miércoles, 22 de abril de 2015

VIOLENCIA INFANTIL Y ADOLESCENTE Hace unos días (IV-15) se publicaban escalofriantes noticias sobre el maltrato al que sometían los jóvenes y adolescentes españoles a sus propios padres. Tan indeseable tendencia alcanzó su cima el día 20 cuando un chaval de 13 años llegó a clase con intención de matar.

Si el niño hace en casa lo que quiere, también lo hará fuera.
Y mató. Mató a un profesor que llevaba apenas dos semanas trabajando allí e hirió a unos cuantos compañeros. Terrible. Tan violentos sucesos tienen sus causas, sus porqués. En primer lugar es evidente que el chico asesino tenía un enorme desorden en su cabeza. Pero es bastante común que a niños, adolescentes y jóvenes les resulte difícil, imposible a veces, afrontar la frustración y asumir el principio de autoridad. La agresión a los padres (y luego a los profesores) es la cima de un proceso que comienza cuando, con tres, cuatro o cinco años, el niño levanta la voz a su mamá y no pasa nada porque ésta calla; lo siguiente es cuando increpa con malos modos y los padres callan o, como mucho, responden también a gritos, pero nada más; después llega el insulto, pero papá y mamá hacen como que no han oído y, sin decir gran cosa, desvían la atención; más tarde resuena en casa la primera amenaza, pero para entonces ya es dificilísima la solución; y finalmente se produce la agresión. Es una evolución que tiene principio y que, si no se corta desde ese primer momento, será cada vez más complicado atajar. El niño no empieza levantando la mano a su mamá cuando tiene cuatro años, sino que dará una primera mala respuesta, la cual ha de ser inmediatamente reprimida y, evidentemente, castigada, pues de otro modo será imposible que el chaval entienda y asuma qué es la autoridad, con lo que ya estará preparado para dejarse llevar por la ira y ejecutar cualquier barbaridad. El problema es que es más cómodo y fácil ceder ante la exigencia infantil, postura que puede tener consecuencias como aquellas.  

El colegio es el primer lugar donde la persona encuentra una figura de autoridad lejos de casa, pero si sus padres no le han hecho entender que hay que respetar y obedecer las decisiones de aquellos que le enseñan, educan y cuidan, la cosa ya irá torcida. Si no se ha puesto freno instantáneo a sus primeros desmanes, si no se le ha entrenado para que asuma que la vida conlleva muchas frustraciones y desengaños, el individuo dará rienda suelta a su cólera, a su rabia, y reaccionará con violencia o con extrema violencia en cuanto se lleve una decepción. Así, en clase, puede desatarse la agresión cuando el chico no acepta que si no hace los deberes será castigado, que si no se calla cuando el profesor está explicando recibirá una llamada de atención, que si no estudia suspenderá la asignatura… Al no haber conocido reglas, normas y pautas, al no haber sido reprendido y castigado tras sus primeros excesos domésticos, crecerá con el convencimiento de que puede hacer casi cualquier cosa, sin respeto por los demás, sin aceptar opiniones contrarias y, por supuesto, sin admitir la autoridad de los profesores; después de su vida escolar, esa falta de consideración, ese desprecio por quien no le da lo que quiere o no le deja hacer lo que quiere, se convertirá en una prepotencia brutal que puede convertirse en violencia (o extrema violencia) en cualquier momento.  

El pensamiento del niño es maniqueo (o sea, bueno o malo, sí o no), por lo que sólo puede enseñársele con “si no haces eso no te doy aquello, si haces esto tendrás castigo”; sólo así terminará por respetar normas y límites, sólo así aprenderá; y en caso contrario los problemas de conducta y adaptación serán seguros.

Han sido noticia tiempo atrás niños que, ante la negativa de sus padres a concederle el capricho de turno, se encerraron en su habitación y empezaron a romper muebles, ordenador, cristales… hasta dejarlo todo destrozado; al final los padres cedieron y le dieron lo que exigía, con lo que el futuro maltratador entendió y aprendió que, enfadándose, chillando, rompiendo e insultando, tendría todo lo que deseara. Desde ese momento repetirá una y otra vez esa conducta. No se sabe (y será difícil saberlo) si el problema del asesino de trece años es este o lo suyo es un desequilibrio mental patológico, pero eso no afecta a la generalidad.

Otra cosa es el sistema punitivo español, que no permite acusar al menor de 14 años, de modo que no se le exige arrepentimiento o disculpa…, ni siquiera se le ‘condena’ a una semana sin postre; por eso, quien tenga menos de esa edad en España es impune, puede hacer prácticamente lo que quiera sin que deba afrontar consecuencias. En otros países se protege al menor, pero no de forma ilimitada. Por ejemplo, hace unos días Brenda Spencer, la niña californiana que tiroteó a sus compis y profes matando a dos e hiriendo a varios con el pretexto de ‘no me gustan los lunes’, volvió a los medios porque había pedido la libertad condicional, la cual le fue denegada; lleva en prisión desde aquel 29 de enero de 1979 (tenía 16 años) y no podrá volver a revisarse su petición hasta 2019, cuando tenga cerca de 60; seguramente siga entre rejas, pues jamás ha dado muestras de arrepentimiento o empatía con sus víctimas, y sin esa condición no le concederán la libertad.

¿Qué hubiera ocurrido en aquel instituto si en España se permitiera el acceso fácil a las armas de fuego?


CARLOS DEL RIEGO