miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA AMENAZA DE LOS MUSULMANES ‘MODERADOS’ La amenaza islámica está hoy, a corto plazo, en los fanáticos del Corán, pero a la larga también entre los inmigrantes que se dicen pacíficos y moderados pero, a la vez, rechazan integrarse en sociedad que los acoge

Hay que imaginarse el terror de niños y profesores en la escuela de Pakistán
donde entraron los asesinos islamistas
Cuentan los supervivientes, que las bestias de dos patas que mataron a más de cien niños en una escuela de Pakistán les preguntaron por el Corán, y al no ser capaces de recitarlo de memoria les descerrajaban un tiro en la cabeza; hay que imaginarse el terror de alumnos y profesores. Asimismo, el prosimio que secuestró a unas cuantas personas en Australia mató a las que pudo porque esa era su verdadera intención: liquidar infieles. Son dos casos de violencia islámica de la que no pocos musulmanes se quieren desligar, pues argumentan que no todos los mahometanos tienen intención de acabar con los infieles y con las culturas ajenas a Alá. Sin embargo, analizando las cosas en profundidad, es preciso discrepar de esos que se dicen moderados, pacíficos seguidores del profeta.

El gran problema (se ha repetido hasta la saciedad) es que la religión musulmana vive un enorme retraso respecto a otras, un retraso cultural, social, elemental, que se puede cifrar fácilmente: 622 años; precisamente esa es la fecha en la que comienza su calendario, por lo que, en realidad, ellos viven en 1392, así que no puede extrañar que tengan pensamiento y mentalidad del siglo XIV, no de 2014. Las sociedades occidentales dieron el paso definitivo a partir del momento en que se socializa la Ilustración, la cual da lugar a conceptos como Democracia o Derechos Humanos, pero como los sarracenos viven en el siglo XIV, todavía no han llegado a la Ilustración y, por tanto, todavía tienen pensamiento medieval (todo esto se ha expresado mil veces de mil maneras diferentes, pero sigue sin resultar innecesario su recuerdo).

Por otro lado están los musulmanes que viven en países occidentales y sí condenan la violencia que ejercen sus correligionarios. Estos emigrantes huyeron de África o Asia y se instalaron en occidente porque en sus países de origen no existe la libertad ni se atisba nada parecido a la justicia o los Derechos Humanos; escaparon de estados donde la violencia es cercana, cotidiana y, en fin, renunciaron a vivir allí donde se impone por la fuerza la religión más fanática. Por todo esto abandonaron sus raíces y buscaron regímenes democráticos para rehacer sus vidas. Sin embargo, asombrosamente, una vez en el país de acogida, rechazan integrarse en esa nueva sociedad, se encierran en guetos, apenas salen de ellos y su relación con los autóctonos se ciñe a lo imprescindible; desean mantener sus costumbres incluso por encima de las de las personas que los acogen y, por si fuera poco, exigen que sus tradiciones (algunas tan despreciables como el sometimiento de la mujer) sean respetadas aunque vayan contra la ley legítimamente instaurada; es más, muchos de esos musulmanes que renunciaron a la sociedad islámica se han negado obstinadamente a aprender el idioma del país que les ha abierto sus puertas. Podría deducirse, por tanto, que estos mahometanos moderados tratan de que el lugar donde pretenden empezar nueva vida (lejos del dogmatismo cerril y la violencia fanática) termine por ser como su país de origen. Se trata de una contradicción muy similar al caso de Ceuta y Melilla: muchos marroquíes claman por que esas ciudades sean devueltas a Marruecos (cosa imposible, pues no se puede devolver a alguien algo que nunca fue suyo; se le pude regalar, alquilar, vender…, pero no devolver), sin darse cuenta de que llegado ese caso, ambas ciudades serían idénticas a Fez o Chauen, con lo que ya no servirían de destino a quienes quieren buscar un futuro.

En resumen, los mahometanos moderados, en realidad no son inocuos, no son tan inocentes, sino que lo que persiguen es imponer su visión retrógrada del mundo pero sin violencia, pensando más en una invasión pacífica que en una guerra sangrienta; no en vano muchos de ellos proclaman convencidos que “el Islam se impondrá en el mundo gracias al vientre de nuestras mujeres”. En lo que no parecen haber caído esos agarenos que se creen tolerantes es en que si eso sucede alguna vez, si la imparable natalidad de las musulmanas termina por desembocar en aplastante mayoría de población para luego imponer los usos de su tierra, el mundo se llenará de nuevos Yemen, Irán, Afganistán o ese bestial estado islámico, con lo que esos que se dicen buenos musulmanes dejarán de tener sitios a donde ir a buscarse una vida sin fanatismos sanguinarios.

Imagínese que uno acoge en su casa a un invitado y éste, una vez instalado, empieza a exigir un tipo especial de comida, un trato diferente a las mujeres de la casa, unos horarios, unas costumbres… Pues tal hacen los emigrantes procedentes de países islámicos. Así, se puede colegir que no puede existir la figura del mahometano respetuoso si no se integra en la sociedad que lo acoge, si no aprende el nuevo idioma, si no se relaciona con los que lo han recibido, si no respeta sus leyes y costumbres, si no se adapta y, en fin, si no reconoce que vive como invitado en casa ajena. El que no está dispuesto a aceptar la nueva legalidad, la nueva realidad, no puede ser tildado de razonable y moderado.

Por todo ello, cabe la expresión: “Si no te gusta lo que te has encontrado en la casa que te acoge, vete, pues nadie te obliga a quedarte”. Y por el contrario, bienvenidos sean los inmigrantes que agradecen a quienes les abren sus puertas, bienvenidos los que se integran, aceptan las leyes y respetan opiniones, tradiciones y opciones distintas a las suyas sin exigencias culturales.

También forman parte del problema los nativos del país de acogida que se solidarizan incondicionalmente con los recién llegados (pidan lo que pidan), y reniegan de todo lo propio. Pero este es otro tema.     


CARLOS DEL RIEGO