domingo, 20 de diciembre de 2015

LA ACTITUD ANTIPROFESIONAL Y DESPECTIVA DE MADONNA Lo corriente es que el músico de rock se haga desear y demore la hora del concierto. Pero lo de Madonna en Inglaterra, que salió con casi una hora de retraso e insultando al público que protestaba, sobrepasa todo lo tolerable y la define como profesional

La ya veterana cantante Madonna, siempre provocadora, se presentó en el escenario con casi una hora de retraso en un reciente concierto en Manchester. Tratándose de una descortesía incalificable que evidencia una falta de respeto impropia de un profesional, la cosa tiene el agravante del desprecio hacia los pacientes espectadores al no aparecer nadie para informar y explicar qué pasaba; pero lo de salir lanzando palabrotas contra los que pagaron y esperaron es ya puro ensañamiento. Esta señora, tras más de cincuenta minutos de ausencia y silencio, salió diciendo que habían tenido una avería en la iluminación, y como quiera que los asistentes expresaron su justa protesta, la soberbia, envanecida y vulgar cantante obsequió a los presentes llamando machos cabríos a ellos y prostitutas a ellas (usando los tacos correspondientes).  

Al negarse a actuar sin toda su parafernalia, Madonna demuestra que su música es poca cosa sin fuegos artificiales que tapen su escasez artística.
Siempre han existido artistas preocupados tanto por la parte artística como por los detalles que hacen que el que acude no tenga motivo de queja; pero también ha habido, hay y habrá quienes se piensan por encima de la audiencia y, por tanto, les importa un pito las condiciones de quienes están al otro lado del micrófono. Entre estos últimos está Madonna, que entre otras cosas ha evidenciado no sólo su falta de profesionalidad y su mala educación, sino un complejo de superioridad y un carácter iracundo, malhumorado, un carácter de cascarrabias enfadado con el mundo. Peor concepto de la tal se tendrá si se echa un vistazo a su historial; resulta que hace tres años en Miami tuvo al público esperando ¡tres horas y media!, y cuando se dignó aparecer ni siquiera se disculpó, ni una sola palabrita para una parte del público que hubo de irse sin concierto y sin dinero; en aquella misma gira obsequió con generosos retrasos a la concurrencia en otras ciudades como Filadelfia o Detroit; y anteriormente, en Londres, tardó tanto en iniciar la sesión que al terminar ya no había transporte público, con lo que muchos miles de personas (más de 80.000) se encontraron con que no tenían medio de volver a casa…, seguro que mientras caminaban se acordaron de ella y su familia. En todos los casos, la interfecta jamás mostró un atisbo de humildad, al contrario, en varias ocasiones (como en la reciente de Manchester) adoptó la pose de figurón engreído, de perdonavidas, de cacique que está por encima de esos pobres mortales.  

Lo de hacer esperar a los sufridos asistentes a un concierto no es, evidentemente, algo nuevo, aunque sí que lo es lanzar improperios a quien se queja. Así, todo el que haya pasado por taquilla recordará las actuaciones que dieron comienzo mucho más tarde de lo anunciado. En una de Gabinete Caligari el público gritaba, silbaba y pataleaba a causa de que el trío no aparecía por escena… mientras ellos estaban, impávidos, mano sobre mano y los pies encima de la mesa. ¿Y aquel de Lou Reed en Madrid en el que el neoyorquino tardó tanto que el personal se mosqueó y de los insultos pasó a los hechos? También se puede recordar cuando en lugar de Dr. Feelgood ocupó el escenario un grupo de zíngaros que hicieron varias veces el número de la cabra…, hasta que la cosa perdió la gracia y el respetable reaccionó violentamente; fue en Gijón y el problema era que el guitarrista estaba tan borracho que no podía mantenerse en pie. Inolvidable (pero por todo lo contrario) fue la salida a la palestra de Rolling Stones en 1982 en el estadio Vicente Calderón de Madrid: en medio de la gran tormenta y con apenas una cuarto de hora de retraso. El dúo El Último de la Fila pedía perdón por apenas cinco minutos, y los justificaba porque aun había gente entrando…  

Si la señora Luisa (nombre real de esta madona) fuera una auténtica profesional, competente y agradecida al público, se habría conducido de otro modo. Muchos grupos han padecido problemas técnicos a pocos minutos de la hora, pero algunos, en lugar de pasar de todo y sentarse a esperar sin más, han improvisado algo; por ejemplo, uno a quien se estropeó parte del equipo se puso a tocar en plan acústico hasta que se resolvió la cosa; otro se quedó sin ampli para el bajo, así que el resto se marcó unas versioncitas mientras el atribulado bajista iba de un lado a otro tratando de arreglar el equipo. ¡Y cómo olvidar aquella película en la que, con avería eléctrica, los músicos entretienen al personal con cualquier cosa, incluso ¡quemando ventosidades con un mechero! De este modo, si el gran artista ha de demorar su actuación por causa mayor, podría aprovechar la ocasión para demostrar que lo es, es decir, podría dar algo a los presentes que convirtiera ese evento en algo inolvidable. Así, si la susodicha fuera una profesional íntegra y honesta, hubiera hecho acto de presencia a los 20 minutos (tiempo de cortesía), habría pedido perdón y explicado la causa de la tardanza; e incluso para demostrar su dimensión artística, podría haber cantado dos o tres temas con un par de simples acústicas detrás, de manera que el público lo recordara para siempre y contara a todos esos minutos no previstos como uno de los grandes momentos de la artista…, en los que él  estuvo presente. En fin, el grande, el inteligente, el verdadero artista es capaz de hacer de la necesidad, virtud.    
Pero la madona Luisa ha dado muestra muchas veces de lo que siente por sus seguidores: desprecio. Y al ausentarse del escenario durante una hora deja claro además que, fuera del guión, sin toda la parafernalia y los oropeles, es incapaz de cantar; en fin, que sin los fuegos fatuos se le verían mucho sus limitaciones. Lo de insultar y menospreciar a quien se queja de su indolencia ya es intolerable grosería, vulgaridad reñida con la música.

A quien ha pasado por taquilla le importan muy poco los problemas técnicos, no son sus problemas, no tiene la culpa y, por tanto, no los debe pagar con su tiempo. ¿Puede el pagano ir a sacar la entrada y decir al taquillero entre insultos y tacos: “oye dame el tique y espera, que se me estropearon los billetes pero dentro de media hora me traen unos nuevos y entonces vendré a pagar”? Impensable.      
     

CARLOS DEL RIEGO