miércoles, 11 de enero de 2017

HISTORIAS MENUDAS DE LA INFANCIA DE AMÉRICA. Lo más habitual es que la Historia que se aprende, que se cuenta o que se lee se centre en los acontecimientos trascedentes, olvidándose situaciones y episodios de gran interés pero sin relevancia histórica. En la América recién encontrada hay mucho de ello.

Por el interior del cráter del Popocatepetl se descolgó
 Francisco Montaño hacia 1521.

Los libros suelen narrar la Historia según una sucesión de hechos y personajes extraordinarios que condicionan el acontecer posterior de países e incluso continentes; es decir, se fijan en decisivas guerras y batallas, pactos y conquistas, matrimonios y sucesiones regias, expediciones y exploraciones, inventos y hallazgos, enfrentamientos, traiciones… y en las personas que los protagonizaron. Es lógico que se estudien, ante todo, aquellos sucesos que modifican el transcurrir de las gentes en esta tierra. Sin embargo, además de los grandes episodios y los grandes personajes, resulta fascinante indagar y profundizar en las pequeñas cosas, en la historia cotidiana y aparentemente intrascendente, en hechos, peripecias y aventuras que tienen a la gente de a pie como actor principal.

El caso es que uno de los capítulos más apasionantes que proporciona esta disciplina es el que se ciñe al encuentro entre dos mundos, ese choque entre una sociedad europea que deja el Medievo para entrar en la Edad Moderna y las poblaciones americanas que, en la práctica, siguen en el Neolítico y, por tanto, sin escritura, sin rueda, sin metales… Así, además de las cruciales ocasiones que tuvieron lugar en América en las décadas posteriores a 1492, se sabe de infinidad de aconteceres ilustrativos pero de menor alcance y muy escasa (si no nula) trascendencia histórica.

Un hecho de enorme mérito y escasamente conocido es la ascensión al volcán Popocatépetl en busca de azufre para fabricar pólvora. Aunque Cortés ya sabía de que las armas de fuego no eran imprescindibles en batalla (había ganado muchas sin un solo disparo, y además, si llovía o el día era húmedo estas armas eran inútiles), sí que le eran eficaces como factor sicológico, de modo que al emprender nuevas expediciones (en 1521) quiso aprovisionarse de pólvora, y para ello necesitaba azufre. Como si la empresa fuese fácil, el conquistador extremeño encargó a Francisco Montaño, quien aseguraba haberse asomado al cráter del Teide, y a otros bravísimos soldados que escalaran el Popocatépetl, que se descolgaran por la parte interna de su cráter y que recogieran todo el azufre que fuera posible (el zamorano Diego de Ordás había hecho cumbre en 1919). Cuando los lugareños se enteraron de los propósitos de los españoles los tomaron por locos: no sólo la ascensión era de extrema dificultad (5.500 metros de nada), sino que también había que contar con el frío, el hielo, la nieve… y claro, con que el volcán estaba activo, pues “echaba grades bultos de humo” (contaba Cortés en sus Cartas de Relación) y emitía gases irrespirables por sus paredes. Una vez en el borde, y tras contemplar el aterrador espectáculo de la lava burbujeante, ataron con cuerdas a Montaño y lo bajaron por el interior del cráter, llenó varios canastos de azufre y luego fue relevado por otro tipo tan bragado como él, un tal Juan Larios. Al descender la montaña, los indios se arremolinaban y miraban con incredulidad a aquellos locos que no sólo habían llegado a la cumbre, sino que se habían atrevido a meterse en aquellas fauces de fuego. Y todo con los medios y técnicas de escalada y ‘aventura extrema’ de aquellos tiempos. Al parecer, Montaño tardó semanas en sacudirse el miedo que pasó.

En torno a aquellas fechas se produjo otro hecho singular y llamativo. Siendo Cuauhtémoc el líder azteca (aunque ya vasallo del emperador Carlos I), pidió a Cortés que les fueran devueltas sus esposas a unos cuantos de sus capitanes y notables, pues les habían sido arrebatadas por soldados españoles (algunas se habían ido de buen grado); el conquistador accedió, dejó que las buscaran y que volvieran con sus maridos…, siempre que ellas así lo desearan. Cuenta Bernal Díaz del Castillo en su ‘Verdadera historia…’ que a pesar de que ellas se escondieron fueron todas encontradas; sin embargo, ya ante el vencedor de Tenochtitlán, sólo tres de ellas pidieron regresar con sus cónyuges mexicas, mientras que las demás eligieron libremente continuar con sus compañeros hispanos (no se señala el número concreto, pero por cómo se cuenta el suceso se deduce que debían ser muchas). ¿Por qué unas mujeres de clase nobiliaria preferirían quedarse con aquellos soldados irrelevantes, barbudos y de lenguaje extraño?

Después de la toma de México-Tenochtitlán, la ciudad estaba destruida en gran parte, de modo que Hernán Cortés se propuso no reconstruirla, sino retirar los restos de lo antiguo y edificar una nueva metrópoli al estilo europeo. Para lograr tal cosa hubo que traer herramientas adecuadas y enseñar a los indios su manejo. Empezaron por construir carretas y carretillos, es decir, ruedas; cuando los nativos vieron que un solo hombre era capaz de transportar piedras pesadísimas sobre una especie de caja que se apoyaba en el suelo mediante un artefacto que giraba sobre sí mismo, quedaron boquiabiertos, perplejos, pues jamás se habían imaginado algo parecido a una rueda. Igualmente ocurrió cuando vieron cómo funcionaban poleas y polipastos (poleas compuestas), y cuando comprobaron la eficacia de elementos de metal como clavos, martillos o sierras. Explican los cronistas que los indios miraban todo aquello con los ojos como platos, como quien ve novedades maravillosas e insospechadas. Los españoles, por su parte, quedaron estupefactos ante la rapidez con que los mexicas y demás pueblos aprendieron el uso de las nuevas herramientas, pues en muy poco tiempo se revelaron esmerados,  habilísimos, virtuosos artesanos.

Son historias menudas y con mínima resonancia histórica, pero resultan muy ilustrativas para entender lo que ocurría a pie de calle en aquellos históricos años.              

CARLOS DEL RIEGO