miércoles, 3 de septiembre de 2014

LAS IMPOSIBILIDAD DE RAZONAR CON BESTIAS SALVAJES Ilusos acobardados pensaron en 1938 que humillarse ante los nazis era la mejor manera de evitar el conflicto; como no podía ser de otro modo, ese disparate facilitó las cosas al matón. Hoy, con yihadistas en el lugar de los nazis, la situación tiene no pocos paralelismos con la de entonces.

Estas imágenes de barbarie son repetición de las que cometieron los nazis 
Los primeros días de septiembre de hace 75 años fueron cruciales para la posterior historia de Europa y el mundo. Todos los medios se están haciendo eco de ese aniversario: el día 1 Alemania ataca Polonia, el día 3 Inglaterra y Francia declaran la guerra al Tercer Reich en virtud del acuerdo de ambos países para con la desdichada nación; sin embargo, dicha declaración no conllevó acción alguna, es decir, enviaron palabras de apoyo y alguna que otra promesa a la vez que se manifestaban enemigos de Hitler, pero sólo de palabra, o sea, algo así como ‘pues ya no te ajunto’. De hecho, hasta que los nazis no llegaron París, en ninguna de las orillas del Canal de la Mancha se dieron cuenta de que una guerra sólo se gana con el fusil, y de que la palabrería, la diplomacia, no sirve para nada cuando enfrente se tiene una manada de hienas.

El mequetrefe de Neville Chamberlain, primer ministro inglés, y el no menos cantamañanas de Edouard Daladier, jefe de gobierno francés, se reunieron con Hitler varias veces en septiembre de 1938, hasta que firmaron con él los llamados ‘Acuerdos de Munich’; en éstos, el imperialista británico y el caradura gabacho (subido al carro de la política desde 1911 hasta 1958) pensaron que bajándose los pantalones la bestia se iba a conformar con un solo bocado en las fauces. Ceder ante el matón, esa fue la postura de galo y sajón ante las exigencias del füher; por si fuera poco, los muy pisaverdes llegaron a declarar sin ningún rubor que “Hitler es un hombre razonable”. Doce meses después el Reich aplastaba Polonia con su táctica de la guerra relámpago (el ‘blitzkrieg’); y luego llegó la máxima barbarie, demostrándose que ante la violencia de nada sirve la cháchara buenista y apaciguadora del político. Así lo entendió Winston Churchill, que al hacerse cargo del gobierno británico en 1940 cambió afortunada y radicalmente la actitud inglesa ante los genocidas; puede afirmarse, por tanto, que el calvo con puro dio el primer paso para acabar con los nazis.
 
En el mismo escenario, se tiene el desembarco de Normandía como la clave de la derrota nazi; sin embargo, aquel movimiento de las tropas angloamericanas, además de derrotar y hacer retroceder a la Wehrmacht, tenía una segunda intención: que los soviéticos no pasaran de Berlín, puesto que Churchill, Patton y otros estaban convencidos de que Stalin no se iba a conformar con acabar con el régimen nazi, y de que, sin impedimento que le detuviera, continuaría su avance hasta Francia; en fin, que la demostración que se hizo en Normandía también pretendía ser un aviso al dictador soviético. Igualmente, cuando Truman ordena lanzar las bombas atómicas sobre Japón, estando ya el Imperio del Sol Naciente derrotado y tratando de pactar una capitulación más o menos honrosa, más que para “evitar muertes” (que fue el pretexto del presidente de USA para tamaña operación) su intención de fondo era advertir a Stalin de que tenían la bomba y que no dudarían en utilizarla. El georgiano (que había congeniado muy bien con su alma gemela, Hitler, como demuestra el pacto Ribbentrop-Molotov unos días antes del estallido de la guerra) captó la ‘indirecta’, le vio los dientes a los que iban a ser sus nuevos enemigos.

En 2014 los nazis son los islamistas, el Tercer Reich es el Estado Islámico (ISIS), y las SS, la Wehrmacht y la Gestapo están integradas por los yihadistas, salafistas y alucinados islamistas; y al igual que los de 1940, los nazis de hoy están tan fanáticamente convencidos de su superioridad moral que no muestran reparo en filmar sus atrocidades; no tienen nada que esconder: su propósito es matar a tantos occidentales que los que queden se conviertan convencidos y mansos. Ante las amenazas de los asesinos sarracenos y ante sus salvajes ejecuciones, matanzas y exterminios, ¿qué hacen la Unión Europea, la Onu y Estados Unidos?, la respuesta es fácil: lo mismo que Chamberlain y Daladier, hablar, cosa que el fanático entiende como mensaje de sumisión. El papel de aquellos medrosos y acongojados dirigentes francés e inglés ya lo están ejerciendo Obama, Ban ki-Moon y la mayoría de los gobernantes europeos. El caso es que, tarde o temprano, alguien tendrá que plantar cara a los nazis, alguien tendrá que ejercer de Churchill, y de momento da la impresión de que sólo la Merkel los tiene bien puestos…

En fin, si no se le enseñan los dientes, la jauría salvaje no se va a detener.  
           

CARLOS DEL RIEGO