miércoles, 6 de mayo de 2015

ESCENAS DE BERLÍN EN ÚLTIMOS DÍAS DEL NAZISMO La capital alemana sufrió un asedio y un ataque durísimo en la caída final del régimen nazi, aunque no menor que el sufrido por los países que éste había invadido. Los berlineses aguantaron como pudieron, e incluso hicieron chistes.

A pesar de todo, las mujeres alemanas procuraban hacer la colada
Los ciudadanos de Berlín fueron sometidos al fanatismo de los que estaban dispuestos a sacrificar a toda la población obligándola (durante los últimos meses de la II Guerra Mundial, hace 80 años) a una resistencia tan inútil como suicida, forzando a que todo varón de entre 15 (incluso menos) y 55 años (o más) se convirtiera en soldado heroico (los militares profesionales llamaban a esto ‘potaje’, porque combinaba verduras frescas con carne rancia). La gente no tuvo otro remedio que resignarse a vivir casi siempre bajo tierra, en refugios de todo tipo, entre los que estaban los túneles del metro; sin embargo, el degenerado de Hitler ordenó que estos fueran inundados para que no pudieran ser usados por el ejército ruso, y ello sin detenerse a considerar cuántas personas morirían ahogadas. Baste decir que el führer afirmó que si Alemania iba a perder la guerra el pueblo alemán no merecía seguir viviendo, así que dio la orden de destruir toda construcción industrial, sanitaria, civil…
Los ancianos no dejaban de tomar el sol
‘La tribu de los sótanos’ es como se conocían a quienes pasaban la mayor parte del día en aquellas catacumbas. Cuentan que cada refugio tenía su propio descerebrado nazi que decía que había que confiar en el führer, sin embargo, cada vez se usaba menos este término y más un desengañado “ese” para referirse a Hitler. Asimismo, los berlineses desarrollaron en los sótanos y subterráneos numerosas manías y creencias, como pensar que colocarse de un determinado modo protegía contra los efectos de las bombas. Lógicamente, al terminar el bombardeo la gente se desahogaba, reía histéricamente e incluso algunas mujeres se atrevían a exclamar “mejor un ruski (ruso) sobre el vientre que un amis (angloamericano) sobre la cabeza”. Un soldado convaleciente asustó aun más a los desesperados: “Tenemos que ganar, porque si perdemos y el enemigo nos hace la mitad de lo que nosotros hemos hecho en los países ocupados, en tres semanas no quedará un solo alemán vivo”. 
Los niños jugaban en la calle..
Aún así, el pueblo de Berlín no perdía el sentido del humor, como demuestran algunos dichos que circulaban por sus calles y subsuelo. Por ejemplo, mostrando una jocosa resignación, decían a modo de eslogan “aprenda ruso rápidamente”; o cuando empezaron a comprender la imposibilidad de salir con bien de tan tremenda ocasión y así se susurraban unos a otros “la lucha no terminará hasta que Goering quepa en los pantalones de Goebels”, ya que aquel era gordo y éste raquítico.

También corrió por toda la capital el dicho “la única promesa que ha mantenido Hitler es la que hizo antes de subir al poder: dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. Y ciertamente, así fue. Se sabe de muchos y muchas que esperaban a que los rusos aporrearan la puerta de su casa para suicidarse; una vez dentro y después de tomar el correspondiente botín, si había, se divertían cogiendo el teléfono y marcando cualquier número para, cuando alguien contestaba, amenazar y mofarse en un tosco alemán, cosa que dejaba asombrados a los alemanes. No puede extrañar que los vecinos del arrasado Berlín (mayoritariamente mujeres, niños y viejos) empezaran a referirse a su ciudad como “la pira funeraria del Reich”.

Sin embargo, no eran pocos los que procuraban mantener su rutina diaria aunque en la práctica no hubiera ni transportes ni centros de trabajo, y sí enormes riesgos. Brillaron entonces muestras de ese sentimiento alemán de respeto a la legalidad hasta extremos demenciales. Es conocido un hecho muy elocuente: Con la ciudad destruida, sin servicios ni autoridades civiles, sin organismos oficiales o instituciones en funcionamiento, prácticamente sin estado, un funcionario con varios soldados protegía un almacén donde aún había avituallamientos y suministros imprescindibles; las orugas de los T-34 rusos hacían retumbar el suelo a unos cientos de metros cuando un grupo de berlineses se llegó hasta ese almacén para pedir que se repartieran los víveres entre la población; sin embargo, el burócrata al mando exigió una autorización firmada o no entregaría nada; el desesperado personal le insistió y le hizo ver que los rusos llegarían en una hora y todo caería en sus manos. Nada, el chupatintas se negó y amenazó con disparar. Los berlineses se fueron. Un rato después, con los tanques soviéticos a unos metros, el cuadriculado oficinista optó por pegar fuego al almacén para evitar que los suministros fueran aprovechados por el enemigo… En resumen, aquel auténtico covachuelista prefirió quemarlo todo antes que repartirlo entre sus compatriotas, pues los necesitados ciudadanos no presentaron el correspondiente papel firmado por la autoridad competente (cosa que, por otro lado, ya no existía). 

Otro mostró su ‘legalismo por encima de todo’ cuando escribió una carta al ayuntamiento exigiendo que le devolvieran la bicicleta que le habían requisado para la ‘Volkssturm’ (aquella milicia formada por adolescentes-verdura fresca y sexagenarios-carne rancia). El caso es que el cabeza cuadrada envió su exigencia por escrito a pesar de que no había servicio de correos y el consistorio no era más que un montón de escombros.

A pesar de todo, de las carencias y la desesperación, de la derrota inminente y de lo que les esperaba con los rusos a punto de hacerse dueños de la ciudad, el deseo de normalidad y rutina de la gente era tal que sobre los restos calcinados de un tanque alguien pegó un cartel anunciador en el que se ofertaban clases de baile.

¿Ellos se lo buscaron?, probablemente, sin embargo, había que ver quién se hubiera atrevido a elevar la voz contra las bestias nazis.


CARLOS DEL RIEGO