miércoles, 5 de abril de 2017

LAS TRAICIONADAS CONJURAS MASÓNICAS CONTRA FERNANDO VII. La odiosa política represiva y violenta de Fernando VII llevó a ciertos militares masones a organizar varios ‘pronunciamientos’ en la segunda década del siglo XIX, los cuales terminaron en estrepitosos fracasos a causa de la traición.

El general Lacy, que se pronunció hace justo dos siglos, da la orden de fuego al pelotón que lo fusiló (aunque probablemente estuviera sentado
 y de cara a la pared).

Tal día como hoy hace doscientos años, el 5 de abril de 1817, se producía uno de los ‘pronunciamientos’ militares que tan abundantemente se dieron en el convulso siglo XIX español. Fue liderado por el general Luis Lacy en contra del terrible absolutismo de Fernando VII, el ‘Rey Felón’, ‘el Narizotas’, cuya bajeza moral provocó varios sonados levantamientos que, casi siempre, terminaron en sonados descalabros debido a la traición; sólo hubo una excepción, la de Rafael del Riego en 1820, aunque su éxito duró poco y terminó en el cadalso. Hubo otras asonadas, pero estas son las más notorias.

El mencionado Luis Lacy, con dos compañías del regimiento de Tarragona, acudió al punto de encuentro (Caldetas, Barcelona) aquel día de abril, pero se encontró con que ninguno de los otros conjurados se presentaba… Sí le llegó el aviso de que dos oficiales que estaban en el secreto lo habían delatado. Huye pero es capturado, juzgado, condenado y fusilado dos meses después. 

Antes, en septiembre de 1815, el general Juan Díaz Porlier pone en sublevación a las fuerzas a su mando (unos 6.000 hombres) en La Coruña y se encamina a Santiago. Pero en su círculo había un infiltrado, el cual dio cuenta a las autoridades, las cuales sobornaron a más de treinta sargentos que no dudaron en traicionarlo. Fue detenido, encadenado, degradado, sentenciado y ahorcado a las tres semanas. Puede añadirse que Porlier no aprendía de la experiencia, ya que anteriormente había intentado otra asonada que fracasó por la traición de un hombre de su confianza.

Célebre es también la conocida como ‘Conspiración del Triángulo’ (febrero de 1816), un sistema en el que cada conspirador sólo conoce a otros dos. Como no podía ser de otro modo, dos vértices de uno de esos triángulos, dos sargentos, llegan a la conclusión de que ganarán más delatando al tercer componente, el general Vicente Richart. Éste será apresado y entregado por los dos traidores en Madrid; luego será torturado para que delate a otros integrantes de la conjura, pero no le sacan ni un nombre. Unos tres meses después será ahorcado.

El 1 de enero de 1919 era el escogido por el coronel Joaquín Vidal para iniciar una revuelta que comenzaría con la detención del odiado general realista Elío, que iba a asistir a una representación teatral. Pero la cosa se torció al morir la reina María Isabel, segunda esposa de Fernando VII, con lo que se suspendió la función; hubo numerosas deserciones y todo el complot se vino abajo. Vidal quiso advertir a los demás de que había que posponer la intentona y los citó en un local de juego, el Billar del Porche, pero uno de los advertidos pensó que, ya que no habría motín, podría aprovechar la oportunidad y sacar mucho beneficio si se chivaba. Así, el general Elío se presentó en la masónica reunión y, cuando Vidal intentaba defenderse, lo atravesó con su espada. El día 20 del mismo mes el coronel (junto a otros doce o trece) fue ahorcado…, aunque ya estaba muerto por el sablazo de Elío, el cual también fue ejecutado pocos años después.   

Sí tuvo éxito el asturiano Rafael del Riego, quien obligó al indeseable rey a jurar en 1820 la Constitución de 1812, aunque en cuanto le vinieron mejores cartas, el ruin Borbón se tomó cumplida venganza. Así, tres años después del éxito de su levantamiento, el coronel del Riego subió al patíbulo.

Se produjeron otras intentonas, aunque estas cinco son las más señaladas en los libros de Historia. Curiosamente, todas ellas tienen varios puntos en común que, invariablemente, se van repitiendo una y otra vez. Para empezar, todos los muñidores de cada conjura (de las cinco) pertenecían a la masonería, sociedades secretas muy de moda en ciertos sectores de aquella España. Otro denominador común de los motines es que todos los organizadores estaban absolutamente convencidos de que tanto los militares como la población en general los iban a apoyar incondicionalmente, y que una vez realizada la proclama se les unirían miles de soldados y oficiales, y contarían con la ayuda de paisanos y ciudades. Este erróneo pensamiento puede proceder de las propias reuniones de las logias, en las que sus integrantes se animaban entre sí, se daban mutuamente la razón y se imaginaban grandes y gloriosas campañas (típico de las sectas); pero no pensaban que, aunque en parte estuviera asqueado de Fernando VII, el pueblo tenía otras prioridades antes que ir a la guerra, y además, mariscales, generales, aristócratas y alto clero preferían no arriesgar lo poco o mucho que tuvieran. En fin, aunque el derrocamiento de rey tan abyecto era un proyecto legítimo, los que urdieron las sublevaciones, a pesar de ser guerreros expertos, obraron como advenedizos.

Pero lo que condujo cada intentona al fracaso (excepto la de Riego) fue la traición, la simple y ancestral delación que busca una recompensa. Es sabido que existía una camarilla de truhanes y sinvergüenzas que rodeaban al rey, pues para congregar a su alrededor a tiparracos de la peor especie (procedentes de la nobleza o de malolientes tabernas) fue un hacha. Esos granujas contaban con soplones que, de un modo u otro, se enteraban de que se tramaba algo. A ello se suma la torpeza de permitir que fueran muchos los que estaban en el secreto, incluyendo gentes muy dudosas (se da por cierto que el éxito de una conspiración es inversamente proporcional al número de conspiradores). El caso es que, llegado el momento cumbre, algunos de los confabulados empezaban a pensar y sopesar: la cosa podía salir bien y todos ganarían, pero podía ir mal y todos perderían la cabeza; pero si denunciaban a los cabecillas no sólo no correrían ningún peligro, sino que recibirían pingües recompensas e incluso puestos y destinos beneficiosos. Seguramente, la noche anterior, los traidores se pasarían horas dándole vueltas a la cuestión, llegando todos a la misma pregunta: ¿correr un grave riesgo o actuar con seguridad y premio?        

Aquellos generales masones cometieron varios errores: creerse más de lo que eran, pensar que el ejército y el pueblo verían las cosas como ellos y se les unirían, poner a tanta gente en el secreto y confiar en la integridad de cualquiera. El final de cada uno estaba escrito.  


CARLOS DEL RIEGO