domingo, 28 de junio de 2015

DEVO Y TALKING HEADS: ÚNICOS EN SU ESPECIE Si se trata de encontrar similitudes, influencias o afinidades, resultaría muy difícil encontrar bandas de pop y rock que no tuvieran algo que, manifiestamente, recordara a otros. Los estadounidenses Devo y Talking Heads son la excepción.

Pocos grupos han sorprendido y divertido tanto como Devo
Hasta los nombres más iconográficos, e incluso los precursores, tienen tonalidades, texturas, matices, tics que traen a la memoria aquello que hizo aquel antes. A pesar de ello, hay momentos especiales en que se dan las circunstancias para que surjan propuestas artísticas que apenas tienen que ver con lo hecho anteriormente; uno de esos momentos se produce cuando, a mediados de los setenta del siglo pasado, se produce la visión rupturista con que el punk asaltó la escena musical: cuestionándolo todo y demostrando que lo importante (en esto de la música rock) es tener algo diferente y novedoso que decir, aunque sea autodestructivo y ejecutado con más ilusión que técnica. Después de esa especie de purga que tan bien le vino a la parte artística y a la parte industrial (con la llegada de los sellos y producciones independientes y ajenas a las multinacionales), aparecieron nombres con planteamientos verdaderamente originales, insólitos en algunos casos y, excepcionalmente, absolutamente únicos, objetivamente incomparables.



Dos grupos estadounidenses caben perfectamente en la denominación de solitarios en su especie: Devo y Talking Heads. Así, ¿qué otras bandas se parecen a éstas?, o ¿a qué otras recuerdan tanto los de Akron como los de Nueva York? Por mucho que se piense o se recurra a las enciclopedias, es imposible encontrar semejanzas, puesto que ambas muestran unas formas inéditas e imposibles de imitar. Cierto que muchas otras formaciones poseen caracteres que los hacen fácilmente identificables, sin embargo, la singularidad de estas dos no se limita a características, sino que sus rasgos extraños, disparatados a veces, funcionan excepcionalmente bien, hasta el punto de que consiguieron piezas con un indudable éxito comercial.

Ambas inician su andadura hacia el 73-74 y hacen su primera apuesta discográfica en 1977 para, tras tres lustros y unas obras absolutamente singulares, retirarse del juego al ver la evidencia: han agotado sus mejores bazas y una retirada a tiempo garantiza un buen recuerdo; a pesar de todo, Devo no se resistieron a volver a la partida aun cuando el ‘casco-tiesto’ con que se tocaban en sus años de gloria ya no tenía la misma gracia. También coinciden en ser frutos de la incontenible ‘nueva ola’ estadounidense y en que, antes o después, fueron producidos por el fantasioso, iluminado, Brian Eno.


El punk estaba en plena ebullición cuando Devo (en algún momento pensaron que el hombre iba a hacia una ‘de-evolución’) ponen patas arriba el mundo del rock, incluyendo algunos de sus cánones más dogmáticos, con sus primeros pasos discográficos, sobre todo con esa extravagante pero atractiva versión del ‘Satisfaction’ de los Rolling Stones, una visión irreverente, caprichosa, cortante, divertida…, algo sólo al alcance de auténticos chalados. La primera vez que se escuchaba resultaba como una inesperada ducha de agua helada, de modo que tras una profunda primera impresión, el oyente la amaba o la odiaba para siempre, no había otra posibilidad. Pero es que aquel primer single de tres canciones incluía la atrevida ‘Mongoloid’, tema que habla de alguien que tiene síndrome de Down pero lleva una vida absolutamente normal; por ésta y por otras de sus particularidades, Devo también fue conocido como ‘El increíble combo de mongólicos mutantes de Akron’, apelativo que hoy sería considerado insultante y ofensivo. Luego editaron discos y piezas fantásticas y de difícil clasificación (‘Whip it’, ‘Girl U want’, ‘Going under’, ‘Time out for fun’), canciones que, en conjunto, muestran un sonido imposible, con influencias de todas partes, como si hubieran nacido en un cruce de mil caminos y hubieran tomado algo de cada uno para, finalmente, construirse uno nuevo. Han pasado décadas y muchos de sus títulos siguen dejando descolocado al que se acerca a ellos descuidado.

Talking Heads también eran carne de cruce, mestizos hasta el infinito. De hecho ¿qué género musical no aparece antes o después, en mayor o menor medida, en alguna de las producciones de las Cabezas Parlantes?, y a la vez, ¿alguna banda anterior o posterior presenta afinidades significativas? Para encontrar respuesta a estas preguntas y para volverse incondicional perpetuo del grupo hay que ver la película ‘Stop making sense’ que, dirigida por Jonathan Demme, muestra uno de sus conciertos. Ya su primer disco mostraba algo así como una locura controlada, perfectamente reflejada en temas como el inquietante ‘Psycho killer’ (de la que un grupo de ‘locos’ hizo una parodia titulada ‘Psycho chicken’); luego llegaron otros temas tan infrecuentes como el tremendo ‘Burning down the house’, el delirante ‘Blind’ y, por supuesto, todo el álbum Remain in light’ (1980) que incluye la inclasificable, la extraña, misteriosa y hechicera ‘Once in a life time’. ¿Las letras?, tan delirantes como las construcciones de las canciones; el propio David Byrne (artífice de casi todo) señaló que sus textos son surrealistas, oníricos, puesto que “vivimos medio despiertos y medio con piloto automático”. Sea como sea, bien puede asegurarse que en la historia del rock no hay nada que pueda compararse con Talking Heads.

Se trata, en fin, de dos ideas artísticas sumamente creativas, muy originales y, sin duda, hijas de su tiempo, de aquel momento en que la música rock se vio libre de los corsés y los prejuicios.   


CARLOS DEL RIEGO