miércoles, 19 de agosto de 2015

CULTURAS VIOLENTAS, TRADICIONES VIOLENTAS De los cuatro puntos cardinales llegan noticias de violencia, feo recurso que la persona lleva utilizando desde… Y es que la crueldad ha acompañado al hombre desde que se tiene conocimiento.

El héroe celta irlandés Cuchulain acabó con sus enemigos en la 'matanza multiplicada por seis' (ilustración de 'Celtas, mitos y leyendas', de Timothy R. Roberts)

Así es, no hay ni ha habido cultura, civilización u organización social que no tenga en sus anales episodios escalofriantes de brutalidad y ensañamiento. Las pinturas rupestres del levante español certifican enfrentamientos armados, y desde que hay constancia escrita se han narrado infinitas atrocidades: en Mesopotamia y Egipto, en Grecia y Roma…, hunos y godos, mongoles y sarracenos, incas y aztecas…, todas las culturas han dejado constancia de lo sanguinario de sus costumbres y tradiciones. Y como quiera que la violencia sigue estando presente hoy en cualquier parte, puede afirmarse que, al menos en ese aspecto, el homo sapiens está aún muy cerca de sus antepasados prehomínidos y australipitécidos de hace millones de años; tal vez debido al hecho de que la especie dominante lleve poco tiempo aquí, apenas unos 150.000 años.

El rey Alfonso IV de León es representado con los ojos cerrados, pues su hermano Ramiro II prefirió sacárselos antes que matarlo (ilustración sacada de 'Reyes y reinas del Reino de León', de Juan Luis Puente
No es extraño por tanto que todas las mitologías y leyendas de cada cultura tengan el denominador común de la atrocidad, y si sus ídolos, héroes y dioses se han conducido así, es lógico que los pobres mortales sigan su ejemplo. Quedándose en la vieja Europa se pueden señalar pueblos y sociedades cuyas prácticas y credos llegan a poner los pelos de punta. Por ejemplo la  idealizada cultura celta, la cual está saturada de fábulas, costumbres y narraciones en las que la crueldad es el método, y la sangre se observa casi con naturalidad, como si matar y descuartizar fuera lo más lógico. Se sabe que los celtas adoptaron la ancestral costumbre de cortar cabezas de enemigos, e incluso que los jefes de las diversas tribus conservaban en tarros de miel las de los que les habían combatido con valentía para, posteriormente, en reuniones en torno al fuego, sacar y mostrar con orgullo la testa de quien le había dejado esta o aquella cicatriz…, a la vez que explicaba cómo había sido la lucha. Asimismo, los mitos célticos chorrean sangre a mares; típico es el héroe legendario irlandés Cuchulain (hijo del dios Lugh), quien cuando montaba en cólera perdía la razón, se deformaba hasta volverse un ser horrible (uno de sus ojos desaparecía y el otro crecía desproporcionadamente) que daba muerte a todo lo que le rodeaba, amigos y enemigos; célebre es la llamada ‘matanza multiplicada por seis’, en la que Cuchulain, él  sólo, acabó con tantos enemigos que sus cadáveres cubrieron el campo de batalla nada menos que con seis capas. Su arma favorita era el ‘gae bolga’, una lanza de cinco puntas, cada una de las cuales se abría en otros siete pinchos al entrar en la carne… En otros ciclos y leyendas celtas es habitual lo de ‘sangre hasta los codos’ o ‘abrir el vientre del enemigo y dejar que, huyendo, tropezara con sus propias tripas’.                  
La península Ibérica ha sido escenario de innumerables invasiones y ocupaciones, las cuales, invariablemente, se han llevado a cabo a sangre y fuego. Y entre los pueblos que llegaron aquí para adueñarse del solar destacan por su extrema crueldad los visigodos. Originarios de Gotland (actual Suecia), la guerra era para ellos la única actividad digna, por eso despreciaban a los campesinos y nunca se mezclaron con la población hispanorromana; y también por eso tenían una gran resistencia al dolor. Los mitos nórdicos (de los que ellos bebieron) cuentan prácticas como la conocida como ‘alas de sangre’, que consiste en inmovilizar al reo y sacarle por la espalda los omóplatos, de manera que dieran impresión de ser unas alas ensangrentadas (otras versiones aseguran que lo que se extrae son los pulmones); por cierto, cuando el desdichado perdía el conocimiento se le inyectaba por la nariz agua con sal para que lo recobrara; también se cuenta que un jefe mató a un subordinado desleal, le cortó la cabeza y se la colgó del cinto, pero tras hacer un movimiento brusco, uno de los dientes de la testa se le clavó en el muslo, se infectó la herida y dicho jefe terminó tan muerto como su víctima. Los visigodos trajeron a la península esa tradición guerrera y crudelísima, dejando para la Historia episodios de asombrosa brutalidad. Puede recordarse la costumbre de sacar los ojos al traidor o a quien pretendía destronar al rey; así, el increíble Chindasvinto (que llegó al trono a los 79 años y lo ostentó hasta su muerte a los 90, acaecida en 653) tomó como primera medida ejecutar a unos 200 posibles rivales de la alta nobleza (primates) y a otros 500 de la baja (mediogres), aunque en algunos casos se sintió magnánimo y se conformó con cegarlos y quedarse con todas sus propiedades; muchas veces el pretendiente al trono asesinaba al rey tras un banquete con abundante vino; otras se inhabilitaba al aspirante amputándole ambas manos; a algunas consortes, cuando ya no eran útiles, se les cortaban las orejas e incluso la nariz (tal cosa hizo el vándalo Humerico con la hija de Teodorico I). La práctica de vaciar las cuencas pervivió tras la batalla de Guadalete:Ramiro II de León (que reinó de 931 a 951), cansado de que su hermano Alfonso IV ‘El Monje’ un día renunciara al trono para retirarse a un monasterio y al siguiente se retractara (algo que hizo más de una vez), lo derrotó, lo apresó y para que no volviera a las andadas, le arrancó los ojos; uno de los métodos utilizados era aplastar contra la cara del condenado una máscara de metal que, a la altura precisa, tenía como dos sacacorchos… Lógicamente, en todas partes cuecen habas, así que los francos, ostrogodos, vikingos, teutones, queruscos…, se encargaron de que no hubiera rincón de Europa sin narraciones (legendarias o históricas) de violencia feroz.  
          
Ciento cincuenta milenios lleva homo sapiens sobre la tierra, tiempo más bien corto en la trayectoria vital de una especie, tal vez por eso aún conserva el rasgo animal que le impulsa a utilizar la violencia para lograr sus fines. Sea como sea, es más que probable que el hombre siga siendo lobo para el hombre durante mucho tiempo: han de pasar cientos, tal vez miles de años antes de que abandone la violencia, aunque tal vez ese momento sea el principio del fin. ¿O no?


CARLOS DEL RIEGO