miércoles, 26 de octubre de 2016

HAY QUIEN PREFIERE EL BARCO A LA DERIVA ANTES QUE UN RIVAL AL TIMÓN No son pocos (dirigentes y ciudadanos de a pie) los que colocan su ideología por encima de cualquier consideración política, por lo que prefieren un barco a la deriva antes que ver un adversario a los mandos.

Muchos políticos tienen tanta ideología ante sus ojos que no son capaces de ver la realidad, y sólo ven la virtual..
Tremenda polémica se ha vivido y se vive (X-16) en el entorno del partido socialista español a cuenta de la postura que han de tomar sus diputados en el debate de investidura del Presidente del Gobierno. Por un lado están los que piensan que la situación del país exige la formación urgente de gobierno aunque sea del partido rival; enfrente se posicionan los que opinan que hay que impedir a toda costa que el enemigo asuma el poder, aunque se cause un evidente perjuicio al país.

Es razonable pensar que es preferible un barco con alguien al timón, aunque no guste y aunque sea un mal gobernante, a que vaya sin dirección, ni buena ni mala, a la deriva. Con un conductor se tendrá un rumbo y, mejor o peor, se irá a alguna parte, mientras que si la nave queda a merced de los elementos se irá a pique, con certeza matemática. Así, sorprende que existan dirigentes y ciudadanos proclamando a gritos lo contrario, gentes convencidas de que la ideología ha de estar por encima del bien común, gentes que prefieren un barco hundido antes que un gobernante indeseado; y ello a pesar de un pequeño detalle: el repudiado por tantos ha recabado más confianza que ninguno de sus contrarios ideológicos, por lo que tiene más legitimidad que nadie para asumir la función de patrón del navío.

De este modo, quienes colocan la ideología por delante de cualquier otra consideración suelen argumentar que los políticos deben fidelidad a sus votantes, a sus militantes, que es a estos a los que tienen que dar cuentas; por ello tachan de traidores a los que, creyendo que es insostenible una situación de desgobierno, permiten que un adversario asuma la presidencia. Sin embargo, los gerentes de la cosa pública están pagados por todos los españoles independientemente del partido al que hayan votado, por lo que la obligación de todo el que cobra del erario es mirar por el beneficio de toda la población, y no solamente estar a expensas de lo que diga una parte de la misma. En pocas palabras, si se cobra de todos se ha de trabajar para todos, no sólo para los que tienen la misma creencia política. En consecuencia, si sólo se tiene en cuenta la opinión de los correligionarios se estará traicionando a quienes, con otra ideología, contribuyen a costear los salarios de todos los parlamentarios.

Hace unos años se produjo en una pequeña localidad de una provincia del noroeste de España una situación que explica muy bien esa forma de pensamiento que rehúye cualquier entendimiento con los que no exista concordancia de credo. Resulta que un concejal presentó en el ayuntamiento una propuesta que, tras ser examinada, se dio por buena, factible y provechosa para todo el pueblo, de manera que en poco tiempo la moción se llevó a votación; todos votaron a favor excepto uno, precisamente el concejal ponente. Al ser preguntado cómo estaba en contra de su propia idea el edil respondió tajantemente: “No voy a votar yo lo mismo que estos”. Esta anécdota (verídica) es elocuente y perfectamente demostrativa de lo que pueden llegar a ser los prejuicios ideológicos y cómo terminan por nublar el entendimiento; por eso no es necesario especificar a qué partido pertenecía tan incoherente concejal, ya que esta obsesiva cabezonería, esta negación de la razón es patrimonio de las personas, no de las creencias, ideales o doctrinas.

Ese partidismo prejuicioso y sectario es otra de las consecuencias indeseables de una estancia prolongada en labores políticas. Y es que este deseo de no abandonar el cetro y la poltrona se transforma en un vicio que termina por afectar a prácticamente todos los que entran en estos menesteres, de modo que, en pocos años de actividad en ayuntamientos, parlamentos y otros organismos oficiales, los ‘profesionales’ del politiqueo sienten la irrefrenable inclinación de convertir la política en su principal objetivo, con lo que pierden la perspectiva de cuál es su verdadera obligación y a quiénes deben fidelidad. Por eso, porque todo lo ven a través del color de su partido, llegan a convencerse de que éste, su grupo político, es su auténtico patrón y único objeto de su lealtad. Así, es fácil creerse que el grupo político, que distribuye puestos y cargos, está por encima de todo.        


CARLOS DEL RIEGO