miércoles, 4 de julio de 2018

EGM, ENCUESTAS Y SONDEOS Y SUS DUDOSOS RESULTADOS Por mucho que cueste creerlo, las empresas dedicadas a estudios y sondeos basados en encuestas cuentan con la credibilidad de la mayoría, incluyendo políticos, periodistas e intelectuales, que se tragan sus indemostrables conclusiones como dogmas de fe


  
No deja de tener un punto de acoso el hecho de que un desconocido trate de que le regales tu tiempo e información acerca de tus opiniones, gustos o intimidades.
Los sondeos, encuestas y estudios basados en entrevistas tienen muy buena prensa, la cual se encarga de darles gran difusión a causa de que las conclusiones que se publican casi siempre muestran tintes escandalosos, sensacionalistas o preocupantes; y no hay que olvidar que sólo es noticia la mala noticia. Además, los medios de comunicación son entusiastas de las estadísticas, y les dedican grandes espacios ya sean de corte político, social, económico, deportivo...

En las últimas fechas (VII-2018) se han difundido dos de estos estudios, uno referido al desperdicio de comida y el otro a las audiencias de las emisoras de radio, el Estudio General de Medios. En el primero se determinan con exactitud los miles de toneladas de alimentos que no se consumen y van a la basura; pero el caso es que a las cifras concretas de comida desperdiciada se llega tras encuestas, tras entrevistar a productores, distribuidores, mayoristas, industriales y consumidores, que tienen que hacer memoria y especificar cuánto han desechado el último mes, semana o día: desde lo que se estropea antes de llegar al consumidor hasta lo que éste termina por tirar. Así, según respuestas, estas empresas concluyen con una cifra exacta, matemáticamente exacta a pesar de que los factores que dan el resultado son absolutamente inexactos, variables, sujetos a la memoria, a confusión, a error, a la mentira… En fin, no hay manera de saber con exactitud qué cantidad de alimento termina en el contenedor…, salvo que se cojan las bolsas de basura (todas) y se compruebe cuánto de lo que ahí hay se dejó estropear o cuánto aun podría comerse (¿se incluirán los gordos del filete, la piel del pescado o la patata que queda pegada a la monda como alimentos despilfarrados?).

Algo parecido sucede con el Estudio General de Medios, que se atreve a precisar cuántos oyentes tiene este o aquel programa de radio, cuántos gana o cuántos le saca a sus competidores; todo ello según las encuestas: “¿qué programa es el que más escucha usted?”, preguntarán, y la persona responderá con sinceridad o no, con acierto o no, con precisión o no, pues hay gente con mala memoria o con ganas de fastidiar, gente a la que le bailan las fechas, los títulos, las emisoras, los presentadores, o gente que dice esto porque cree que queda mejor y esconde aquello porque le da un poco de vergüenza decir que escucha ese programa. Suelen decir esos expertos en ‘estudios sociológicos’ que cuentan con factores de corrección que prevén errores, pero eso serviría si hubiera algo absolutamente preciso y fiable, algo comprobado y contrastado con lo que comparar el cómputo de las respuestas, pero no existe ese dato concreto.

En todo caso, hay que ser muy crédulo para tragarse las cifras que dan estas empresas dedicadas a preguntar a la gente, ya que los resultados de sus ‘investigaciones’ se antojan tan fiables como los de una echadora de cartas, como los de un futurólogo. Es difícil entender cómo personas bien formadas y perfectamente informadas, incluso individuos escépticos en muchas otras cuestiones, se creen a pies juntillas los números que arroja una encuesta. Y eso que las meteduras de pata de esta industria, cuya materia prima es algo tan volátil como la pregunta y su respuesta, han sido antológicas en los últimos tiempos, tanto que no sólo cabe la duda sino que se impone la desconfianza: fallaron estrepitosamente cuando aseguraron que, según sus encuestas, la opción del ‘brexit’ sería claramente derrotada en Inglaterra, la realidad les dio un puñetazo en el morro cuando predijeron que Trump perdería las elecciones a presidente de Usa por mucha diferencia, se equivocaron lamentablemente cuando aseguraron que, en España, Podemos conseguiría más votos que el Psoe… Incluso un profesional del ramo se quejaba entre sorprendido e indignado: “la gente nos ha mentido”… ¡claro, lógico!, ¿acaso el encuestador y su jefe se creen todo lo que un desconocido le dice en la calle o por teléfono? Pues por asombroso que parezca,  hay quien piensa que los sondeos son como un ‘dos y dos, cuatro’.

Eso sí, astutamente, estas sociedades dedicadas al cotilleo, a preguntar al personal por sus intimidades, a meterse en la vida de los demás, suelen utilizar el término ‘barómetro’ cuando hablan de los resultados de su campaña de preguntas, y han escogido esta palabra porque un barómetro es un instrumento de precisión matemática, de modo que al utilizarla tratan de asociar su producto a la exactitud. Además, hay que tener la cara muy dura para pedir a los ciudadanos que regalen su tiempo y su información. En fin, una encuesta no deja de ser una especie de acoso

En conclusión, cuando se publican trabajos basados en encuestas, en estimaciones, en proyecciones a partir de unas cuantas respuestas, cabe preguntar ¿cuentan con una prueba irrefutable que respalde las cifras publicadas?, ¿pueden demostrarlas de modo indiscutible y con precisión matemática? La respuesta a estas dudas sí es concluyente: no.
La cosa no deja de recordar a los nigromantes, a los que leen en las entrañas de un animal muerto, a los videntes que interpretan los posos del café, y también a los embaucadores que protagonizan el cuento ‘El traje nuevo del emperador’ o a los pícaros que llevaban de un lado a otro el cervantino ‘El retablo de las maravillas’.  

CARLOS DEL RIEGO