miércoles, 1 de abril de 2015

DESPELLEJAR DEPORTISTAS EN LA RED, EL NUEVO DEPORTE Durante la primera década del presente siglo el deporte español adquirió un enorme protagonismo a escala global, pero aunque resulte increíble muchos españoles sufrían con sus éxitos y esperaban ansiosos sus derrotas

Muchos de sus compatriotas desconfían de sus éxitos y se alegran de sus derrotas. En realidad esa inquina hacia Nadal procede de la envidia
Jugadores y deportistas hispanos de especialidades individuales y por equipos triunfaban un día sí y otro también. Pero como es lógico, no se puede ganar siempre, tarde o temprano se pierde. Lo curioso es comprobar cómo el paso del éxito arrollador a la derrota sin paliativos es celebrado no ya por los que antes no ganaban (y sus compatriotas), sino por los que se supone deberían apoyar a sus deportistas. Por otro lado, aunque no es representativo del sentir general, sí resulta ilustrativo echar un vistazo por los distintos foros y revisar comentarios, puesto que muestran lo mal que sienta a algunos españoles la victoria de otros españoles; también queda patente la falta de información, cultura, conocimiento y muchas veces de educación que evidencian muchos de los que se permiten dejar por escrito sus sandeces, incoherencias, inquinas y disparates en internet; la mayoría no piensa antes de escribir, de modo que seguro que una vez que ha reflexionado, preferiría no haber escrito, aunque también hay quien, sin más, rara vez ejercita su materia gris.  
  
Nadal, Alonso, Casillas (por citar tres ejemplos) son deportistas que causan admiración en todo el mundo, y aunque existen aficionados que prefieren el estilo de otros o sus simpatías van hacia otro lado, fuera de España se les ve como a grandes estrellas que exceden el plano deportivo. Sin embargo, por increíble que parezca, muchos de sus compatriotas los menosprecian, minusvaloran sus victorias y se alegran de sus derrotas. Es este un fenómeno digno de estudio que, si se analiza, puede llevar a la conclusión (una de ellas) de que no hace sino seguir una especie de tradición antiespañolista que se mantiene casi exclusivamente en España: esa que dice que lo español es lo peor, esa que proclama que los protagonistas hispanos que ha ido dejando la Historia son farsantes, ladrones o asesinos, esa tradición narcisista-pesimista que hace que ese español se sienta el centro del mundo para mal (cuando, en realidad, en todas partes cuecen habas). No es que los nacidos aquí sean muy diferentes a los del resto del planeta, pero sí es cierto que hay muchos nativos españoles que, siguen viviendo en el pasasdo, de modo que identifican la bandera roja y amarilla como la del enemigo, por lo que todo el que luche bajo esa enseña o se pronuncie representado por ella ha de ser forzosamente merecedor de odio y desprecio.

Otra modalidad de anti la integran los envidiosos (condición que no excluye la mencionada alergia a todo lo español), los que animados por una envidia pura disfrutan cuando a esos deportistas las cosas no les salen bien; es una inquina sin motivo ni razón, pero profunda y exaltada, una aversión cercana al odio, como si el español triunfante le hubiera causado alguna ofensa personal, como si le hubiera robado los ahorros o la novia. Sin embargo, esa envidia pura y esencial es producto de la mediocridad, ya que los éxitos y el reconocimiento mundial (más incluso que el dinero que ganan) les molesta porque (entre otras oscuras y difusas sinrazones) les hace ver su mediocridad.

De Nadal se dice en no pocos sitios de debate que sus triunfos se deben a que se dopa o que le ponen rivales fáciles (¿), y cuando deja de jugar por lesión gritan que es una pantomima para huir de controles…, como si todas las agencias antidopaje (que le levantan de la cama incluso de madrugada) hicieran continuas excepciones con el tenista; además, cuando pierde no dudan en subrayar que “ya lo decía yo: es un maleta” a pesar de las opiniones de rivales y especialistas. Lo de Casillas viene de la acusación de uno de los personajes más falsos, engreídos y antideportivos que ha pasado por el mundo del fútbol, un entrenador que propaló una trola que arraigó entre los propensos a dejarse llevar y traer por mesías y caudillos; de esta manera, éstos sólo verán los errores del futbolista y negarán sus aciertos y méritos. Alonso cae mal a mucha gente, algo perfectamente aceptable, pero el caso es que esa antipatía, esa desafección llega en algunos casos a convertirse en una especie de filtro que impide ver o dar valor a sus logros.

Por todo ello, no es creíble que la Agencia Americana Antidopaje persiguiera a un icono estadounidense como Lance Armstrong hasta destruir su palmarés, su credibilidad y su futuro y, a la vez, mire para otro lado con Nadal. No es razonable creer a quien ha dado sobradas muestras de su catadura moral, ni lo es desconfiar de quien ha mostrado fidelidad y sinceridad a lo largo de su carrera, y todo ello sólo porque Casillas tiene amigos fuera de su equipo. E igualmente no es sensato afirmar que es un manta un doble campeón mundial de Fórmula 1 (3 veces sub y otra tercero) que ha obtenido 97 podios y 33 victorias, un chófer de carreras que desde hace siete años es elegido como mejor, segundo o tercer mejor piloto por los directores de todos los equipos; que sea borde o incluso soberbio (habría que ver cómo se comportarían sus detractores en su caso) no está reñido con sus cualidades en la pista; por ejemplo, es lógico decir que Ronaldo es engreído, egoísta y vanidoso, pero sus defectos (quien no los tenga…) no han de tapar sus indudables y abundantes virtudes deportivas.   
    
A los mencionados se pueden añadir Paul Gasol (a quien no pocos daban por acabado), del Bosque y la selección de fútbol (cuyas derrotas se califican como desastres “porque lo que importa es el resultado” y sus victorias como torpes “porque no basta sólo con ganar”), Alberto Contador y algunos otros.    

En fin, todo el que por sistema detesta a sus compatriotas, a su historia, a su país, al sistema, a la sociedad, no caerá en la cuenta de que a quien desprecia en realidad es a sí mismo y con quien está insatisfecho es consigo mismo. 


CARLOS DEL RIEGO