miércoles, 14 de agosto de 2019

LA MALA COSTUMBRE DE TRAGARSE TODO LO QUE TE ECHAN

Al igual que los animales en la granja, hay muchas personas que se tragan todo lo que les echen sin siquiera dudar


Es desconcertante comprobar cómo hay tanta gente que, en una sociedad en la que cualquiera tiene  todas las herramientas informativas al alcance, se traga prácticamente todo lo que le echen, sin cuestionarse nada; es algo así como los animales en una granja, que se comen todo lo que les echan sin más, sin preocuparse de qué es esa pitanza

En las sociedades occidentales actuales prácticamente todo ciudadano tiene al alcance de la mano no sólo la información, sino maneras fáciles e instantáneas de comprobación. A pesar de ello la gente es más fácil de conducir, y obedece en masa y con docilidad a las órdenes de los expertos en marketing y manipulación de masas, los cuales están al servicio de empresas u organismos nacionales e internacionales. Así, bastan las campañas de publicidad para que miles o millones de personas respondan y se peguen a la pantalla (de la tele o de cualquier dispositivo) para ver el nuevo programa, la nueva serie, el nuevo culebrón…; también funciona el método con la música, ya que de repente masas enormes consumen el producto; y, entre otros ámbitos como en el de la información (que encumbra o destruye), la fórmula también da resultado con los informes y mensajes que parten de organismos nacionales e internacionales.    

La ONU o la Organización Mundial de la Salud (OMS) llevan años lanzando cada cierto tiempo campañas que afean las conductas alimentarias de los occidentales. Basándose en dudosas estimaciones, encuestas y opiniones discutibles, propalan apocalípticas afirmaciones y adivinaciones; actualmente es contra las carnes rojas, que son malísimas para el medio ambiente porque los animales expelen toneladas de metano a la atmósfera y gastan muchos recursos, y también son perjudiciales para la salud si se comen en exceso; igualmente acusa la ONU de desperdiciar comida a los que viven en lo que podría llamarse primer mundo, de tirar a la basura un tercio de la producción. ¡Y la gente se lo traga sin siquiera un atisbo de duda!, sin contrastar el informe, sin enterarse de quién lo hizo y cómo. A continuación los medios de comunicación lo absorben e inmediatamente se lo sirven al público, el cual lo interioriza como una verdad absoluta sin rechistar. En fin, que apenas pueden encontrarse voces críticas con los informes de la ONU y de la OMS.

Y es que no está claro cómo elaboran esos documentos amenazadores, cómo llegan a esas conclusiones, qué parámetros han tenido en cuenta y que imprevistos pueden aparecer… Por ejemplo cuando dicen que se tira a la basura un tercio de lo que se compra; primero dicen que son los consumidores los que lo despilfarran (aún se recuerdan anuncios de Tv que así lo afirmaban), sin embargo no aclaran cómo llegaron a esa conclusión, ¿tal vez examinaron miles y miles de bolsas de basura para comprobar cuánto era aun comestible?; pero luego señalan los expertos que esa estimación (la que dice que un tercio de lo comprado se tira) procede de encuestas a los grandes distribuidores, con lo que los ‘sabios’ de la ONU entran en contradicción y, además, el que responde puede tener mala intención o equivocarse.

Por otro lado, esos ‘sabios’ de la ONU están puestos allí por poderosos de este o aquel partido, de este o aquel país (recuérdese que la comisión de Derechos Humanos de la ONU la integran, entre otros, Cuba, China, Arabia Saudí…, todos ellos países donde se respetan escrupulosamente los Derechos Humanos), es decir, esos supuestos expertos o sabios tienen que informar según los deseos de quienes los colocaron en tan envidiables puestos de trabajo, pues en caso contrario los perderán. Por esta razón los informes de esos comités de lumbreras tienen, para unos pocos pero no para la gran masa, muy escasa credibilidad. Asimismo no hay que olvidar que los privilegiados que vegetan en todos los organismos relacionados o subsidiados por la ONU están allí por su cara bonita, o sea, nadie les ha exigido votos ni se han contrastado méritos o conocimientos; y esto vale para todos los que cobran de esta u otras instituciones, ya sean mandamases políticos o supuestos expertos.

Y luego están las previsiones, las adivinaciones, la futurología que, indefectiblemente, conduce al error. ¿Alguien recuerda las previsiones apocalípticas que lanzaron desde la ONU sobre la gripe aviar, la peste porcina o las vacas locas? Según la ONU y la OMS esas enfermedades iban a llevar a la raza humana a la hecatombe, al cataclismo global…, sin embargo, el Señor Tiempo ha desmentido aquellas predicciones. Tampoco hace mucho de sus vaticinios sobre las próximas grandes calamidades: en los años ochenta del siglo pasado vaticinaron que el petróleo se terminaría antes de 2020, y que el aumento del nivel del mar inundaría islas y ciudades costeras antes incluso de esa fecha, y que cuando India y China se incorporaran de lleno al consumo habría escasez de todo…, nada de nada, todo mentira, todo futurología biempensante y políticamente correcta. Y es que en los tiempos actuales da muchos votos (o sea, poder) ponerse el disfraz ecologista, el de animalista y el de otros muchos ‘istas’… 

Por eso hay que tomar nota de sus erróneas profecías, hay que poner a enfriar cada informe de esos organismos, hay que desconfiar de lo que dicen y, sobre todo, de lo que predicen. Lo que no significa que no exista el problema, es decir, lo que es cuestionable son las profecías.       

Pero que nadie piense en conspiraciones, son negocios, sólo negocios.

CARLOS DEL RIEGO

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