miércoles, 20 de mayo de 2015

LA IRRITANTE INUTILIDAD DE LAS CAMPAÑAS POLÍTICAS Cuando se acercan elecciones, todos los partidos y formaciones ponen en marcha sus pesadas y costosas maquinarias propagandísticas, que irremediablemente resultan monótonas, idénticas unas a otras y, sin duda, ineficaces, inútiles

Pocos se dejan hoy engatusar por los oropeles del márketing, a pesar de lo cual los partidos siguen apostando por inútiles campañas
Durante una campaña política el ciudadano se ve asediado, acosado por la propaganda: carteles por todas partes (colgados de las farolas, ocupando enormes vallas, viajando en los laterales de los autobuses…), cuñas publicitarias en radio y televisión que se repiten machaconamente (a veces termina e inmediatamente empieza la misma melopea), páginas en los periódicos, automóviles dotados con altavoces que predican etéreas excelencias y promesas o citan al sufrido oyente a irresistibles mítines, gruesos envíos postales que incluyen abundante papeleo y abarrotan los buzones…, por no hablar de las cansinas, vanas y mentirosas encuestas. Se trata, en fin, de todo el despliegue de tretas, trucos, recursos, estrategias y artificios pergeñados por los expertos en márketing (y manipulación de masas), todo ello puesto al servicio de las diversas formaciones políticas en campaña de captación. Sin embargo, ¿este auténtico despilfarro de recursos obtiene una respuesta por parte del ciudadano?, o lo que es lo mismo, ¿existe una correspondencia proporcionada entre el gasto propagandístico y el resultado del referéndum?   
 
Sin duda, pase lo que pase tras el recuento de votos, quienes ya han ganado son las empresas dedicadas a exprimir ese ansia, ese deseo irrefrenable de los partidos de creer que a más propaganda más votos; en realidad, la campaña política es la principal fuente de ingresos de no pocas firmas dedicadas a vender algo tan etéreo y poco fiable como la encuesta o el diseño de dicha campaña; lo curioso es que los procedimientos se repiten una y otra vez a pesar de que se tiene constancia de su escasísima utilidad. También se da mucho trabajo a las imprentas, tan necesitadas de encargos desde que el papel está en decadencia; así, cada votante recibe un sobre (a veces por duplicado) grande y abultado que incluye las dos papeletas de la votación con sus correspondientes sobrecitos, un díptico o tríptico a color con las maravillas que disfrutará el ciudadano si se decanta por ellos, hojas y panfletos de todos los tamaños que insisten en las consignas específicas y muestran las caras sonrientes de los aspirantes a sillón público…; y no faltan por las calles las cuartillas, octavillas, pasquines y banderitas, ni tampoco otros elementos como pegatinas, pins, llaveros… En resumen, cada partido político tira la casa por la ventana y gasta todo lo que tiene (y lo que no tiene) a hora de hacerse presente a los ojos del votante.

Sin embargo, ¿realmente sirve para algo tal derroche de dinero, recursos y esfuerzos? Cierto que casi siempre son los votantes indecisos los que inclinan la balanza y que, por tanto, todo ese desenfreno está encaminado a atraerlos, pero resulta muy discutible que esa explosión propagandística sea verdaderamente eficaz. ¿Será posible que los asesores y expertos de los partidos, así como sus líderes, crean que pregonar por las calles lo buenos que son convencerá al que duda? E igualmente es difícil de tragarse (fuera del universo partidista) la idea de que uno resolverá su duda gracias a la cartelería que empapela paredes y aceras; o que el elector se deje convencer por las prédicas que monótona y obstinadamente repiten hasta la náusea los medios audiovisuales; ¿es posible que haya vecinos que se lean, una tras otra, las ofertas que hacen las diversas organizaciones políticas en sus envíos postales y que, según lo leído y tras sopesar y comparar, se decidan por una?

Lo del mitin es caso aparte; en serio, ¿existirá algún pretendiente que piense de verdad que un encendido discurso en esa especie de ceremonia sectaria le acarreará un incremento de votos? ¡Pero si al mitin sólo acuden los convencidos más allá de toda duda!, ¡pero si los oradores no hacen sino tirar de la demagogia más burda!, ¡pero si sólo dicen, con palabrería altisonante y zafia, lo que la audiencia quiere escuchar!, ¡pero si una de esas asambleas no es más que una sucesión de voces que proclaman las bondades propias y las maldades de los demás! Pues al parecer sí, los expertos asesores de cada formación, los ‘cerebros’, deben estar convencidos de que esas sermoneantes reuniones son imprescindibles para la buena marcha del proyecto (también suelen apuntar que los mítines unen y hacen equipo, cosa que, aunque así sea, difícilmente se traducirá en votos).

Es preciso tener en cuenta que la mayoría del electorado sabe qué hará el día D, mientras que los titubeantes (que seguro que no son tantos como las encuestas indican, pues no todo el mundo está dispuesto a revelar sus intimidades a un extraño) tienen claro, al menos, qué papeletas no meterán en las urnas; incluso no es disparate afirmar que muchos de los que supuestamente dudan tienen una mínima preferencia que, fácilmente, materializarán llegado el momento.

La gran pregunta es ¿sirven para algo las campañas políticas, es decir, tienen una incidencia mínimamente significativa en los resultados? Lo curioso y sorprendente es que todo censado conoce e identifica perfectamente los anzuelos que lanzan los pretendientes, a pesar de lo cual, éstos siguen recurriendo a lo de siempre, por más ineficaz que se haya revelado. Es posible que en países como Estados Unidos, donde la población es más proclive a responder a los estímulos de los medios y hace más caso a mensajes y reclamos, tenga la propaganda alguna eficiencia, pero por estos pagos, donde el personal tiene muy interiorizada su posición en el espectro político, las estrategias partidistas convencen a muy pocos.    

Los únicos que se benefician realmente de las campañas de propaganda política son las empresas y los profesionales de la venta de humo, que hacen su agosto aprovechándose de la enfermiza y consciente credulidad de los gestores de los partidos y de la vanidad de los candidatos.      


CARLOS DEL RIEGO