunque no era exactamente hombre: presentaba cierto hermafroditismo, pero era más macho que otra cosa. También es paradigmático el caso de Mary Louise Weston, que participó en aquellos juegos femeninos en 1926, pero luego se convirtió en Mark, se casó con Alberta Matilda ¡y tuvo hijos! La alemana Dora Ratjean participó en Berlín 36; llamaba la atención su voz profunda y el hecho de que no quisiera compartir ducha…, luego se supo que se llamaba Hermann y era un tío con toda la barba. La coreana Sin Kim se retiró en 1966, justo cuando se impusieron pruebas de sexo. Las deportistas de la extinta DDR y otros países de la órbita soviética anterior a la caída del Muro de Berlín asombraron durante décadas por sus resultados…, pero también por la casi certeza de dopaje y porque algunas de ‘ellas’ presentaban sospechosas características físicas masculinizantes; así la soviética Irina Press o la checa Jarmila Kratochvilova.   

Cuestión peliaguda es que no quede claro el sexo de personas que, física y sicológicamente, no saben muy bien a qué carta quedarse. Lo mejor sería comprobar los cromosomas desde que se llega a la competición federada y así se tendría una evidencia para siempre. A pesar de ello, aunque sea excepcionalmente, se han comprobado casos de hermafroditismo, resultando de lo más curioso el hecho invariable de que, puestos/as a elegir, optan por competir como chicas.

Ante esta cuestión empiezan a surgir opiniones favorables a la unificación total, a la igualdad absoluta: que todos, todas y todos/as, sean lo que sean, disputen la misma prueba o competición, sin distinción ni separación por sexos. Si esto se produjera (algo que no sería del todo justo), seguro que las feministas más iracundas rechazarían tanta equiparación, tanta igualdad.


CARLOS DEL RIEGO